Caos y cosmos

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

Russel Ackoff fue un arquitecto y filósofo de la Universidad de Pensilvania que en los noventas invitó a la ESAN de Lima, y aquí cumplió 80 años. Estuvo trabajando más de 40 en países del Tercer y cuando “Caretas” le preguntó qué conclusión principal había sacado de esa larga experiencia, con la sinceridad del típico gringo respondió: en estos países lo más importante es lo menos importante y lo menos importante es lo más importante. Y la llegada del Papa lo prueba contundentemente (para no hablar de fútbol). ¿Qué cambió en el Perú? ¿qué quedó? ¿qué mejoró, aunque sea un poquito, para los peruanos de a pie, una vez que el santo padre volvió a su cristiano hogar en Roma?

Recuerdo esa idea de Ackoff no para hablar, por ejemplo, de la falta de lectura, que es palabra mayor, sino de algo más humilde, un hecho que no tiene ninguna importancia aparente para los más jóvenes: el arreglo o, mejor, el desarreglo de su cuarto, para lo cual muchos parecen naturalmente hechos. ¿Por qué los jóvenes y niños tienen que arreglar su cuarto? ¿por qué el orden y no simplemente el desorden? ¿Por qué el cosmos y no simplemente el caos? Se preguntarán ellos. Creo que hay razones prácticas, estéticas, y metafísicas, pero sobre todo psicológicas para ello, como trataremos de ver.

Salvo excepciones que también pueden ser preocupantes, generalmente los chicos dejan su cuarto como palo de gallinero, como dice un ariqueño. Una primera respuesta que se viene a la mente es la flojera, la pereza, la fiaca como le dicen los argentinos. Y Kant ponía a la pereza (y a la cobardía) como los únicos pecados que impiden que el ser humano se emancipe mentalmente, que piensen con su propia cabeza: Es lo que caracterizó a la Ilustración; aunque la mayoría cree que esta emancipado porque se ha ido de la casa, cuando es algo que requiere un largo trabajo y una decisión no solo inteligente sino sobre todo valiente.

Algunos jóvenes se pueden dar cuenta que se pierde menos tiempo buscando cosas si las cosas del cuarto están en orden. Y lo saben los desordenados que, a pesar de eso, dejan todo fuera de su sitio porque “no hay tiempo para ordenar”, cuando es ese desorden justamente el que lo hace perder: aquí la pereza se estrella contra la lógica, ¿pero que le importa la lógica al perezoso? El débil es experto en auto engañarse, en mentirse, en fugarse. Al desordenado no le falla inteligencia sino voluntad y toda voluntad es voluntad de poder o potencia. La pereza es debilidad. Esa debilidad es dependencia y no se trata de debilidad física, al joven le sobra, aunque la debilidad sicológica le afecta físicamente también. La debilidad es sicología.

Cuando, después de laborar, el guerrero vuelve a su humilde hogar y se impone un merecido reposo porque la vida es lucha y solo lucha y cuando ese cuartito está arreglado y hasta con buen olor, puede ser muy relajante y agradable y hasta se olvidan las penas, como cuando uno tiene una opresión molesta y se tira un duchazo. Pero me temo que quizá el niño, y el salvaje que se parecen mucho, no sientan la diferencia, porque se trata de un lujo que sólo el hombre o la mujer madura pueden darse.

Arreglar el cuarto (y no que lo haga la empleada, que es gran generadora de dependencia) es, literalmente, arreglar la propia vida, porque ese arreglo se proyecta a todos sus demás aspectos. Tiene que ver con la mayor o menor autoestima, que no hay que confundir con el egocentrismo porque si fuera así, si fuera lo mismo, Alan García y Raymond Manco serían preciosos ejemplos. La autoestima no tiene que ver con el ego inflado, no con el poder económico o la ubicación social, sino con el valor que cada ser humano se da así mismo en el fondo recóndito de su alma.

A los jóvenes escolásticos todos somos o fuimos eso no se les ocurre pensar en el origen o la genealogía de esa flojera. Y parece que no se preguntan tampoco por qué en general el adulto es más cuidadoso al respecto (en el colegio pierden esa capacidad para preguntar por qué cae la manzana, como Newton, o de donde sale el viento, o si las hormigas duermen). Y la respuesta es importante porque no tiene que ver solo con su cuarto sino con su vida entera y con su visión sobre ella.

El cuarto es un perfecto reflejo del estado mental de cada quien, aunque no hay que interpretar mecánicamente esto sino caso por caso. Es un microcosmos, un mundo entero en pequeño donde el espíritu del joven se proyecta, con su manera de ser y de pensar, en las medias y ropa sucia, los zapatos y zapatillas regados por doquier, la bomba sin jalar, el lavabo de color irreconocible por la mugre, lo papeles, envolturas, recibos, monedas, regalos, y demás basuras acumuladas por meses ¿para qué seguir?

Arreglar el cuarto es arreglar la propia vida, el propio yo interior, eso independiza, libera de la dependencia: la más fuerte es la de los padres, porque se ha interiorizado desde el nacimiento o antes. Y ahí caen (o caemos) todos, los hijos sumisos y los hijos rebeldes. Los hijos rebeldes también son dependientes porque una forma de depender muy frecuente es la de dar la contra a los padres, se los sigue tomando como referencia, se sigue pendiente de ellos para dar la contra. Claro que el rebelde cree que es independiente, porque la dependencia consiste en creer que uno no lo es.

La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana sino, como sabían los griegos, hacer lo que uno no necesita. Y para eso hay que tener conciencia de la necesidad, de lo que uno realmente necesita y, para eso, tener conciencia y, para eso, conocerse uno mismo y reconocer los propios hasta el fondo. Todo humano necesita independencia. Aunque cuesta, y porque cuesta, la independencia (la no dependencia) aumenta el poder. La vida invita al deporte.

Eso se ve en el básquet, por ejemplo. Cuando el Cleveland dependía de papá Lebrón y todas las bolas y pases eran para él, el resto del equipo (menos Irving) sufría de inseguridad, perdía iniciativa y buscaba en el papá resolver esa inseguridad que genera la dependencia. Y por eso probablemente campeonó el Golden, que funciona como equipo y no dependía ni depende de Curry o Durand. Ahora el Cleveland ha cambiado. Los equipos de la NBA tienen una gran capacidad autocrítica liderados por sus excelentes entrenadores y por eso corrigen defectos constantemente y bien. Y eso viene de la mayor calidad educativa, y esta del mayo nivel cultural, que no significa leer más sino conocerse, reconocer defectos y enfrentarlos, porque la vida, nos guste o no, es lucha y nada más que lucha. Y esa es la mejor enseñanza del deporte. La vida imita al deporte.

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