Las elecciones municipales del domingo 7

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

El domingo 7 de julio, mientras toda la nación se agitaba por el partido de la final de la Copa América en el Maracaná, se realizaron las Elecciones Municipales Complementarias en doce distritos rurales en los que fueron anulados los comicios de octubre pasado. Hubo la duda de si los miembros de mesa acudirían a cumplir con su deber ante la tentación deportiva, pero las 169 mesas fueron instaladas antes de las 10 de la mañana. El 66% de los titulares acudieron, un poco menos del 70.5%[1] que se hicieron presentes en octubre. ¿Esto querría decir que la influencia del bombardeo futbolístico de los medios tuvo menos efecto en el medio rural que en las ciudades?

elecciones complementarias

Son pueblos pequeños en donde todos se conocen[2], y alejados, a más de cuatro horas de un viaje carretero, de la capital departamental (excepto Guadalupito); donde sus habitantes se dedican a la agricultura, la ganadería, las artesanías y el comercio. Pero lejos, también, de la imagen bucólica y pastoril que algunos citadinos tienen en sus mentes. Ratificando el refrán de “pueblo chico, infierno grande”, en casi todos ellos ocurrieron graves actos de violencia en las elecciones del 2018, con destrucción de materiales electorales, de mobiliario escolar y hasta con gente herida y muerta, como en el caso de Guadalupito (Virú, La Libertad).

La intención de grupos violentistas que desconocieron los resultados o impidieron que la gente ejerza su derecho al voto como en el caso de Huasmín (Celendín, Cajamarca), era conseguir la anulación y que haya un nuevo proceso electoral. Y aunque los incidentes violentos ocurrieron en alrededor de 70 distritos, el JNE sólo anuló las elecciones en doce. Justamente, uno de los factores de la reincidencia de estos actos repudiables, es que quedan impunes por la permisividad de los jueces electorales y los fiscales.

Los resultados de la jornada nos permiten hacer una primera constatación: el ausentismo de los electores ha sido mayor que el promedio nacional de octubre cuando fue del 19.6% del padrón. Esta vez, el 29.6% no acudió a votar (hasta el 50.5% en el caso de Chipao, Lucanas, Ayacucho), quien sabe si por el temor de que se repitieran los actos de violencia o simplemente por estar de viaje o porque al votante le interesó más el fútbol.

Una segunda constatación es que, como en ocasiones anteriores, la cantidad de listas de candidatos disminuyó considerablemente, esta vez de 92 a 36, de un promedio de 7.7 a sólo 3 por distrito. Es decir, no todos tienen los recursos para hacer una segunda campaña en menos de un año. De ahí que, si el año pasado, los movimientos regionales ganaron en seis de ocho distritos de los que se tuvieron resultados parciales; este año los logos de los partidos nacionales se impusieron en siete de los doce. Esto, por supuesto, no significa mucho, pues la mayoría de los partidos no tuvo ni la capacidad ni el interés de presentar candidatos.

Alianza para el Progreso ha ganado en los distritos de Mirgas (Antonio Raimondi, Ancash), Condebamba (Cajabamba, Cajamarca) y Sangallaya (Huarochirí, Lima), resultando segundo en Huasmín, Mollepata (Santiago de Chuco, La Libertad), Guadalupito y Lachaqui. Llevaron el logo de Restauración Nacional los ganadores de Huasmín y Mollepata y el de Acción Popular el alcalde vencedor de Aramango (Bagua, Amazonas).

Sólo en cuatro casos de los que se tuvieron resultados parciales de octubre, los candidatos ratificaron su primacía el domingo 7: el de Alianza para el Progreso de Condebamba y los movimientos regionales en Chipao (aunque se tendrán que anular las elecciones por el ausentismo de más de la mitad del padrón); el movimiento Súmate en Guadalupito y el grupo Mi Casita del gobernador regional Walter Aduviri en Alto Inambari, Sandia, Puno.

El caso de Sangallaya es especial, porque habiendo sólo una lista de candidatos el año pasado, hubo un 74% de votos nulos y blancos, lo que llevó a la nulidad del proceso. Ahora no se presentó el movimiento Patria Joven, pero sí Alianza para el Progreso, que ganó con el 92% de los votos válidos, al movimiento Todos por el Cambio.

¿De qué se valieron los candidatos para persuadir a los electores que voten por ellos, cuando la crisis de desconfianza se extiende hasta las aldeas? Quién sabe. No se puede afirmar, categóricamente, que las nuevas elecciones obren como una azarosa ruleta en las definiciones de los votos de una población siempre volátil. Sólo investigaciones a profundidad afirmarán o desecharán esa hipótesis, teniendo en cuenta, además, que según lo demostrado por un estudio del Jurado Nacional de Elecciones[3], en el medio rural los electores están menos interesados en planes y programas de gobierno que los electores urbanos o que más de un quinto decide por quién votar, el mismo día de la jornada electoral.

Si más del 70% de los ciudadanos pobres no conoce el significado de los términos “izquierda” y “derecha” en política[4], las elecciones frecuentes con tan solo simplona publicidad e intentos de compra de votos, sin debate de planes y programas, sin esfuerzos de los organismos estatales por la educación cívica de los electores, seguirán siendo oportunidades perdidas o el enorme esfuerzo de Sísifos que, una vez alcanzada una pequeña colina, verán rodar la roca de nuevo hacia abajo. Para volver a empezar.

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[1]                    Todos los datos estadísticos de esta nota están tomados del portal electrónico de la ONPE.

[2]                    Sangallaya (Huarochirí, Lima) tiene menos de 500 electores y Lachaqui (Canta, Lima), menos de 1000.

[3]                    ARAGÓN Jorge, ENCINAS, Daniel y RAMÍREZ Tania. Electorado y Electores en el Perú. Un análisis del perfil electoral 2016 en: https://observaigualdad.jne.gob.pe/pdfs/recursos/PERFIL_ELECTORAL_EN_EL_PERU.pdf

[4]                    Ibid., pp. 22 y siguientes.

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