Magdalena. Unas de cal y otras de arena

Confesión de parte

Magdalena acababa de cumplir 32 años y ha fallecido a inicios de marzo, a consecuencia de una vida precaria, sometida y asediada constantemente por su entorno familiar y social. Un derrame cerebral y una embolia que le fue paralizando los sistemas vitales en un mes acabaron con una accidentada y trágica existencia. Deja dos hijos, un niño de seis años, producto de un matrimonio que terminó fallido por el constante hostigamiento y maltrato de un marido que finalmente se mandó a cambiar, no sólo de hogar, sino del país, dejando toda la carga en manos de su madre. Estando en esta situación de abandono y desprotección, y vulnerable por la carencia afectiva, Magdalena inicia una nueva relación con otro hombre, con quien tiene una niña más en su hogar. Lamentablemente, como si fuese un sino trágico, el nuevo marido repite los mismos abusos y maltratos del anterior, lo que obliga a Magdalena a separarse nuevamente después de dos años de convivencia.

Como muchas niñas, Magdalena creció en un hogar carente de apoyo por el fallecimiento del padre y la carga de 3 hermanitas. A pesar de ello, tuvo una infancia y adolescencia con momentos de alegría y de bondad participando en las actividades del barrio, donde le fue muy fácil granjearse la amistad y el cariño de amigas y compañeros. Estas antiguas amistades, fueron los que a su muerte pagaron los gastos de sepelio.

Antes de su matrimonio y como forma de apoyar al sostenimiento de sus hermanas, Magdalena, terminando el colegio, ingresó al servicio militar en un cuartel de blindados donde estuvo dos años. Esto le sirvió para ser una persona sumamente disciplinada y metódicamente ordenada. Ya con hijos, nunca dejó de trabajar por distintos lugares donde hubiera una plaza libre. Así fue recepcionista en una clínica de la capital; más tarde estudió enfermería y trabajó de asistente en un hospital local. La necesidad de trabajo la obligó a ir con sus criaturas a otra ciudad, aceptando diversos trabajos. Precisamente saliendo de trabajar, una noche fue asaltada por una banda de delincuentes; ella trató de defenderse pero la paliza fue grande. Ante esta situación decidió volver a Arequipa,15 días después convulsionó, por lo que fue llevada a la UCI del Hospital General, donde la tuvieron en observación, pasado este tiempo, le dieron de alta con diagnóstico de “trauma sicológico”. Un mes después, estando en su casa, nuevamente convulsionó; su hijito de seis años tuvo que salir a pedir ayuda a los vecinos. Fue llevada inconsciente al hospital Goyeneche, donde no consiguió volver, quedando en estado vegetal, con la consiguiente atrofia de todos sus sistemas, los cuales fueron colapsando para que finalmente a los 30 días falleciera.

Magdalena, no sólo fue víctima de una banda de delincuentes, fue también liquidada por dos infelices maridos; abandonada por la desidia de un régimen de salud precario y negligente, y finalmente su deceso se produjo, como se producen reiteradamente las muertes de pobres mujeres abandonadas por un Estado neoliberal, una sociedad consumista, frívola y profundamente indolente. Ahora sus pequeños hijos quedan al azar del destino, esperando que algún día los padres asuman responsablemente su rol.

Este país necesita cambiar, no cambiar solamente en grandes inversiones y grandes proyectos. Este país necesita cambiar en lo íntimo, en recuperar los valores de solidaridad y justicia, en priorizar los servicios públicos de salud y educación eficientes, para que no hayan más Magdalenas como la de esta triste historia, que lamentablemente sucedió en el mes de la mujer.

Una respuesta a “Magdalena. Unas de cal y otras de arena”

  1. César Acurio dice:

    Es una crónica muy bien hecha. No olvidaremos nunca a Magdalena ni al triste país en el que vivimos.

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