El ceramista renacido

Crónica de un encuentro con toros

Crónica J. Segura

Gonzalo y yo acabamos de entrar a un conocido local del centro donde la carta es bilingüe. El artista deja su gran caja de manzanas bajo una mesa y uno a uno coloca sus “grandes y ceremoniales toros Pukara” en la brillante tabla. 

Los comensales no pueden evitar quedar sorprendidos con las piezas esmaltadas, coloridas y rutilantes. Pido a una mujer que está cerca de la barra que se acerque para empezar con mi caprichoso test: “buenos días, ¿cuánto cree que cuesta este toro?” le pregunto y la mujer casi mordiéndose la lengua dice: -no podría responder-

ceramista
Foto: J. Segura

Gonzalo Lope mira el toro que parece estar inquieto por escuchar el precio que le calculan. Luego de un teatral intervalo de silencio la mujer dice: -Ay, cuatrocientos, quinientos no sé-, Gonzalo y yo nos miramos sin evitar regodearnos en nuestra complicidad. –Ochenta soles-, digo, y el espasmo de la mujer la lleva unos pasos atrás para mirarnos mejor y en seguida el ambiente, para así cerciorarse de que no se trata de una broma para redes sociales.

Un artista modesto

Gonzalo llegó a Arequipa después de veinte años como expositor en una feria por el aniversario de la ciudad. Así vendió casi todo lo que tenía. Este hombre de cincuenta y dos años, de baja estatura y largos silencios, hizo que la gente comprara sin pedir una rebaja, pero sí una explicación por el precio. Sin caer en cáusticos o somníferos análisis críticos sobre cerámica, se podría decir que el trabajo de Lope es de un carácter romántico, exquisito en tanto que rústico, festivo y pastoril que representa la fuerza y la historia, entre otras cosas. Por otro lado, podríamos aventurarnos a decir que el precio es un exceso de cortesía, comedimiento o urbanidad, no se sabe.

Sus toros, caballos alados, candelabros y vajillas son de una factura indiscutible. Es un artista y la cerámica es transformar un material simple, sencillo, en algo imperecedero (Mestre, dixit). No estoy seguro que Gonzalo Lope se sienta un artista, aunque lo sea. Su condición de hombre modesto y silencioso que nunca se permitió la autocelebración le puso firmemente los pies sobre el barro, aunque su camino lo alejó de la cerámica y hoy lucha por renacer de la arcilla.

El patriarca

Gonzalo creció en el taller junto a sus hermanos “entre platos, moldes y arcillas”. Asegura que sabe hacer toros desde que tiene uso de razón, aunque su primera escultura fuera un crucifijo y una “chuwa” (un plato). “Para mí el trabajo de mi padre era espectacular, luego de sacarlo del horno, lo describía”, como si se tratara de una fábula a que todos prestaban atención y ambicionaban replicar algún día con la misma experticia. De todos, solo Gonzalo heredó su talento. Sin embargo, el patriarca Lope siempre le pidió que lo mejor sería estudiar una carrera profesional, y así fue.

Foto: J. Segura

Cambiando la arcilla por fango

En su juventud terminó la carrera de topografía, pero antes que estudiar los relieves de las superficies, profundizó en la aventura. Ya desde niño se embarcaba, a veces escondido, a todas las ferias a las que había sido invitado su padre, dentro y fuera del país, compartiendo con otros artistas de su admiración, entre ellos: Carlos Runcie, Rosamar Corcuera y Conversión Choque. A causa de aquellos viajes un día decidió establecerse en Sucre, Bolivia, donde dio innumerables talleres de cerámica. Años después aún sin rumbo establecido, pero ya con hijos, se dio cuenta que la necesidad y su sed de polizón no tendrían fin. Así se fue a Tacna con uno de sus pequeños, cambiando la arcilla por el fango de una plantación.

Luego le asignaron la guardianía y los incansables trabajos en un campo de dos hectáreas: “teníamos que abrir dos hectáreas de surcos para sembrar maíz forrajero… mi hijo y yo”. Debían regar constantemente. No tenían una casa, solo quedaba apañárselas en un rincón del campo. El trabajo era arduo, pero lo que más extrañaba era la arcilla y el fino movimiento del modelado, imposible de comparar con llevar a pastar siete corderos. Lejos habrían quedado los viajes con su padre a ferias de cerámica. “Ganaba el jornal para mis hijos”, dice satisfecho, sin embargo, las personas como Gonzalo, humildes, silenciosas y serenas, también tienen un límite. Cansado de la vida en el campo, tomó sus aparejos y salió rumbo a la municipalidad del distrito donde solicitó una audiencia con el alcalde de aquel entonces para pedir trabajo.

Así tuvo la fortuna de alcanzar un sueldo mejor, aunque fuera de lo que sea. Cada vez más lejos de la arcilla, integró por mucho tiempo juntas vecinales, equipos de rescate de iconografía, hasta acercarse nuevamente al arte de la cerámica a través de un taller que él mismo dictó. Luego, Gonzalo Lope tuvo una vida laboral errante. Quizá por eso no pudo escribir su profecía en su propia tierra. Quizá por eso el precio de sus obras no es “inmoderado”, porque un renacimiento artístico no tiene un valor calculable en monedas.

Durante su trabajo pensaba en su potencial de ceramista, sin embargo, debía entregar todo su tiempo a sus diferentes cargos. Y en una de tantas oportunidades le tocó ser asistente en un campeonato de juntas vecinales del distrito. Nunca había elaborado un fixture, las combinaciones gráficas no eran lo suyo, así que resolvió audazmente hacer un “todos contra todos” que le salió perfecto, dice, pues las masacres nunca tienen pierde. 

El renacimiento

Un día se acabó todo en Tacna y decidió volver a Pucará, lo que marcó su renacimiento como ceramista de peso. “Estoy en una reconstrucción artística”, cuenta Gonzalo. Actualmente está en proceso de armar pieza por pieza su taller, por lo que comparte un espacio junto a su esposa, también artista, con quien además tiene una pequeña tienda: “Maqui Pucara”, asentada en la carretera Panamericana.

Hasta el momento han participado en ferias como “Nuestras Manos” y el “Peruvian Giftshow” en Lima. La reconstrucción artística de la que habla Gonzalo va a buen talante pues ya tuvo pedidos para empresas como “Sonesta, Posada del Inca” en Puno y no ha dejado de lado como su padre, los viajes a diferentes ferias. Con la modestia que lo caracteriza, Gonzalo aspira a tener una “tiendita” en Puno y llevar con más frecuencia sus trabajos cerámicos a la capital, conseguir contratos a través de empresas y con el tiempo hacerse de un buen número de clientes fijos, pues su arte a pesar de su calidad aún está en los primeros peldaños comerciales. Lo que viene para él es moldear una serie de nacimientos para venderlos en las fiestas de Navidad. Aún no tiene idea de dónde y cómo podría hacerlo, pero ya está empezando a cocinar formas y colores en la cabeza.

Finalmente, esta crónica no es para poner el nombre de Gonzalo Lope Choque en una peana, sino para quitarle esa inmerecida invisibilidad.

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