Joker

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

¿Las escenas de las protestas populares en Ecuador pueden generar su emulación en el Perú y por eso nuestra televisión “abierta” no pasa esas noticias? Y, al revés, ¿el cono de tránsito arrojado contra un excongresista, escena muy repetida por esa misma televisión, puede desatar una lluvia de conos justicieros en todo el país? Responder a esas preguntas debe ser un trabajo interesante para nuestros psicólogos sociales, quienes, a mi modesto entender, pueden ayudarnos a desenredar la coyuntura política mejor que constitucionalistas y politólogos.

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Las advertencias contra los que acudan a ver la película Joker, o contra las sangrientas películas de Quentin Tarantino, como hipotéticos gatilladores de más violencia en la sociedad norteamericana, se basa en una hipótesis muy estudiada, pero sin tesis que haya llegado a descubrimientos concluyentes. En verdad, en Estados Unidos y sus más de 200 tiroteos en lugares públicos en lo que va del año, la ficción cinematográfica siempre va por detrás de la realidad.[1]

Pero, tanto en Estados Unidos como en el Perú no hay que hacer una tormenta en un vaso de agua, pues todas las personas normales, incluyendo a los niños, sabemos distinguir la ficción de la realidad, distinción vedada a los esquizofrénicos. No hay por qué prohibir que los niños usen moderadamente de videojuegos de guerra. Los ciudadanos americanos debieran preocuparse más por la violencia organizada a gran escala por sus autoridades políticas y militares que llevan la muerte y la destrucción a escala global.

El payaso, o clown, ha sido un personaje atractivo para el arte culto y el popular desde hace siglos. Su ambivalencia alimentó el universo DC Comics desde 1940 como Joker, el enemigo de Batman, el hombre murciélago. Un derivado de él es la caricatura de Krusty, el clown desarrollado por Matt Groening en Los Simpson, que es un borracho para los niños, pero al que los púberes desnudan en su hipocresía integral.

El personaje construido por Todd Phillips en su hundimiento en la esquizofrenia, detrás de su aparente crítica “al sistema”, no llega a las sutilezas y penetración de Groening o de Christopher Nolan, pues no se aparta nunca de un humor subversivo, el primero, o de la complejidad del segundo, que nos presenta a un Joker muy violento, pero no desquiciado, sino que tiene un propósito anarquista que como un virus inasible ataca y desprecia al corazón y nervio del “sistema”: el dinero. Sólo que el sistema capitalista real se fagocitó al personaje anarquista con la temprana muerte de quien lo encarnó, Heath Ledger, y los estudios Warner Bros. recaudaron seis meses después, más de mil millones de dólares de ganancias.

A las claras referencias al proceso de deterioro mental que sufre Travis Bickle, protagonizado por Robert De Niro en Taxi driver y a su relación con una campaña electoral, se añaden las de Vengador Anónimo, la saga de los años 70 encarnada en el ciudadano común Paul Kersey (Charles Bronson) quien decide matar a los delincuentes por su cuenta, sin recurrir al sistema policial-judicial. Los asesinatos en serie de los delincuentes, generan una ola de apoyo social que no será ignorada por fiscales y policías. (¿Eso no les recuerda que el coronel Elidio Espinoza fue elegido alcalde de Trujillo en el 2014, por haber implementado años antes un escuadrón de la muerte que ejecutó a decenas de sospechosos; crímenes por los que hoy está enjuiciado?)

En la relación entre la supuesta acción justiciera del Joker de Phillips en el tren y la reacción de la gente de ciudad Gótica es donde su historia se extravía, pues de buenas a primeras, de la noche a la mañana, masas de gentes descubren que los asesinados, por ser jóvenes empleados de Wall Street al servicio de los ricos, merecían la muerte y aplauden al payaso. Salto lógico tan simplón pretende descalificar subliminalmente a los críticos del sistema capitalista, vacunando a los espectadores contra quienes prediquen la justicia social.

El afán justiciero ha sido confundido desde siglos por la precristiana Ley del Talión, ley que estaría explicada por la pulsión de muerte que nace con el homo sapiens, a decir de Freud, y que sólo la cultura, es decir, el refrenamiento, la contención, las palabras y la pulsión vital erótica, a duras penas han hecho retroceder. Otros afanosos con la justicia social y la lucha callejera se quedan en propiciar el lanzamiento de conos naranjas o confunden revolución con fornicación como predicaba el Marques de Sade o con la anomia y la anarquía, cuando el olvidado Antonio Gramsci, – que leyó bien el Amauta Mariátegui- dirigente de los comunistas italianos derrotado por el fascismo, siempre advirtió que la revolución implicaba acción política persistente y la construcción de un orden nuevo.

Y si de payasos se trata, recomiendo volver la vista sobre Hans Schnier, el payaso apolítico construido por el Nóbel alemán Heinrich Böll en 1963, quien lamenta que su mujer lo haya dejado por insistencia de su comunidad católica que más se fija en las reglas de la moral sexual cristiana que en la discreta alianza que los demócratas cristianos arman con los ex nazis de la posguerra, para guardar su impunidad. Una relectura de Opiniones de un Payaso nos puede ayudar en estos tiempos de oscuridad e incertidumbre a distinguir quiénes son los fariseos religiosos y políticos que nos quieren indicar el camino correcto a seguir.

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[1]                    En cambio, según afirma el académico alemán de extrema derecha Klaus Miehling en su reciente libro Gewaltmusik Musikgewalt, la música agresiva provocaría conductas disruptivas y hasta criminales. “Un disparate completo”, en opinión del etnomusicólogo peruano Julio Mendívil, profesor de la Universidad de Viena.

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