Diálogo imposible

Trocha urbana Paola Donaire Cisneros

El diálogo es un proceso pacífico para la solución de conflictos, es una alternativa deseable en democracia. Lamentablemente, en el valle de Tambo, en torno a la crisis por el proyecto minero Tía María, se ha descartado esta alternativa por completo.

Hay que tener en cuenta que, así como es un camino necesario, el diálogo es un proceso complejo. En primer lugar, por definición, en un diálogo, todas las partes deben tener representatividad y estar dispuestas a llegar a un consenso. En el valle de Tambo, para comenzar, no existen voces representativas visibles; es decir, el gobierno, por mucha voluntad que tenga, no tiene con quién entablar conversaciones sin correr el riesgo de que estas luego no sean reconocidas como válidas por la población. Además, también se arriesga a una jugada sucia, como sucedió cuando una reunión con autoridades locales fue grabada por debajo de la mesa. 

De otro lado, en un diálogo constructivo no hay espacio para las intransigencias; y eso es lo que, hasta ahora, ha predominado en el tenor de las protestas: una rotunda negativa a escuchar otra alternativa que no sea la cancelación definitiva del proyecto minero. La desconfianza sembrada, tanto por la empresa como por el Estado, ha cerrado finalmente todos los canales de entendimiento.

Desafortunadamente, ante un escenario sin diálogo, la violencia se convierte en la principal amenaza; pues, además de sus altos costos humanos, materiales y sociales, no asegura una verdadera solución a las necesidades de la población. Las crisis, dicen, pueden convertirse en oportunidad de desarrollo. Sin embargo, éste no parece ser el caso.

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