Butters

La columna Mabel Cáceres Calderón

Finalmente, hasta los empresarios que hicieron a un lado los escrúpulos para tratar de monetizar la infamia, terminaron aceptando que aún en el lugar menos pensado existen límites. Y suspendieron a Butters.

Y las expresiones de odio, inquina, vileza y soberbia sin límites que exhibió en su última perorata en la TV, lo evidenciaron. Así es como, incluso quienes aplaudieron la desfachatez del dizque periodista o analista, tuvieron que aceptar que lo suyo ya no calzaba en ninguna categoría de estas.

Se trataba, simplemente, de un personaje hambriento de fama, que fracasó profesionalmente y que luego consiguió notoriedad en base a la radicalización de su discurso. Asumió posturas polémicas, a sabiendas que existen legiones de fanáticos seguidores de los extremos. Ellos se encargaron de ensalzarían por su discurso agresivo y él creyó que se trataba de admiración personal.

Así, la ironía se volvió insulto; el comentario, descalificación; la sátira, burla; y el análisis, burda tergiversación.

Finalmente, el susodicho insultador, prepotente, ignorante y soez, está fuera de los medios; pero aún hay otras voces cuyo papel parece ser pervertir la realidad, descomponer el tejido social, agredir para impresionar. En otras palabras, sabotear.

Es hora de que los peruanos aprendamos a dialogar aún en discrepancia: a respetar como obligación, más aún si se está en medios masivos; y a sacar sin reparo la mala hierba de donde esté. Y sobre esto último, al parecer, sí hubo consenso en el caso del inefable Butters.

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