After Barata

La columna Mabel Cáceres Calderón

Estamos, qué duda cabe, ante un parteaguas. Tras el tsunami que ha caído sobre el sistema político peruano, a causa de Barata, hay un antes y un después. Aunque nadie sabe aún en qué consistirá ese después.

Hay que optar por algún camino, pero qué difícil elección: o hacemos de cuenta que los nuevos indignados por las evidencias de la corrupción, “no sabían nada” (Del Castillo, Lourdes Flores, lo que queda del partido de PPK y los funcionarios de Villarán) y sobre esas bases y otras igual de endebles, como el partido de César Acuña, la olla de grillos de AP, el sospechoso oportunismo de Kontigo y otros esperpentos parecidos, se lancen a una campaña electoral en unos meses; o asumimos que este universo de políticos, a la medida de la sempiterna corrupción y mediocridad nacional, deben ser relevados, por completo. Erradicados de raíz, quiero decir. Borrados del mapa.

Ambos caminos son riesgosos: si optamos por perdonar los “pecadillos” de los que quedan aferrándose con las uñas a las prebendas del Congreso y otras entidades, podríamos estar convalidando este verdadero “andamiaje” de intereses privados encaramados al Estado con el pretexto de la política. Asimismo, en la otra vía, corremos el riesgo de dejarnos seducir por un outsider, dizque luchador contra la corrupción (Toledo, en su encarnación más repulsiva), un estafador o improvisado, presa fácil de los entramados corporativos tipo Odebrecht, un nuevo salto al vacío.

Ante un panorama como éste y, a menos de dos años de nuevas elecciones presidenciales y congresales, es inexcusable la demora en la aprobación e implementación de la reforma política que aliviaría en algo la precariedad del sistema político peruano y la debacle institucional que puede adivinarse, tras aquella elección.

Porque, a ver, ¿a quién elegiremos de congresistas? Si ya el Congreso, en general, resulta impresentable, imagínense ahora que no hay reelección. ¿Quiénes aspirarán al cargo? Alfredo Zegarra, Felipe Domínguez, quizás Álvaro Gutiérrez Cueva o Víctor Hugo Rivera? ¿Y a nivel nacional? ¿Surgirán nuevas émulas de Susy Díaz, Yesenia Ponce, o versiones empobrecidas de las Bartras o Aramayos?

En cuanto a la elección presidencial, el abanico es más limitado todavía. Tras las confesiones de Barata, el sistema de partidos políticos en el Perú ha quedado devastado. De tal modo que los maltrechos sobrevivientes, según ya lo están anunciando, serían: César Acuña, con su partido-universidad-chacra; Kenji Fujimori con un ala del fujimorismo; Nidia Vílchez, guardándole el sitio a Federico Danton, por el aprismo sobreviviente; el inefable Julio Guzmán; un desubicado Alfredo Barnechea u otra figura gris de AP; Alberto Beingolea u otro “joven” para distraer de la imagen de Lourdes Flores en el PPC; tal vez el hijo de Luis Castañeda; la anodina Verónica Mendoza; y una docena de aventureros de la política, bajo denominaciones tan ridículas como poco confiables.

Es decir, si me apuran, nada rescatable.

¿Y qué haremos los peruanos, esta vez? Justo cuando la patria celebra sus 200 años de vida republicana, de país libre e independiente, de nación democrática, de estado de derecho. Luego, nuestro malhadado destino nos confrontará con el vacío, la náusea, la anomia, la falta de futuro.

Así, después de Barata, en política no ha quedado nada.

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