Bravo la primavera

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

Ciertamente, setiembre trae hechos fatídicos, como ese 11 de setiembre de 1973, cuando fue bombardeado el Palacio de la Moneda en Santiago y asesinado Salvador Allende, primer presidente socialista de América, iniciando la larga y nefasta noche de la dictadura de Augusto Pinochet; o aquel luctuoso 11 de setiembre de 2001 con el derribamiento de las torres del World Trade Center de Nueva York por la horda terrorista de Al Qaeda, y cuya secuela continúa hasta el presente con la indiscriminada y feroz represalia de Washington en el Medio Oriente.

Pero en setiembre también se dieron hechos festivos y memorables, como el Grito de Ipiranga proclamado por Don Pedro I, el 7 de setiembre de 1822, que selló la independencia de Brasil de la corona portuguesa; también un 16 de septiembre de 1810 el Cura Miguel Hidalgo convoca a la población de Dolores y los arenga para levantarse en armas contra el colonialismo español, acto que se conoce como el Grito de Dolores, y que da inicio a la guerra de  independencia de México, que culmina un 27 de setiembre de 1821 con la toma de Ciudad México; igualmente, el 18 de setiembre se conmemora la emancipación de Chile del dominio español, por la formación en 1810 de la Primera Junta Nacional de Gobierno; y como fecha memorable las Naciones Unidas establecieron el 21 de setiembre como Día Internacional de la Paz.

primavera

Pero estos son hechos y sucesos históricos, nacionales e internacionales; para los que vivimos en el Sur, setiembre es el mes de la primavera, precisamente se inicia el 23, víspera del día de la Virgen de las Mercedes, patrona de nuestras fuerzas armadas, y por añadidura, de los reclusos, como dice el son caribeño. En lo personal, el 23 de setiembre nació Mechita, mi recordado amor, y en esa fecha, hace un año, se depositaron sus cenizas en el mar como ella lo quería, tal vez después de haber escuchado esa canción del bahiano Dorival Caymi: “É doce morrer no mar”; todavía en vida escribí para ella una crónica titulada: “Los Chachapilcos y la edad de la inocencia”, recordando nuestros primeros encuentros juveniles; reproduzco aquí el final de ese escrito: “Setiembre es el mes de la primavera, es la estación de las flores, las aves y las mariposas. La primavera es también una estación en la vida, presente o pasada, a veces pasada y presente, con sueños e ilusiones iluminados con la intensidad de los colores de bellas alevillas, como las describe en un poema Antonio Cisneros: ‘Es el incendio efímero y eterno en ese ojo intenso del ala de papel de una mariposa eterna y agitada’…”

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Por añadidura, el 21 de setiembre se conmemora en Perú, el Día de la Juventud, qué bien; y es bueno recordar que ya no somos jóvenes, ya somos viejos frente a esta primavera y las que vendrán. La vejez también es una estación de la vida, es la edad de la nostalgia a sorbos, es la resaca de todo lo vivido, como diría Vallejo, o de todo lo bebido pensarían Bryce Echenique o Martín Adán. Con la vejez viene la meditación, la suma de los años trae felizmente una buena carga de sabiduría; muchas sociedades que viven en paz con la naturaleza, tienen como una instancia mayor que decide, sentencia o dirime los asuntos colectivos, un consejo de ancianos. No tengo duda que esa frase infeliz de González Prada: “Los jóvenes a la obra, los viejos a la tumba”, es una expresión cruel.

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Lamentablemente, en Arequipa y en muchas ciudades provincianas las personas de la tercera edad están relegadas y desaprovechadas, en Lima tienen más aceptación en diferentes roles; y en países y sociedades más avanzadas, los ancianos tienen una presencia más activa. Claro que también depende de la actitud personal, para ubicarse en esta estación de la vida; existe el Arte de Envejecer, lo demuestran innumerables ejemplos y en todo momento, como el conjunto Buena Vista Social Club en La Habana, y el arquitecto Oscar Niemeyer que proyectó hasta los 104 años, o nuestro colega y paisano Adolfo Córdova que con 95 años sigue diseñando y escribiendo; no olvido, por cierto aquel barcito en la plaza de Barranco, que se llamaba La Vieja Trova, ni aquel otro en la Plaza de los Coches de Cartagena de Indias, donde los mejores bailarines de salsa, eran unos añejos compadritos de pintura.

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Los viejos festejamos también la primavera, ¡bravo por ella!

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