Entre el paro y la pared

Trocha urbana Paola Donaire Cisneros

A quienes rechazan la convocatoria a un paro se les acusa de opinar “desde el privilegio”. Se asume que se oponen porque no tienen necesidades apremiantes y gozan de solvencia económica. Pero, aunque sea cierto en muchos casos, generalizar significa ignorar a un sector muy importante de la sociedad: los que viven del día a día.

paro

El que se tenga que obligar a la población a parar, bajo amenaza de ataques violentos, ya dice mucho del poco apoyo que tienen, actualmente, esas medidas. Y no, no se trata de indiferencia, indolencia o egoísmo, se trata de necesidad. La vendedora de fruta pierde su mercadería, el repartidor de moto hace menos entregas, los escolares dejan de ir al colegio; mientras que el combustible y la comida se encarece, perjudicando a los que menos tienen. Todos ellos son pueblo y no están en la capacidad de sacrificar el sustento del día, peor aun cuando es muy probable que ese sacrificio no conduzca a la solución de lo que se demanda en el paro. La huelga indefinida convocada por Construcción Civil, por ejemplo, va a afectar a los comerciantes de San Juan de Dios, pues la culminación de la obra que se realiza en esa calle sufrirá un nuevo retraso y las fiestas de fin de año se aproximan, con lo que se ve amenazada su mejor temporada de ventas. 

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Los paros son mecanismos democráticos de protesta. No deben convertirse en un instrumento de chantaje que ponga contra la pared al pueblo, y no a los grandes poderes contra los cuales, se supone, están dirigidos.

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