Majes y el pisco

Trocha urbana Paola Donaire Cisneros

Chayanne es el nombre de un manso pastor alemán que saluda moviendo la cola en la Bodega Estremadoyro del valle de Majes. En el lugar existe una tinaja de 400 años de antigüedad, la misma cantidad de años que tiene la bodega. Don Coco, uno de los propietarios, recibe a los visitantes con una variada cata de vinos y pisco, además de anécdotas de la localidad. El grato momento, en un ambiente cargado de historia, tiene todas las características necesarias para hacer de esta experiencia un importante atractivo turístico de la zona. De hecho, el valle está incluido en la Ruta del Pisco, de la cual también forman parte Vítor, La Joya, Santa Rita de Sihuas, Camaná y Caravelí. Lamentablemente, la implementación de esa ruta es aún incipiente.

Majes, la ruta del pisco

La baja afluencia de visitantes provoca que los productores de la zona no ofrezcan un servicio continuo de atención a los turistas, con lo que encontrar una bodega abierta al público es cuestión de suerte. Este frustrante círculo vicioso limita las posibilidades de desarrollo turístico de la zona que tiene más de una razón para convertirse en un espléndido lugar de destino. Los petroglifos de Toro Muerto, las huellas de dinosaurios de Querullpa, la belleza natural del paisaje y las innumerables tradiciones culturales del valle son razones más que suficientes para escogerlo como lugar de visita frecuente. Desafortunadamente, las gestiones que se han hecho para alcanzar este propósito no han sido suficientes. Colocar la etiqueta de “ruta del pisco” es solo una parte del trabajo que está pendiente para revalorar lo que el valle de Majes tiene para ofrecernos.

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