Chinchero girls

Crónica El Búho

Trabajo ganador de la categoría Crónica en la VI Edición del Concurso Literario «El Búho», 2015.Autor: Leandro Espinoza.

Leandro Espinoza

Magaly es dueña de una inquietante belleza andina. Sabe hilar, tejer y teñir con productos naturales, como todas las mujeres de su pueblo. Su padre, de nombre Ciriaco, es un humilde campesino que vive orgulloso de su hija, y cuando regresa del campo le suele traer retoños de eucalipto y hojas de chillka para que ella los convierta en el tinte verde de la esperanza

A principios del siglo XXI dos niñas ambulantes ofrecían souvenirs a los gringos por las callejuelas de Chinchero. Las respuestas que recibían en inglés eran como los quintis, veloces colibríes que no podían atrapar.  Se sentían frustradas porque necesitaban de aquel dinero que los turistas gastan con cautela; hasta que una amable abuelita extranjera, rubia y de piel blanca, señaló un bordado que llevaba una de las niñas y dijo: “Ohhh its a hummingbird”. Era la avecilla suspendida frente a una flor, era la primera palabra de un nuevo idioma que capturaron de inmediato.

Descubrieron un nuevo juego: perseguir, escuchar y aprender de los guías de turismo cusqueños para incrementar su vocabulario inglés. Sentadas en colegiales carpetas de madera habían dominado su segundo idioma, el español.  Y al calor del hogar sus primeras palabras fueron quechuas. Entraron a la adolescencia con una espectacular fluidez trilingüe que podrían usar en Cusco, Madrid y Nueva York sin despeinarse.

Una de esas niñas, Magaly Quispe Llihuac hoy tiene 18 años y vende diversas prendas de vestir y decorativas en una gran tienda-taller de su pueblo.  Recuerda con mucho cariño a su profesora de secundaria Lourdes Condori, del colegio alternativo Yachay de Chinchero.  Con ella perfeccionó su inglés básico.  Jamás utilizo el mendicante “one dollar” para dirigirse a un extranjero.  Cuando tiene a un gringo frente a un gran telar de pared le dispara un “two hundred dollars”, tras darle detalles sobre la mercancía que justifican su precio. Siempre en inglés le suelta la rebaja en “one hundred ninety for you only” entre sonrisas cómplices. Y cuando la venta está hecha lo despide con el amable “nice to meet you”.

Magaly es dueña de una inquietante belleza andina. Sabe hilar, tejer y teñir con productos naturales, como todas las mujeres de su pueblo. Su padre, de nombre Ciriaco, es un humilde campesino que vive orgulloso de su hija, y cuando regresa del campo le suele traer retoños de eucalipto y hojas de chillka para que ella los convierta en el tinte verde de la esperanza, también flores de ccolli para que elabore los amarillos de la alegría.

La segunda niña de nuestra historia es Sthefany Huanca Quispe y hoy es una espigada joven de 21 años.  Una de sus tías, fue de las primeras en vestirse con las ropas tradicionales de Chinchero para vender por las calles del Cusco, y fue quien la estimulo para que aprenda una tercera lengua.  No le bastaron sus clases de inglés en el colegio emblemático Clorinda Matto de Turner durante la secundaria.  Acudió a un instituto de idiomas cusqueño y lo pagó con su trabajo.

Su familia hace tiempo dejó la venta ambulatoria de souvenirs, ahora es propietaria de una de las veinte tiendas-talleres que existen en Chinchero, la “Cuidad del Arco Iris”, a 28 km del Cusco; la tierra de Mateo Pumacahua que promete crecer cuando aterricen grandes aviones llenos de turistas en su próximo aeropuerto internacional. Vendrán las oportunidades y las chicas del pueblo lo saben.  Sthefany mira al cielo profundo, como pintado con el tinte azul que extrae de las plantas de quintacucho y sonríe llena de confianza a la espera de las naves de acero, las que pronto pasarán sobre la centralista Lima sin detenerse, directamente hacia el ombligo, the button, el puputi del mundo.

Por ahora, a partir del mediodía y cuando el inti comienza su descenso hacia otro sunset anaranjado, como pintado con el musgo de roca llamado cacasunko, las tiendas-talleres se agitan, porque pronto llegarán los buses llenos de turistas a visitar el palacio de Túpac Inca Yupanqui, parcialmente oculto por un templo colonial.  Luego, apenas por quince minutos, los gringos empezarán a comprar y hay que atenderlos hasta que los cercanos apus Salcantay, Verónica y Sogay pinten sus laderas con el morado del aguaypille.

Las chicas se preparan para una interesante exhibición.  Van a presentar una síntesis de su arte textil. La lana cruda de carneros, llamas y alpacas está allí. Primero la van a lavar con la raíz molida del arbusto sajtana, un detergente natural que además les sirve como champú personal. Aseguran que además previene la caída del cabello, desaparece la caspa más tenaz y evita las canas.

Luego mostrarán todos los granos, musgos y hasta insectos; todas las hojas, flores, raíces y semillas de donde extraen sus tintes completamente naturales para el proceso de teñido.  La cochinilla, la ya conocida y valiosa plaga de los tunales es la estrella de los insumos con sus 24 tonalidades de rojo.

Tras pintar la lana, la fijarán con jugo de limón, tierra volcánica o qollpa.  Si quieren degradar alguna tonalidad echarán mano a la piedra lumbre.  Y cuando sea necesario darle brillo al color, siempre habrá un hermanito menor de diez años para proporcionar sus orines.

En las tiendas-talleres ya no se trata solamente de vender souvenirs o prendas andinas tradicionales.  El objetivo es exhibir una cultura textil, mostrarla al mundo.  Si en algún momento de la historia el rebelde Manco Inca incendió Chinchero para evitar que se abastezcan las tropas españolas, hoy se construye una imagen de laboriosidad andina, rica y renovada, para el asombro del visitante extranjero que no viene a saquear.

Y les pregunto si tienen tiempo para el amor. ¿Acaso ya empezaron a tejer y bordar algunos chalecos varoniles para regalarlos como dote a sus futuros esposos, como manda la tradición en las novias de Chinchero?

Un rubor natural colorea violentamente sus cachetes. Sus labios, apenas pintados con un toque de rosado cochinilla, reconocen que hay por ahí pretendientes.  Pero casarse no está en sus planes, menos quedar embarazadas.  No piensan aun usar la sal de Maras para variar la tonalidad de sus objetivos personales.  Prefieren pensar en el emprendedor ejemplo de Nilda Cañallaupa, una comerciante chincherana que hace veinte años instaló una de las primeras tiendas-taller, se llenó de éxito y ganó dinero. Hoy vive en Lima y viaja cuando quiere por el mundo. Personas como esa legendaria mujer son sus referentes.

Magaly y Sthefany llevan nombres extranjeros para evitar la discriminación en su propio país. Respetan la decisión de sus padres de no llamarlas como princesas incas y agradecen que el cura del pueblo no las bautizara con los retorcidos nombres del santoral.

Las dos Chinchero Girls no son una excepción, como ellas hay muchas más por su pueblo y por todo el Cusco. Son una nueva raza de chicas del Sur Peruano que visten polleras negras con orgullo y muestran su inteligencia superior sin vanidad.  Ya descubrieron que no existen los límites. Convertidas en internautas prosiguen el  juego de los idiomas, ahora en francés, alemán o mandarín.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE