Esopo, la llamada izquierda y el mal menor

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

Esopo fue un gran moralista que quiso corregir a los pueblos por donde pasaba, unos 600 años antes de C.

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Esopo sabía que si recriminaba a los corruptos, hombres muy ricos y de mucho poder, con un discurso indignado, lo habrían lapidado en el acto y sin proceso judicial, como el que incoaran más tarde contra Sócrates a quien condenaron a muerte por haber hecho algo similar, ordenándole beber un vaso de infusión de cicuta, con el cual, sin embargo, él brindó, mirando optimista a la posteridad.

izquierda

Esopo inventó un procedimiento de crítica disimulado y que podía hacer reír a sus oyentes. Hizo hablar a los animales. Luego otros compilaron sus fábulas y las difundieron. Esopo no se salvó, sin embargo, de su osadía. Las autoridades y la poblada de Delfos lo mataron, desbarrancándolo, cuando decidió devolverle al rey Creso una parte de las ofrendas que le había encargado repartiera entre los habitantes de ese santuario, porque quizás pensó que no las merecían.

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Una de las fábulas más comentadas de Esopo es la de la cigarra y la hormiga. Es el relato de una cigarra que pasó el verano cantando, mientras la hormiga se mataba acopiando alimento para el invierno, que en Europa es muy duro, porque la nieve lo cubre todo. Cuando llegó el invierno, y la cigarra le pidió a la hormiga que la ayudara, esta le respondió que si en lugar de cantar hubiese trabajado como ella no hubiera tenido ese problema. Esa cigarra murió, pero no sus larvas que en el próximo verano se metamorfosearon en cigarras y, por supuesto, se dedicaron también al canto.

La llamada izquierda de nuestro país parece ajustarse a ese patrón de comportamiento.

El congreso de la República podría ser el teatro donde cantan las cigarras, distribuidas en varios coros. Durante el verano legislativo lo pasaron muy bien, divirtiéndose. Afuera sus conmilitantes y émulos se entregaron también al canto y la bohemia. Cuando llegó el momento de las inscripciones de las candidaturas para el próximo período legislativo, el corto que viene, se encontraron con que no tenían partidos inscritos para competir de nuevo.

Otros laboriosos conjuntos de hormigas aventureras habían trabajado juntando firmas para inscribirse.

Y, ya que tratamos de los parlamentarios de la llamada izquierda, se podría preguntarles si hicieron algo por sus comitentes, quienes los eligieron, y en qué se diferenciaron objetivamente de sus colegas fujiapristas y otros similares. Nunca rindieron cuentas de su gestión.

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¿Hubo alguna diferencia de importancia entre los veinte parlamentarios elegidos en 2016 en la lista del Frente Amplio formado por el exsacerdote Marcos Arana que hubiera justificado la división por mitades? Lo que se supo es que los diez disidentes querían quitarle deslealmente el partido a aquel. Unos y otros han dejado la impresión, no de que el cargo les quedara grande, porque lo mismo sucedió con los demás parlamentarios, representantes subdesarrollados de un país subdesarrollado, sino que desconocían las necesidades de la población, los graves problemas de los servicios públicos y de la organización del Estado, y ni qué hablar de la economía; y no sólo eso, les fue indiferente la suerte de la población, de los electores que habían votado por ellos.

Recuerdo dos experiencias:

Unos meses después de haber sido electo, el representante Justiniano Apaza convocó a una reunión de dirigentes sindicales en uno de los locales del congreso, aconsejado por alguno de sus asesores. Asistieron unos trescientos dirigentes. Quienes tomaron la palabra se quejaron de toda clase de abusos en los centros de trabajo ante ese representante en quien vieron en ese momento una suerte de mesías milagroso que los escuchaba. Tres horas después se acabó la reunión y nunca sucedió nada más. La reunión sólo había tenido como fin darle un baño de popularidad a ese congresista.

En octubre de 2016, tuve que hacerme operar en un hospital público, en vista de que ESSALUD no me atendía con la prontitud que mi caso requería. Como no era del Sistema Integral de Salud corrieron a mi cargo los gastos en material quirúrgico y medicinas. Esta experiencia me hizo pensar. No era justo. ESSALUD, que me hacía descontar todos los meses la cotización del seguro de salud, no pagaba ni un centavo por estos servicios que le costaron al Ministerio de Salud y a mí. Revisé la Constitución y me fijé en el artículo 11º: “El Estado garantiza el libre acceso a prestaciones de salud”. Estaba claro: los asegurados tenemos derecho a ser atendidos por los servicios de nuestra elección y, por lo tanto, ESSALUD, que nos asegura y descuenta la cotización, está obligado a pagar el costo de la atención. Entonces, redacté un proyecto de ley en el cual se establecía que el asegurado de ESSALUD tiene derecho de hacerse atender por los centros del Ministerio de Salud y otros, y que ESSALUD se halla obligado a pagar directamente a estos los servicios prestados al costo de los mismos en sus centros asistenciales. Un amigo sindicalista me indicó que el congresista aparente para presentar este proyecto era uno de izquierda cuyos datos me dio. El congresista, de apellido Zevallos, resultó pertenecer al Frente Amplio. Me recibió con cierta curiosidad y me escuchó desganado. Finalmente me dijo que presentaría el proyecto, pero que antes conversase con su asesor. Este me atendió unos días después. Era un médico aficionado a la política, transeúnte por varios grupos de izquierda. Me escuchó también y, cuando concluí, me derramó un discurso de lugares comunes sobre la salud que me hicieron colegir que mi proyecto se quedaría allí. Y así fue. El congresista nunca lo presentó. Después me informé que era un médico de ESSALUD de Piura que, como muchos de sus colegas, estiman que el dinero de este seguro debe aplicarse exclusivamente a remunerar al personal de esta entidad, sin que importe que cumpla o no el rol por el cual existe.

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Los ciudadanos tenemos el derecho de preguntarnos si esta clase de congresistas sirven para algo, y si se justifica que perciban más de 26,000 soles de sueldo mensual, aparte de otras sumas y ventajas.

Luego del desastroso período legislativo que el Presidente Vizcarra tuvo que clausurar, cerrando el Congreso de la República, el panorama de la política nacional aparece como una escenografía de muertos vivientes.

Según los opinólogos al servicio del poder empresarial, este panorama se divide en derecha, centro e izquierda.

A la derecha se arrastran los restos de los partidos políticos tradicionales y los conjuntos de aventureros, desprestigiados y sin programas, a la espera del financiamiento del poder empresarial. Este poder, el único realmente axial en la economía y la política, los observa desde sus reductos privados, calculando cuanto le costara cada uno de ellos para continuar en el control del gobierno. Si se examina la historia nacional se constata que el poder empresarial nunca tuvo contrariedades de importancia, salvo durante los siete años del gobierno de Velasco Alvarado, cuando, si bien este no lo atacó frontalmente, lo obligó a compartir una parte de la riqueza con los trabajadores y la población. Tampoco ahora, por lo tanto, se siente importunado. Seguirá con su técnica: del tráfago de la corrupción y la politiquería tradicional y aventurera tomará los personajes que le hagan falta. Lo vemos todos los días en las pantallas de televisión y en los periódicos donde fujimoristas, apristas, acciopopulistas, pepecistas, y aventureros, procesados o libres, reciben sitios sin límites de espacio y tiempo.

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En el centro han sido colocados ciertos personajes viejos y nuevos.

Y, a la izquierda, han ubicado a dos grupos: el que categorizan como izquierda presentable, varios con inscripción electoral y dos con sus líderes condenados a prisión, que son, en realidad, opciones de centro, con los que el poder empresarial cuenta para recoger los votos descontentos por la corrupción y la desigualdad cada vez más insoportable; y la izquierda de los réprobos, los que, para felicidad del poder empresarial, están dominados por los genes de la división y el caudillismo, son diminutos, no tienen partidos inscritos y, por lo tanto, no constituyen  una amenaza.

Es obvio de que nada va a cambiar en el Perú hasta las elecciones de enero. Tampoco habrá algún cambio de importancia hasta las elecciones del año 2020. El congreso de la República se llenará otra vez de políticos inútiles, algunos nuevos, por el voto de una población electoral alienada por los medios de comunicación.

Ante esta perspectiva, votar por la llamada izquierda (¿cuál?) sería apoyar el mal menor, pero mal al fin de cuentas.

La conclusión que se abre paso es que toda la situación del Perú, su estructura y superestructuras, y sus necesidades requieren un análisis de fondo, ideológico, del que luego partan los proyectos de cambio por sectores e instituciones del Estado. Y eso puede llevar tiempo. Quienes así lo entiendan deberían aplicarse ya a esta tarea fundamental.

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