Al batán: No hay picanteada sin lengüeteada

En un patio de Characato, la Sociedad Picantera de Arequipa ha entramado cielo e infierno conjurando a los espíritus sibaritas y los más rigurosos catadores gustativos, que podría ser usted o cualquiera. Porque cuando se trata de comida arequipeña uno no necesita más credencial que la lengua. A continuación, una breve crónica de lo que fue ese cruce de buen gusto y mejor exceso.

La Revista Avatar

El primer salón del restaurante “El Characatito”, ubicado a una cuadra de la plaza, parece una olla de barro donde cuece todo lo que alberga, sin importar de dónde venga, pues todos han venido a lo mismo. Desde las mesas chasquean los cubiertos que destiemplan el cantar de los hermanos Dávalos y la conversación a boca llena se pierde antes de llegar a la siguiente mesa. Uno tras otro los comensales agilizan la comanda y llegan a  sus mesas con un plato que podría sellar una campana de iglesia preñada de siete porciones.

Uno de tantos comensales es un cura que, de milagro, no se ha chisporroteado de ají de calabaza el blanco alzacuellos, aunque su sotana se bate como una bandera posiblemente gracias al ají. Se lleva una guarnición  tras otra, impío con la tripa y urgente con el bolo que se desliza como un balín de feria.

Y es que la comida arequipeña -no es alegoría de mi parte- nos inspira una bodega donde en apariencia podrían entrar todos los excelsos sabores de la picanteada. En el patio, más de diez picanterías rodeando la extensa mesa  que porta el Jayari, ofrecen interminables sus Al batán No hay picanteada sin lengüeteada…

Lea el artículo completo descargando la Edición Digital de este número aquí

 

También puedes ver

No se encontraron resultados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE