La larga marcha de Gustavo

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

Hace unos días terminé la lectura del reciente libro de Gustavo Espinoza Montesinos: Con la esperanza viva. Memorias de un comunista peruano.[1]

Son 802 páginas de lectura fácil, amena y útil, con el ritmo de una novela de suspenso que se lee sin tregua en busca del desenlace y, cuando este se acerca, se quisiera tenerlo aún lejos. Es su biografía, pero, además, un singular testimonio de una parte de la historia del Perú que explica por qué ocurrieron ciertos hechos capitales en la política; un libro ejemplificador de la tesis del profesor de la Université Paris XIII, Ivan Jablonka: la historia es una literatura contemporánea.[2]

El libro trata, principalmente, de cuatro etapas de su vida: a) como estudiante de La Cantuta y sus afanes para erradicar al Apra de la dirección de las organizaciones estudiantiles universitarias de las que este partido se había apropiado, objetivo que alcanzaron él, y sus camaradas y amigos de izquierda; b) como secretario de prensa y propaganda de la CGTP de junio a diciembre de 1968 y desde este mes hasta diciembre de 1976 como secretario general, período durante el cual esta central llegó al apogeo de su influencia; c) como diputado por el Partido Comunista Peruano, elegido en 1985, años de lucha contra la arbitrariedad del gobierno de Alan García y el Apra, tratando de sobreponerse a la desconexión de su partido con la realidad económica y política del país, como las otras formaciones de la izquierda que se desvanecían en su inconsistencia programática; y d) su actividad posterior, caracterizada por su apartamiento del Partido Comunista debido a la inquina, rivalidad y cálculo non sanctode sus camaradas. En síntesis, es un recuento de su vida, ofrendada a la actividad partidaria, pensando siempre en las necesidades e intereses de las clases trabajadoras, los estudiantes y otros grupos marginados para acercarlos a la posibilidad de mejorar su calidad de vida.

Hay, sin embargo, en este libro un vacío. Gustavo no nos dice qué se proponía su partido que lo llevó a hacerse comunista.

No es esta, sin embargo, una actitud inherente sólo a Gustavo. Uniformemente, casi todos los partidos comunistas soslayan este aspecto que, por el contrario, debería hallarse sólidamente imbricado en su filosofía. Sin duda, porque no la tienen, aunque declaren ser herederos de la filosofía de Carlos Marx.

¿Por qué?

Carlos Marx, desarrollando su teoría de la dialéctica como la manera de ser de la evolución de la naturaleza, la sociedad y la conciencia, había planteado la sustitución de la sociedad capitalista por otra comunista, pasando por una primera etapa socialista. A este cambio cualitativo habría de llegarse por una revolución en la lucha la clase obrera contra la clase capitalista. Carlos Marx falleció en 1883 y Engels, el otro exponente máximo de esta filosofía, en 1895, cuando la sociedad capitalista estaba aún lejos de ese cambio. Mientras tanto, al interior de los partidos socialistas, creados para ser los instrumentos de la acción política de la clase obrera, había comenzado a surgir una contradicción entre la teoría del cambio revolucionario y la posibilidad del mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores dentro de la estructura capitalista.

Esta contradicción se reflejó en seguida en la teoría. En la década del noventa del siglo XIX, Eduard Bernstein, planteó como estrategia de la clase obrera, en Alemania y otros países con un capitalismo desarrollado, avanzar hacia el socialismo a pasos, por reformas dentro de la sociedad capitalista. En cambio, Lenin propuso la vía revolucionaria por esos mismos años. La ocasión de contrastar con la práctica ambas posiciones llegó al terminar la Primera Guerra Mundial. Lenin y el Partido Bolchevique o Comunista organizaron la revolución en Rusia que los llevó al gobierno en octubre de 1917, desde el cual estatizaron las empresas capitalistas y repartieron la tierra a los campesinos. Esta revolución fue la única opción viable en Rusia por la despótica autocracia de los zares y la ausencia de toda posibilidad de instauración de una democracia, el atraso del país por la hegemonía de la propiedad feudal y la feroz persecución de los opositores, en particular los bolcheviques. 

En Alemania, el Partido Socialdemócrata, que había intervenido en la revolución que depuso al Kaiser en enero de 1919, prefirió entenderse con una fracción de la burguesía, con la cual suscribió un pacto por el que se abstenía de tentar el derrocamiento del capitalismo a cambio de la obligación de este de permitir un conjunto de derechos sociales y políticos, pacto que se formalizó como la Constitución de Weimar, de agosto de 1919.

En lo sucesivo, los partidos comunistas de los países con economía capitalista no pudieron librarse de la contradicción entre la tesis de la revolución y la necesidad de obtener ciertos derechos sociales para los trabajadores, admitiendo o soportando la estructura capitalista, y dejando la revolución para un momento lejano e indefinido. Por lo tanto, se instalaron en el reformismo e ingresaron a las competencias electorales, como los demás partidos políticos, si bien con una acendrada vocación de defensa de los derechos sociales. Es decir, hacían lo que Bernstein había propuesto, aunque siguieran llamándose leninistas (¿?); a lo más, en América Latina, apoyaron con su entusiasmo a los gobiernos surgidos de revoluciones progresistas hechas por otros. No fue este el caso del Partido Comunista Chino que, en la segunda mitad de la década del veinte del siglo XIX, afrontó la embestida del partido burgués Kou-Ming-Tang, prototipo del Partido Aprista, que mató a miles de sus militantes, ante lo cual sólo cabía la revolución.

Entre los comunistas peruanos, la contradicción indicada se resolvió con la prevalencia de la práctica reformadora desde sus comienzos, con reacciones que estallaron en 1948, cuando el comité departamental de Lima expulsó a los miembros del comité central que militaban en células de Lima por “revisionistas”, y en 1961, cuando la mayor parte de militantes se apartó del comité central por la misma causa y creó un partido maoísta, aunque sólo de nombre, puesto que en su accionar cotidiano mantuvieron una conducta invariablemente reformista. Otro estallido sobrevino en 1980, cuando un grupo creó el partido comunista Sendero Luminoso y emprendió la insurrección armada y el terror, prescindiendo de compulsar las condiciones objetivas y subjetivas de las clases trabajadoras y en el panorama político del país, que no admitían esa línea de acción, y fue al fracaso, dejando un saldo de decenas de miles de muertos, inútilmente inmolados.

A la inclinación del Partido Comunista Peruano exclusivamente defensora de los derechos sociales, se ha asociado la carencia de un programa de reformas fundamentales en la economía y la organización del Estado. Además, se ha añadido la monopolización del poder interno, respaldada por la expulsión de los que osan discutirla, una práctica estalinista que le ha impedido formar cuadros de dirección e intermedios relevantes y la adhesión de un mayor número de intelectuales y militantes, y ha mantenido a este partido con un nivel de influencia cada vez más reducido. 

A fines de la década del ochenta, Gustavo Espinoza se había convertido en un cuadro de primera por su inteligencia, espíritu de trabajo, honestidad y clarividencia política y, de haber tenido sus camaradas un mínimo de visión y fidelidad, hubiera conducido a su partido con acierto en la defensa de las clases trabajadoras. Pero esto no podía ser. A la oligarquía capitalista, con Fujimori en el gobierno, le era vital abatir la resistencia que este partido y la CGTP hubieran podido oponer a su ofensiva contra los derechos sociales. En consecuencia, la suerte de Gustavo estaba echada.

Gustavo presentó su libro en la Casa Museo Mariátegui hace unas semanas ante una concurrencia que llenó el patio techado convertido en auditorio. Todos eran sus amigos personales, muchos sus admiradores, intelectuales de nota con el pensamiento enfilado hacia la izquierda. Estábamos allí para escucharlo y aplaudirlo. Ninguno era militante del Partido Comunista. Como él mismo cuenta en su libro, esta animadversión se incubaba desde fines de la década del ochenta. Al viejo sátrapa Jorge del Prado le habían llenado la cabeza con el cuento de que Gustavo estaba conspirando para desbarrancarlo de la secretaría general y ponerse él (pág. 599 del libro). Y eso no era cierto. A Gustavo jamás se le habría ocurrido quebrantar la tradición monocrática de su partido, que él, educado en esa escuela, llama unidad, ni emprender la carrera hacia el poder interno, salvo que lo hubiesen llamado para ejercerlo, menos aún, por su lealtad, hubiera puesto en duda la posición de su jefe, amigo de sus padres, quienes lo habían protegido en momentos difíciles, lo que no quería decir que Gustavo le debiese a Del Prado su ascenso en la jerarquía partidaria. No lo necesitaba e intelectualmente lo superaba. Gustavo fue separado, primero de la comisión política en noviembre de 1991, con el consentimiento de Del Prado (pág. 617), luego tuvo que renunciar al comité central en 1993 (pág. 618) y después fue separado del partido. Del Prado no se salvó. En 1991, poco después del relevo del Partido Comunista de la Unión Soviética en la conducción del Estado, no lo reeligieron como secretario general y lo confinaron al ostracismo.

Gustavo ha conservado la categoría moral de comunista, por decisión propia, y, a los 78 años, sigue fustigando con sus artículos la corrupción y las arbitrariedades nacionales e internacionales. Es su sino en su larga marcha de la acción a la nostalgia.

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