Otro final para un cuento de Borges

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

A su manera, Guido Silva Santisteban y Ballivián, quería dar la imagen de hombre duro. Duro y encantador a la vez, como un Humphrey Bogart en su mejor época. Hijo de militar, bisnieto de un presidente boliviano, educado en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, cercano de uno de los jerarcas de la revolución militar de Velasco, decía haber nacido para mandar. Fue en Europa donde adquirió las armas que le negó el ejército. Aprendió idiomas, siguió el ritmo de la política, leyó poesía, adornos que le permitieron conquistar docenas de mujeres, a las que siempre mantuvo a distancia. Había militado en la Juventud Comunista, admiraba a la Unión Soviética y, en correspondencia, era librepensador. Fue por un lustro lector de originales de novelas en castellano que recomendaba traducir en una gran editorial en Berlín Este, antes de volver al Perú donde, dicen, escribió en Expreso. Sus conocidos lo trataban como “caballero blanco”, más con sorna que afecto. Llegó como asesor al Senado en los años 80, donde exhibía un humor cáustico y liquidador, lo que no le impedía desplegar su vasta cultura en entretenida conversación sobre política, batallas de la II Guerra Mundial, mujeres, heráldica o cine.

Borges

Turguéniev, Gógol, Shólojov, Bábel, Chéjov estaban entre sus preferidos, aunque su campeón era Lawrence Durrell, cuyo “Cuarteto de Alejandría” situaba en el centro del canon. Decía que los estadounidenses tenían los mejores narradores del mundo: Faulkner, Steinbeck, Cadwell, Sherwood Anderson, Mark Twain, Dos Passos, Miller y diez candidatos al Nóbel. Con misoginia disimulada, sólo reconocía el genio de Jane Austen y apenas el de la Yourcenar. Entre los ingleses le oyeron ponderar a Shakespeare, of course, Swift, Defoe, Kipling y Chesterton, al lado de los irlandeses Joyce, Shaw y Beckett. A Nabokov lo reputaba como un autor de muchas patrias, como sus lenguas. Sentía una extraña fascinación por El misterio de las Catedrales de Fulcanelli, aunque  masones y cristianos, eran objeto de sus burlas, por igual. De la literatura alemana rescataba a Goethe, Hölderlin, todo Kafka, Hess y Böll. De la francesa, a Gide, Malraux y Camus. Repetía extensos pasajes de las Novelas Ejemplares de Cervantes, del Martín Fierro o los poemas de Quevedo y de García Lorca.

Entre los peruanos, pocos se salvaban de su guillotina: el cholo Vallejo, Martín Adán, el Amauta, Pepe Durand, Gálvez Ronceros, César Lévano y Víctor Hurtado. García Márquez, Rulfo, Guimaraes Rosa, Nicolás Guillén y su Sóngoro Cosongo, entre los latinoamericanos. Detestaba las recomendaciones de Cortázar para leer Rayuela, y las aprensiones de Neruda persiguiendo las ediciones piratas de sus libros. Pero, por encima de todos, veneraba a Borges, a quien citaba de memoria. Dicen que proclamaba que su genialidad residía, entre otros factores, en el versátil uso de los adjetivos.

Silva coincidía con Borges en su opinión sobre las religiones: “¡Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología. La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es realmente fantástica.”[1] Pero el otro Borges, también escribió: “San Juan de la Cruz alcanzó la experiencia más elevada de la que es capaz el alma de un hombre: la experiencia del éxtasis, el encuentro de un alma humana con el alma de la divinidad, con el alma divina, de Dios…”[2] lo que hizo exclamar a un crítico argentino:

“En la obra (no en las bromas) de Borges se ha tejido un lenguaje que es exquisito para hablar acerca de Dios, tantas veces predicado con vulgaridad e intrascendencia en ámbitos de fe. En una época en la que la poesía ha subrayado en muchos casos elsentimiento de la ausencia de Dios, Borges ha resaltado su inminencia. Donde muchos han señalado el silencio de Dios, Borges su Palabra. Donde muchos se han centrado en lo inefable e intangible, Borges lo ha hecho en lo innegable.” [3]


Por eso, resulta curiosa la siguiente anécdota: una vez, uno de sus íntimos oyó la versión de Silva del final del cuento Los teólogos, como quien escucha cantar un buen cover, como dirían los jóvenes rockeros, al referirse a la versión de Rita Lee de las canciones de The Beatles, por ejemplo, que no desfigura el original y, sin embargo, suena al oído como algo nuevo.

Cuando se lee ese cuento de Borges se puede apreciar su vasta cultura y el fruto de sus dilatadas jornadas en la Biblioteca Nacional. Es un alarde de erudición en el conocimiento de la historia de los primeros siglos del cristianismo. Por sus trece párrafos desfilan Platón, Procusto, Plutarco, Apolo, Diana, Poseidón, Agustín, Ixión, Prometeo, Sísifo, Judas Iscariote, Lúculo, Cicerón, Jesús, Mateo, Plinio, Euforbo, Migne, Cosmas, Bousset, Harnack, Juan Damasceno, Erfjord, Orígenes, Thomas Browne, Bloy, Pitágoras, Demóstenes, Carpócrates, Lucas, Juan, Teopompo, Julio César, Pompeyo. Y al lado, escenarios como Atenas, Aquilea, Danubio, Tebas, Roma, Pérgamo, Constantinopla, Egipto, Macedonia, Cartago, Tréveris, Britania, Cesárea, Frigia, Dardania, Nitria, Berenice, Genua, Aventino, Éfeso, Rusaddir, Hibernia.

No es elegante agotar la paciencia del lector enumerando los títulos de los tratados que menciona, y sus laberínticos argumentos, empezando por el Zohar y la Biblia, hasta acabar en el apócrifo sermón “Luz de las luces encendida en la carne de un réprobo”.

La historia que refiere es la de Aureliano y Juan de Panonia, teólogos que debieron enfrentar a lo largo de sus vidas a varias herejías, descubriéndolas entre argumentos falaces de hombres aparentemente sabios y buenos. A sus ojos y oídos escrutadores no había formulación del Maligno que pudiera escaparse por más sutil que fuera. Eran los guardianes de la Ortodoxia. Monótonos, anulares, arrianos, fueron derribados por sus argumentos. “Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón, guerreaban con el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue invisible…” La oportunidad para superarlo vino cuando tuvo que refutar las tesis de los histriones, en un texto que leería, nada menos que el confesor de la esposa del emperador. No sin noches de tormento e indecisión, termina insinuando que Juan de Panonia había tenido una opinión herética años atrás, quien acusado y juzgado, finalmente muere en la hoguera, en presencia de su adversario.

Una vez, repito, dicen que Silva se refirió al final del cuento escrito por Borges, que dice así: 

“El final de la historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que, para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.”

La versión Silva Santisteban, que no se sabe si fue construida adrede, o fue más bien fruto azaroso de una memoria desgastada, decía más o menos así:

El final de la historia se sitúa en el Paraíso, porque Dios, en su infinita misericordia, perdona la soberbia de éstos que se atrevieron a dibujar para los simples una versión del Todopoderoso. Una mañana soleada los sorprende, en un jardín celestial, como siempre, discutiendo. Al advertir su presencia, ambos piden disculpas. “No te preocupes, Juan, le dice a Aureliano, continúen”; quien de inmediato reacciona: “Señor, yo soy Aureliano”, a lo que Dios responde: “¿De veras? Lo que pasa es que a ustedes siempre los he confundido, ¿quién es quién?”

No se sabe si el descansado lector, es de la misma opinión que el amigo de Silva, quien lo catalogó como un final brillante, directo, sorpresivo, verosímil y a la vez ambiguo y enigmático, digno de un discípulo que llegó a superar a su maestro. Mas, ahora, el asombro pregunta, ¿existió Silva en verdad? ¿No sería otro personaje borgiano?[4]

—————

[1] https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/15/borges-y-sabato-conversan-de-dios

[2] Jorge Luis Borges. “Arte poética”. Editorial Crítica. Barcelona, 2001, págs. 82-83

[3] Ignacio Navarro comentando la ponencia “Las posiciones religiosas del Borges” de Mons. Héctor Aguer. Ver en https://www.revistacriterio.com.ar/bloginst_new/2016/01/06/las-posiciones-religiosas-del-borges/

[4] El escritor Carlos Meneses, peruano en La Palma, islas Baleares, da testimonio de haber conocido a Silva: “De vez en cuando me preguntaba: dónde estará Pepe Adolph. No faltó quién me lo dijo pero no me dio la dirección.  Sólo a partir de l960, cuando los dos estábamos en Europa, Guido Silva Santisteban, que vivía en Berlín, me guió hasta él, que estaba en un simpático pueblo de Stuttgart.” (http://www.ciberayllu.org/Cronicas/CM_Adolph.html

Síguenos en nuestras redes sociales: 

Búscanos en FacebookTwitterInstagram y YouTube

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE