El cántaro y la fuente, crónica de lo inevitable

La columna Mabel Cáceres Calderón

En promedio, el 90% de los peruanos aprobó el cierre del Congreso. La popularidad del presidente Martín Vizcarra casi se duplicó y los intentos de resistencia de la mayoría fujimorista y aliados que conformaron el fenecido Congreso, acabaron con un certero golpe de cono de la ciudadanía indignada. Tanto fue el cántaro por agua, que acabó por romperse.

en el Congreso

La mañana del 30 de setiembre, a partir de entonces una fecha histórica, un conspicuo representante del repudiado Congreso, Héctor Becerril, desafiaba por enésima vez al presidente. “Ya hemos elegido a un miembro del TC, ahora que cierre el Congreso, que lo cierre, él dijo que si lo hacíamos cerraría el Congreso, por qué no lo cierra, ¿le tiemblan las piernas?”, espetaba a Vizcarra a través de una prensa siempre atenta a ese tipo de expresiones.

Previamente, un espectáculo sin precedentes había tenido lugar en el hemiciclo. Sumergidos en su propia ruindad, los congresistas de mayoría se dirigían a grito pelado al presidente del Consejo de Ministros, Salvador Del Solar, pidiéndole que desalojará el lugar. Una especie de jauría de mujeres incontrolables señalaba con el dedo al representante del Ejecutivo que había entrado sin invitación y luego de esforzados empujones de algunos congresistas que tuvieron que usar la fuerza para abrir las puertas cerradas por orden expresa.

Empeñados en llevar a cabo la elección de magistrados del Tribunal Constitucional, para tomar control de esta entidad, el comportamiento de los congresistas llegó a extremos impensados. Probablemente a Del Solar le cruzó por la cabeza la idea de abandonar la sede del Congreso ante semejante humillación, pero quizás sin medirlo, su determinación consiguió prestarle al país un servicio invalorable que podría capitalizar en el futuro.

Desbaratadas todas las triquiñuelas que pretendieron impedirlo, Salvador Del Solar planteó de manera formal la cuestión de confianza, cuyo estricto apego a la legalidad se sigue discutiendo, sin considerar que ésta u otra razón llevaban inevitablemente al mismo desenlace. La actuación congresal rebasó todo límite y era imperativo detenerlo. De no hacerlo, según los analistas, hoy tendríamos un Tribunal Constitucional elegido en función de los intereses ilegítimos de ese grupo, tanto en materia penal, como de grandes negocios que favorecen a unos pocos. Adicionalmente, Vizcarra hubiera sido vacado de la presidencia y las reformas canceladas.

Los actos posteriores del Congreso terminaron de justificar la medida, no solo desde el punto de vista legal, sino político y ético. Tras el retiro del vapuleado gabinete, el Parlamento decidió expresamente no tratar la cuestión de confianza y, por el contrario, continuar la elección de nuevos magistrados del TC, en un procedimiento sobre el que se pidió expresamente la confianza. Hubo una votación que el antiguo TC deberá evaluar a la hora de dirimir la constitucionalidad de lo hecho después por Martín Vizcarra. Y tras esa votación, y el retiro de los congresistas no aliados con el fujimorismo, eligieron a Ortiz De Zevallos, casualmente primo hermano del presidente del Congreso Pedro Olaechea.

Luego, a las 4 de la tarde, procedieron a debatir con desgano la cuestión de confianza con la clara intención de “sacarle la vuelta”, pero la votaron a trompicones cuando apareció Martín Vizcarra en las pantallas de la televisión nacional. Fieles a su proceder, le “ganaron por puesta de mano” al presidente, mientras daba sus explicaciones, aprobando de improviso la confianza, antes que él pronunciara la palabra DISOLVER el Congreso.

Afortunadamente para el país, en su carrera para aferrarse a la curul, los congresistas no aprobaron nada en específico, solo una frase hueca, mas no el proyecto de ley que presentó Del Solar formalmente, el que establecía un procedimiento transparente para la elección de magistrados al TC. Ese proyecto sobre el que se planteó la cuestión de confianza no se aprobó. Así pues, pese a lo que pregonan los parlamentarios disueltos, la confianza fue denegada. Los tardíos pedidos para “que se vayan todos” y renuncie también el presidente Vizcarra, no tienen otro objetivo que crear inestabilidad y asumir el poder a través del despintado expresidente del Congreso, Pedro Olaechea.

Pasada la sorpresa y el fiasco de “suspender” al presidente para hacer jurar a Mercedes Araoz, la reacción ciudadana expresada en encuestas y marchas hace irrevocable el reclamado cierre del Congreso, sustancialmente diferente a lo ocurrido en el año 92, por las razones reiteradamente expuestas por analistas diversos. Entonces se abre una nueva etapa para el país, con elecciones en 4 meses y un Tribunal Constitucional que deberá permanecer hasta que ese Congreso se instale.

Toca a los ciudadanos escribir, con sus votos y su participación en el debate público, el final de esta crónica.

NOTA: Una versión impresa de esta nota fue publicada en la edición N° 70 de El Búho, la Revista.

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