Derecha, centro e izquierda, ¿qué son?

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

En la terminología política se han generalizado las expresiones derecha, centro e izquierda y, sin embargo, carecen de definiciones. No es posible, por lo tanto, delimitarlas, señalando el género próximo y la diferencia específica, como exigía Aristóteles. Son como nubes erráticas, blancas u oscuras, brillantes u opacas, que, aunque distinguibles desde lejos, se desvanecen en cuanto el observador se acerca a ellas.

Obviamente tampoco es posible intentar su definición jurídica. Pero allí están, y hay quienes creen saber lo que designan, en particular ciertos periodistas. Pueblan, por lo tanto, las revistas y los diarios políticos (¿hay alguno que no sea?), a veces como datos pretendidamente extraídos de la ciencia política, para ensalzar o denigrar, según las instrucciones de sus mandantes, a quienes engloban en esas calificaciones. Es ya un lugar común que los términos izquierda e izquierdista se utilizan en ciertos casos para execrar a alguien o a algún grupo que pretende el cumplimiento de algún derecho social o denuncia algún abuso, ilegalidad o hecho de corrupción. Al contrario, se echa mano del término derecha para designar lo respetable y noble por el dinero, la casta racial dominante, algún apellido procedente de un encomendero o de un extranjero asimilado por la oligarquía o para relievar a algún aventurero de la política o a un literato converso que despotrica por encargo contra los gobiernos que hacen algo por las mayorías menos pudientes.

Desde comienzos del siglo veinte, ciertos ideólogos del capitalismo europeo entendieron que la clasificación de los partidos políticos como superestructuras de las clases sociales, que el marxismo había señalado y generalizado, les era letal, porque trasladaba al plano político la visión de la lucha de clases que se libraba al nivel de la estructura o de la economía. No tuvieron que buscar mucho para encontrar una clasificación sustitutoria de aquella. En la Convención francesa instalada en setiembre de 1792, los representantes sentados a la izquierda del presidente que dirigía los debates estaban por la marcha de la revolución hacia adelante y contra el rey, y quienes querían paralizar el proceso o llevarlo hacia atrás y defendían al rey se ubicaron en las bancas de la derecha. Por consiguiente, aplicando este criterio diferencial, los grupos políticos quedaron divididos en de derecha si defendían a los gobiernos emergidos de los cenáculos capitalistas y de izquierda si los criticaban. Y esta división pegó  tanto que hasta los grupos más contestatarios del sistema la hicieron suya por moda o  conveniencia, dejando en el desván de las cosas olvidadas la clasificación fundada en la extracción social de los partidos y otros grupos políticos

Algo más tarde, se comenzó a usar los términos derecha e izquierda como indicativos de la posición de los grupos políticos frente al sistema capitalista.

Ahora sólo hay movimientos y gobiernos de derecha, centro e de izquierda. En América Latina, por ejemplo, son gobiernos de derecha los de Macri en Argentina, Piñeira en Chile, Bolsonaro en Brasil, Duque en Colombia, Vizcarra en el Perú y otros del mismo jaez; y, por el contrario, son gobiernos de izquierda los de López Obrador en México, Ortega en Nicaragua, Morales en Bolivia, Maduro en Venezuela y Vásquez en Uruguay. Las diferencias entre los de derecha y los de izquierda resultan de su conducta frente al neoliberalismo. Si dejan suelto al capitalismo para embolsillarse al máximo la plusvalía aumentada por la superexplotación el gobierno es de derecha y un éxito; si, en cambio, el gobierno interviene al capitalismo en diverso grado, recabándole más impuestos, defendiendo a los trabajadores y a otros estratos de la población de menores o nulos ingresos o alzándose contra la injerencia de las potencias imperialistas, es de izquierda y un fracaso.

En el Perú, desde la década del setenta, los grupos de la llamada izquierda se instalaron cómodamente en este esquema, aunque absteniéndose de comprometerse en un programa que contuviese a la oligarquía capitalista y blanca, y así han vegetado hasta extinguirse, salvo uno que otro que supervive alentado por la posibilidad de atraer los votos populares para colarse en el congreso de la República o en los gobiernos regionales y municipales.

Los pocos pensadores partidarios de un nuevo socialismo con derechos humanos, han sido colocados tan al extremo de la izquierda que salen del esquema, y no existen para los medios e incluso para los mismos grupos autodenominados de izquierda.

Por supuesto, los grupos de derecha, centro e izquierda siguen flotando en la vaporosa indefinición de las nubes, y pueden cambiar ligeramente.

Si un gobierno o grupo de derecha tiene un gesto populista, inspirado en apariencia en la caridad que es sólo la distribución de las sobras, podría ser atacado por sus competidores de la misma clase social por inclinarse peligrosamente hacia la izquierda o, al contrario, ser objeto de la congratulación de algunos de sus adherentes por ejecutar una sabia jugada táctica destinada a evitar que los favorecidos con esas dádivas se sientan  tentados de preferir a los candidatos de los grupos críticos.

Todos las contiendas electorales tienen lugar en las canchas oficiales autorizadas por la ideología de la superestructura capitalista, con tribunas para la derecha (las más caras), el centro (las de precio módico) y la izquierda (las más baratas), partidos en los que, obviamente, no ganan por sí los equipos que se disputan el balón, sino los asistentes congregados en las tribunas que gritan, aplauden y finalmente deciden quiénes triunfan, que casi siempre son los equipos de derecha. El bardo Felipe Pinglo Alva había cantado: “Después de laborar, vuelve a su humilde hogar Luis Enrique, el plebeyo, el hombre que supo amar, y que sufriendo está esta infamante ley de amar a una aristócrata  siendo plebeyo él”. La aristócrata es la derecha.

Como no sería posible cambiar de golpe estas reglas del juego, impuestas en más de un siglo por los ideólogos y la propaganda del capitalismo, se podría, sin embargo, someterlas a variaciones graduales, la primera de las cuales sería sacar las lides electorales de los estadios oficiales a la calle, como ha tomado la costumbre de hacerlo la derecha contra ciertos gobiernos de izquierda. Sólo se requeriría un poco de voluntad colectiva. Los chalecos amarillos de Francia ya lo están  haciendo. También aquí muchos jóvenes se lanzaron a la calle e impidieron que les encajaran la “Ley Pulpín” que los iba a convertir en trabajadores baratísimos. Luego, las oleadas de gente en la calle, en su mayor parte jóvenes, impidieron que los políticos venales que se han apoderado del congreso de la República y ciertos jueces y fiscales de catadura similar retirasen de sus funciones a los fiscales y jueces que se han cuadrado, como se debe, contra la corrupción. Más recientemente, los pobladores de Tambo y muchos del pueblo de Arequipa han vuelto a salir a las carreteras en defensa de las tierras agrícolas de este valle feraz contra la contaminación que causaría el proyecto minero de Tía María, en una lucha de la vida contra la muerte.

En otras palabras, para los trabajadores de todos los niveles, vale decir para quienes tienen que trabajar para otro o de modo independiente, y para quienes se solidaricen con ellos la política empezará a cambiar recién cuando la limpien de los estereotipos artificiales y la sitúen en el terreno superestructural al que realmente pertenece.

publicidad

Síguenos en nuestras redes sociales: 

Búscanos en FacebookTwitterInstagram y YouTube

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE