Otros se mueren, yo no

La columna Mabel Cáceres Calderón

Más que la traumática aversión por la cárcel que los entendidos ubican en su niñez, o la humillación que suponía para él, más que para nadie, una escena en la que es conducido esposado u obligado a usar un chaleco; lo que debe haber ocupado la mente de Alan García, antes de destaparse el cerebro aquel miércoles por la mañana, habría sido –paradójicamente- su irrenunciable ambición por la inmortalidad.

O por la historia, como había dicho él. Y dadas las circunstancias en las que se hallaba, a pesar que hay consenso en reconocerlo como la figura política más gravitante de los últimos 40 años en el Perú, solo había una manera de sobrevivir en la historia: evitar a como diera lugar que las investigaciones en marcha lo descalifiquen. “Sustraída la materia”, o sea él mismo, como dicta la jerga judicial, no hay más proceso. Tampoco más sindicaciones, ni delaciones, ni exhibición de pruebas, ni odiosas confrontaciones. Con el cerco semicerrado a su alrededor, desaparecer literalmente de esta escena, era “vital” para García. Y así lo hizo.

Pero, además, dejó un mensaje, que sus seguidores exacerban. Así, la consigna de quienes están siendo afectados por las investigaciones es la de una supuesta grita indignada. Obviamente, contra los fiscales que han hecho posible que la justicia comience a tener algún significado en el Perú. Y de paso, contra el gobierno, que pretende reformar el sistema de justicia para limpiarla de los hermanitos y compañeritos.

“Nos hemos convertido en un país bárbaro”, alertan en coro todos los que tienen algún interés en detener los procesos. Sea salvar la herencia política, el dinero, el padre, el puesto de trabajo, la figuración, u otro fin mezquino, al altísimo precio de desbaratar los avances en la lucha contra la corrupción.

Bien visto, esos avances sí son colosales. En un momento único y destacable, los cinco expresidentes del país estaban con una orden judicial restrictiva e investigados o procesados por actos de corrupción: Fujimori, Toledo, Humala, Kuczynski y García. ¿Motivo de vergüenza? No, al contrario. Bárbaro es un país donde no existe justicia y eso ha sido el Perú, en términos generales, desde la colonia. Y por eso están involucrados los políticos de toda la gama ideológica, sin excepción.

¿Hay excesos?

Tal vez, pero están dentro de lo que prescribe la ley. Excesiva fue la manera en que todos estos políticos, y otros, saquearon al país a sus anchas, sin ninguna medida restrictiva. El interés superior de sancionar esos excesos, probablemente deba encontrar nuevos caminos en el futuro; pero la firmeza y aún la dureza, es el único camino que dejaron los implicados, ensayando todo tipo de tretas para evadir la acción de la justicia. Desde tener magistrados y un fiscal de la nación a su servicio, hasta la fuga que han intentado o perpetrado, quienes más se quejan de la prisión preventiva. Ciertamente esa medida debe ser la excepción; pero estos casos, sin duda, son excepcionales.

“No nos enfrentamos solo al poder del dinero, sino también a toda la clase política peruana”, ha dicho con acierto el fiscal Rafael Vela, jefe del equipo especial Lava Jato. Y es, efectivamente, a toda la clase política, incluido Kuczynski, quien para apristas y fujimoristas era parte de la “mafia judicial”, junto a Martín Vizcarra, a quien hoy tildan de asesino. Eso, también es un exceso.

Ahora hay que esperar que, tras la excesiva reacción de García, quien decidió dejar su cadáver como señal de desprecio a sus enemigos, el clima nacional vaya atemperándose, en lugar de exacerbarse las diferencias, como pretenden algunos. Pero sin mezclar la acción de la justicia en ello. No se puede escribir la historia con mentiras ni a la fuerza. Ni con insultos, ni con pistola en mano. Solo con la verdad.

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