El color de la corrupción

La columna Mabel Cáceres Calderón

Tras el sacudón que las revelaciones que llegaron del Brasil ha infligido a la clase política peruana, todos se culpan entre sí de la corrupción y la derrota que eso significa para la nación peruana. Si del suicidio, si de la falta de prisión preventiva o del exceso de ésta.

Para mejorar su situación, inútilmente atribuyen a sectores de izquierda o derecha, a los partidos zigzagueantes o (la mayoría) a los que no tienen color político ni ideología, ser más proclives a la corrupción que el resto. Y el intento, evidentemente, termina fallido.

Si el fujimorismo, el PPC y el Apra de Alan García, esquivaron hasta ahora las pruebas, aunque la percepción general señalaba otra cosa; la izquierdista Susana Villarán y el acomodaticio Ollanta Humala que inició su carrera con el discurso de «la gran transformación»; están igualmente descalificados moralmente. Sumados a sus delitos, la torpeza para llevarlos a cabo, sin ningún ingrediente adicional que sustentara sus discursos.

De modo que, si alguna lección cabe extraer de esto es que nada tiene que ver el color político con la proclividad a las malas artes en la clase política, en general. Todos priorizaron el bolsillo propio; y de ideologías, ni el aroma.

Si la derecha es inseparable de los lobbys y del mercantilismo, a pesar de su discurso de libre mercado; la izquierda lo es del clientelismo político, el copamiento de puestos públicos y prebendas para la reducida militancia.

Lo que, sin embargo, es común a todos, en la desgraciada historia nacional que, a punto de llegar al bicentenario, nos tiene en el punto de partida como república y como nación. A las numerosas independencias y liberaciones de todo tipo de dictaduras y gobiernos autoritarios (y corruptos), solo le han sucedido oportunistas del discurso. Advenedizos, caudillos sin norte más allá de su propia nariz y aventureros que, no solo no han mejorado la situación del país ante oportunidades de oro, sino que se han comportado igual o peor que los derrocados.

Y esa es nuestra eterna desgracia como sociedad.

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