La Argentina de los güelfos y gibelinos y su deuda pública

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

El 11 de agosto de este año se efectuaron las elecciones primarias en Argentina con una participación del 75.78% de los electores.

Argentina

Ganó la fórmula peronista (Frente de Todos con Alberto Fernández como candidato a la presidencia) con el 47.65%, siguiéndole la fórmula liberal antiperonista (Juntos por el Cambio con Mauricio Macri como candidato a la presidencia) con el 32.08%. Cuatro grupos pasaron la valla del 1.5% requerida para continuar en el juego electoral (8.22%, 2.86%, 2.63 y 2.18%), cuyo siguiente pasó serán las elecciones del 27 de octubre de este año. Raro procedimiento semejante a una gran encuesta. Si en las próximas elecciones el candidato ganador obtuviera más del 45% o, si alcanzando el 40% o más, superara al siguiente en más del 10% será proclamado presidente de la República; de otro modo se irá a una siguiente vuelta (Const., arts. 97º y 98º).

Sin embargo, ya los peronistas han cantado victoria a todo lo que les da la voz, viendo a Macri sepultado (probablemente en el cementerio de La Recoleta, exclusivo de la gente chic) y a los argentinos volviendo a pagar unos pocos pesos por los bienes y servicios a cargo del Estado.

Antes de la llegada del grupo de Macri al poder en octubre de 2015, la energía eléctrica, el gas, los transportes y otros servicios costaban una fracción de su costo real. La diferencia entre este y el precio fijado al público era cubierto por subsidios estatales. Alguna vez vi a una dama de Buenos Aires irse de compras por unas horas, dejando encendido el horno a gas de la cocina que hacía las veces de estufa. El gas era casi gratuito.

Macri cortó brutalmente los subsidios y, como es natural, a los consumidores, sobre todo de los estamentos populares, no les gustó la medida. Por lo tanto, el gran elector en las próximas elecciones seguirá siendo la esperanza prometida por el estado mayor peronista de restituir los precios ínfimos de los bienes y servicios estatales. 

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Correlativamente, el gran tema ausente en los debates electorales, en particular en el peronismo, ha sido la deuda externa, su imparable crecimiento y las maneras de pagarla. Esta deuda fue utilizada en subsidiar bienes y servicios públicos, construir ciertas obras públicas, pagar personal administrativo y político, renovar equipos de las fuerzas armadas, pagar intereses de la deuda vencidos y darle la suya a la corrupción. Ningún grupo político y menos aún el peronismo ha detallado a dónde fue a parar el dinero de  los préstamos concertados durante su gestión.

Hasta diciembre de 2018, la deuda pública argentina había llegado a algo más de 345,000 millones de dólares USA, de la cual un 80% con acreedores extranjeros y un 20% con nacionales. 

Su evolución ha sido la siguiente, en millones de dólares:

—a 1976, gobierno de Isabel Perón (peronista): 7,900;

—a 1983, gobierno de Videla (militar): 45,100;

—a 1989, gobierno de Alfonsín (radical): 65,300; 

—a 1999, gobierno de Ménem (peronista): 121,877;

—a 2001, gobierno de De la Rúa (radical), 144,453;

—a 2003, gobierno de Duhalde (peronista), 176,768;

—a 2005, gobierno de Kirchner (peronista): 126,500;

—a 2013, gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (peronista): 250,000;

—a 2018, gobierno de Macri (liberal): 345,000.

Como se ve, la mayor parte de la deuda creció durante los gobiernos peronistas; aumentó, porque se pedía más dinero y no se pagaban los intereses o los pagos por estos fueron insuficientes. 

En 2013, la Argentina había caído en default(falencia) en los mercados financieros internacionales, y fue retirada como sujeto de crédito.

Macri logró que el Fondo Monetario Internacional le prestara a Argentina 57,100 millones de dólares que fueron destinados a cubrir una parte de los intereses de esta deuda descomunal. Pero, la deuda, ¡ay!, siguió creciendo.

Cuando en enero de 2010, un juez de Nueva York embargó ciertos depósitos del estado argentino en Estados Unidos a petición de algunos acreedores que habían comprado cierta cantidad de títulos de la deuda de este país y querían que se les pagara, los peronistas en el poder los acusaron de pretender sangrar a la Argentina utilizando fondos a los que calificaron de “buitres”. Es probable que esta expresión, reproducida hasta el hartazgo en América Latina por los simpatizantes del peronismo, haya sido tomada del relato de Ernest Heminghway Las nieves del Kilimanjaro, en el cual el protagonista, un vividor que atraía a mujeres bastante maduras con mucho dinero, agonizaba en una tienda por una gangrena, debida al insignificante rasguño de una espina en una pierna mientras cazaba en una sabana de Tanzania. Los buitres, esas aves carroñeras negras con agresivos picos curvos, olfatearon la podredumbre y comenzaron a posarse en los árboles cercanos a la tienda y esperar allí como si conversaran a pequeños graznidos desafinados. Pero esta feroz comparación era impertinente, porque esos bonos de la deuda argentina habían sido adquiridos en las bolsas de valores a menos de su valor nominal que descendía a trancos, porque no se les redimía ni se pagaban los intereses. En todo caso, más se asemejaban a aquellas desgarbadas y pacientes aves los políticos que les hacían creer a sus electores que la deuda moriría por consunción, muerte que no se iba a producir, por supuesto. Al contrario, la deuda está allí, como un tiranosaurio del Parque Jurásico, creado por ellos.

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Si, a pesar de deber tanto, la Argentina no se precipita a la bancarrota y al hambre es por su inmensa riqueza agrícola, ganadera y minera, y nunca faltará comida en los platos de todos.  

Tras esta historia se percibe las dos tendencias o clubes preferidos en la política argentina, cuyo núcleo duro está constituido en ambos por ciertos grupos capitalistas interesados en tomar las riendas del Estado y utilizar el poder de decisión de este, beneficiarse con sus contrataciones, administración de las empresas estatales y servicios públicos, y obtener algunas tajadas de las inversiones externas y también —¿cómo no?— del movimiento de la deuda pública. Si gana el peronismo, es posible que continúe con las medidas de Macri y trate de pagar la deuda pública si pretende impedir que la Argentina incurra de nuevo en default, y que ensaye, por lo menos al comienzo, ciertas medidas asistencialistas.

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No es posible perder de vista que el caudal electoral del peronismo lo constituyen en gran parte trabajadores y otros grupos de bajos ingresos, y que el macrismo tiene como sostén a la mayor parte de la clase media que teme el descalabro económico que podría reducirle sus ingresos. Se diría que esta polarización se asemeja a un pleito de güelfos y gibelinos, como aquellos del siglo XII en el norte de Italia, formados por ciertas familias feudales que se peleaban por defender la influencia de una familia real de Sajonia y otra de Baviera. Quienes se asesinaban concienzudamente no eran los nobles que podían arreglarse entre sí, sino sus mesnadas. Un caso de alienación colectiva se diría ahora.

Una pregunta final: ¿qué esperan obtener las clases trabajadoras argentinas del próximo gobierno? Hasta ahora esta pregunta no forma parte del debate electoral.

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