Michelle Taruffo: verdad, hechos y paradigmas

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

Creo que es un error decir de una sentencia que es o debe ser objetiva, porque la objetividad es una condición del conocimiento y solo se puede aplicar a operaciones cognitivas, como las ciencias, no a operaciones prescriptivas o normativas, reguladoras de la conducta, como el derecho. Ser objetivo significa que lo que se dice en referencia a una realidad determinada cualquiera, coincide con ese referente real: si se afirma que “la puerta está cerrada”, tiene que haber una puerta y tiene que estar cerrada. La puerta es externa al sujeto para que lo dicho pueda ser considerado “objetivo”. Digamos que el conocimiento objetivo depende del objeto, del referente real, no del sujeto.

En el proceso judicial, que concluye con una sentencia, no hay referente real externo porque emitir una sentencia, resolver un litigio no es un acto cognitivo, salvo en lo relacionado a la prueba de los hechos. No se trata de actos cognitivos, de conocimiento, sino de crear sentido, de interpretar, de argumentar y de tomar una decisión final bien fundamentada y justa. Esto no es una actividad científica, evidentemente.

Es solo respecto a la prueba de los hechos dentro de un proceso legal, que se puede hablar de la verdad o de la objetividad. Y es aquí que Michelle Taruffo en su libro “La prueba de los hechos” se plantea la cuestión de si es posible o necesario el conocimiento de la verdad absoluta de los hechos y si es posible su certeza total con respecto a la prueba. Y responde que “no siendo el proceso judicial una empresa científica, no resulta necesario establecer verdades absolutas, siendo suficiente establecer verdades relativas (…) relativas a los medios de conocimiento, pues ellos no son ilimitados y se hallan regulados por el propio sistema legal. Y relativa al contexto, pues es dependiente de presuposiciones, conceptos y reglas de ese ámbito”.

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Todo lo cual nos lleva directamente a la filosofía del derecho. En contraste con nuestra situación académica todavía predominante y chabacanamente legalista, lo que llama la atención de “La prueba de los hechos” es el abordaje filosófico de un asunto tan aparentemente terrestre o pedestre, como el de los hechos y la prueba judicial. Y cuando digo enfoque filosófico digo enfoque del derecho en toda su extensión, profundidad y complejidad. Nunca un tema jurídico tan específico nos ha recordado tanto a Hamlet diciendo a su amigo: “hay muchas más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que cree tu filosofía”.  

Y cuando digo filosófico quiero decir multidisciplinario y transdisciplinario. En relación a esto, el renombrado jurista italiano sostiene que “un primer problema, proviene del hecho que el tema de la prueba se presta, en menor medida que otros, a agotarse en la dimensión jurídica y tiende a proyectarse fuera de ella y a penetrar en otros campos: lógica, epistemología, sicología (…) Esto supone que hay que recurrir necesariamente, también, a  métodos provenientes de otros campos del pensamiento (…) el tema del proceso tiene la peculiar característica de remitir inmediata e inevitablemente fuera del proceso, e incluso fuera del derecho…”. Más claro imposible.

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 No hay “formas al mismo tiempo simples y aceptables de afrontar el tema en cuestión”, señala Taruffo, es decir, el de si es posible o necesario hablar de la verdad de los hechos cuando son parte de un proceso y hasta qué punto. Ya no es solo un asunto puramente adjetivo, de derecho procesal, sino el problema de la verdad, nada menos, problema típicamente filosófico, si los hay.

¿La verdad? Preguntaba Pilatos y no puedo dejar de imitarlo: ¿qué es la verdad cuando lo único que constatamos son diferentes perspectivas? Incluso de las abundantes mentes pre modernas en nuestro país que se creen dueñas de la única verdad absoluta, para todos los tiempos y culturas, que no existe por ninguna parte. Y me atrevería a insistir en que esas verdades relativas que nuestro invitado alude son también perspectivas, y deben estar referidas a los hechos dentro de un proceso y no a todo el proceso, y solo cuando haya hechos, ya que puede tratarse de asuntos de puro derecho también. Estos asuntos demuestran lo poco o nada científica que es esta actividad llamada proceso judicial, excepto los exámenes de criminalística.

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En ese proceso aludido no se trata especialmente de explicar o conocer hechos, como en la ciencia. Y nos atrevemos a extender la idea de la no cientificidad del proceso, del profundo jurista que nos visita, a las demás actividades jurídicas, no solo al proceso judicial. Y al derecho mismo. El derecho no parece esencialmente una actividad de conocimiento, si pensamos en lo que hacen jueces, fiscales, abogados, diplomáticos, etc, todos los días, aunque después en clase digan, cuando son profesores, que es una ciencia.

Y en tanto el juez no desarrolla una actividad esencialmente cognitiva, no tiene que ser objetivo o verdadero en la sentencia, sino justo o equitativo. Y no da igual y no es lo mismo. Es la diferencia entre juicios de hecho y juicios de valor. Los primeros deben tratar de ser objetivos, como los referidos a un conflicto judicial. Los segundos solo pueden ser subjetivos porque son opiniones provenientes de sujetos, dejando a un lado el sentido peyorativo de la palabra “subjetivo”. Una cosa es lo que “es” y otra lo que “debe ser”. Opiniones, puntos de vista subjetivos, perspectivas de sujetos vivientes, no verdades objetivas.

Michelle Taruffo, verdad , hechos y paradigmas por Juan Carlos Valdivia Cano en su columna Sobre el volcán

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