La historia de un empedernido practicante del ritual de guerra que se realiza en plena Navidad: el Takanakuy.

El peleador incansable

Patricio Huamaní Corpuna abrió los ojos a la vida con una derrota de trompada centelleante, pero el impacto de la caída ocasionó un rebote contra su pueril oponente al que pidió, entre moco y lágrima, una revancha. Era apenas un niño y desconocía que la vida volvería a golpearlo con un contundente y oscuro mazazo del que hasta hoy no se recupera por haberlo vestido de luto. Desde entonces su camino siempre ha terminado en las arenas del Takanakuy donde navega como en un interminable delta sin salida y cuyo único desfogue son los golpes secos, el contrapunto de la sangre y, de fondo, la diaria práctica del olvido.

La Revista Avatar

Cada mañana volvía llorando del manantial, sus lágrimas eran fácilmente confundidas con el turbión que se disparaba de los baldes que debía cargar hasta el caserío donde vivía en el pueblo de Accaco, Espinar. Aquella fuente de agua se había convertido en un referente de castigo y frustración para el pequeño Patricio Eusebio Huamaní, pues ahí siempre lo esperaba otro niño como él, pero más desarrollado, de apellido Sivincha, quien tras sonarlo por primera vez, no pararía. “Era como si me hubieran dado con un palo”, cuenta Patricio sembrando una sonrisa incompleta en su rostro, “me decía: siempre te voy a ganar”.

En adelante sus primos mayores comenzaron a pactar pelea tras pelea entre Patricio y su declarado rival, resultando de esto un Patricio magullado, frustrado y burlado pues a su marcha de vuelta a casa el público, en su mayoría niños, se agolpaba tras él para remedar su estado.

Una tarde se quedó mirando fijamente una pata de leoncillo que su abuela guardaba como simbólica protección, “me dijo que todo luchador que se frotara con ella sería invencible, solo así los rivales caerían como polvo”…

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