El inusitado éxito de “La revolución y la tierra”

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

Uno se pregunta dónde están los ciudadanos decentes que no se manifiestan en la calle contra los fiscales supremos corruptos. A lo mejor se fueron a ver el documental “La revolución y la tierra” de Gonzalo Benavente. Cuando fuimos a verlo, en día de semana, nos encontramos con tres cuartas partes de la sala ocupada. Para no creerlo. Vamos, un tema para historiadores y políticos despierta el interés de gente común y corriente. La explicación puede estar en que nos habla de una reforma que tocó a la mayoría de las familias peruanas y no sólo a los oligarcas cuyos descendientes, gracias a los grandes medios que poseen, se han encargado de victimizarse y acusarla del retroceso en la productividad agraria y todas las desgracias del Perú. O, ya sea porque el primísimo de tres apellidos quiera votar en el Tribunal Constitucional para que el Estado pague una supuesta deuda de 14,000 millones de dólares a una empresa gringa tenedora de los bonos de la Reforma Agraria.

La revolución y la tierra

Hay méritos indiscutibles en el documental que lo hacen atractivo por su contenido, más que por su técnica. Primero, porque presenta una visión panorámica de lo que Haya de la Torre y Mariátegui llamaron la dominación oligárquica, con el atroz componente del gamonalismo serrano que redujo a los indios al status de siervos. Segundo, señala a las tomas de tierras de Pasco, Junín y La Convención como antecedentes que llevaron a la muy tibia y parcial reforma agraria que emprendió el primer gobierno de Belaúnde, antídoto recomendado por el gobierno de Kennedy para frenar el avance del comunismo. Tercero, aprovecha de la visión del crítico Ricardo Bedoya que exhibe muestras de películas peruanas y su relación con los hechos sociales del siglo, que debiera constituir un documental en sí mismo, si no fuera por su veloz tratamiento. Cuarto, deja oír distintas voces y perspectivas a favor y en contra, incluyendo las de varios protagonistas, que deben haber alimentado posteriores debates en los hogares de los espectadores.

Sin embargo, el contenido adolece de vacíos históricos importantes. Uno primero, es que soslaya que la Reforma velasquista no entregó la tierra de las haciendas a los campesinos sino que organizó cooperativas y SAIS manejadas por burócratas militares y civiles que empezaron a ser demolidas poco a poco por las tomas de tierras impulsadas por las comunidades campesinas. Segundo, no hay referencias a la acción autónoma de los campesinos para hacer cumplir la reforma. Desde las muy importantes tomas de Andahuaylas del año 74 y durante los gobiernos de Belaúnde y de García en los años 80, desde Piura hasta Puno, los campesinos emancipados culturalmente, recuperaron las tierras que las haciendas habían arrebatado a las comunidades entre 1885 y 1920 y procedieron a parcelarlas.[1] Contrasta con las tomas de Andahuaylas, la inacción de Sendero en el valle del río Pampas, donde no impulsó la reforma campesina, sino la preparación de su guerra.

Y aunque varios de los entrevistados mencionan a la Reforma Agraria como el freno a la acción de Sendero, no se profundiza en el asunto, como si los campesinos no hubieran tenido agencia, es decir, capacidad de generar movimientos sociales y sólo fueran objeto de  decisiones de minorías audaces y autoritarias. No se menciona tampoco lo que pasó con las haciendas azucareras (y las mafias que disputan su control) y lo que significó la política agraria del primer gobierno de García y su continuador Fujimori, para fomentar el retorno de latifundios agroexportadores en los valles de la costa, la selva y las nuevas irrigaciones en manos de las empresas de los Romero (36,000 has.) y los Rodríguez Banda (86,000 has.), entre otros.

Por cierto, el documental de Benavente es un aporte a la memoria colectiva y al debate sobre nuestra historia y permite recordar cómo algunos de nuestros políticos de hoy declararon su identidad española (y casi su vasallaje) delante de Felipe VI y, a la vez, entender cómo un empresario vitivinícola que no fue afectado por la Reforma Agraria se ha convertido en el portaestandarte de quienes quisieran volver al Perú de 1968. Pretensión –que en otras latitudes sería ridícula- que sólo es posible porque el senderismo ha vacunado a dos generaciones de peruanos con la idea de que reformar el sacrosanto modelo económico es venenoso. Veremos si el adagio de “nadie sabe para quién trabaja”, por ignorancia histórica, se comprueba en la elección de los nuevos parlamentarios.

[1] Hay que recordar el importante libro de Diego García Sayán “Tomas de tierras en el Perú” publicado por DESCO en 1982 que da cuenta del movimiento liderado por la Confederación Campesina del Perú, que los jóvenes izquierdistas debieran consultar. Puede verse también la entrevista de Javier Torres a Enrique Mayer al respecto en https://www.youtube.com/watch?v=kzq1wHiiUqY

(El inusitado éxito de “La revolución y la tierra”. Publicado en Noticias Ser)

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