El circo

Cuento El Búho
Marlene Portugal

Trabajo ganador de la VI Edición del Concurso Literario «El Búho» 2015, en la categoría Cuento. Autora: Marlene Portugal.

Pasaron dos meses y por fin llegó el día de la última función, en la ciudad había mucha expectativa por ver a los fenómenos en acción. Como siempre, Tafur y yo abriríamos el espectáculo. Después de escuchar los ¡ah!, los ¡uh! y los gestos de sorpresa por mi enorme cabeza y mi único ojo y el acto de adivinación de Tafur

El «hombre elefante», el «niño pez», la «mujer gallina», el «hombre árbol», el «hombre tenaza», el pequeño Chuck y yo… todos reunidos departiendo en la mesa, ellos son mi mundo y yo el de ellos.

Sólo a veces me pregunto dónde se cobija el ojo de lo real en este cuerpo deforme, si hay cabida  para pensamientos elevados en una cabeza tan enorme como la mía, si la realidad no es más que una cadena interminable de ficciones. Sin embargo, este túnel está lleno de espejos, espejos buenos y mentirosos, en cada uno de ellos me observo y sólo sé que soy uno más de los que están afuera, aunque ellos no lo admitan. Tan acostumbrada estoy a verme y a Ser, al igual que cualquier cíclope, me siento perfecta con mi único ojo y no se me ocurre siquiera pensar cómo vería el mundo si tuviese dos.

Pero en estos últimos años la monotonía se había transformado en enfermedad, todos mis días conspiraron para ser cajas idénticas del mismo tamaño y del mismo color.

Todo fluía, trashumábamos todas las estaciones en diferentes lugares, todos cual peces nos deslizábamos cada quien con su peso y responsabilidad. Sin embargo, cada paso dentro de esta gran jaula que es el circo se había repetido tanto que ya carecía de sentido, al igual que todas las palabras, hasta que un día en medio de esta casa de fenómenos apareció Tess, el hermafrodita.

Fuera de nuestras afecciones, aquí, todos somos normales. Crecer, vivir en esta casa nos hace tener sólo un defecto, no reconocer lo raro. Estoy acostumbrada a las buenas personas a pesar de que en el camino siempre han aparecido espíritus deformes, de esos que te ofenden o se burlan de ti por ser como eres, diferente, pero ya los he olvidado, a esos seres siempre se los olvida.

En fin, yo veía a Tess como a todos, nada extraordinario, uno o una más de nosotros y así con todas las consideraciones. Pero con el tiempo descubrí que no era ni como yo ni como nadie en este lugar.

Tess venía del «mundo exterior», nunca había vivido en un circo y toda su vida había transcurrido entre «los otros», en ese mundo donde los que lo creían mujer abusaban de ella y los que lo creían varón lo golpeaban.

A mí no me importaba lo que era, para mí simplemente era Tess, un ser humano, uno más de nosotros, pero yo estaba muy lejos de la verdad.

Desde su llegada, Tafur, el místico Hombre Elefante, había evitado por todos los medios su cercanía, nunca estuvo de acuerdo con que se recibiera al hermafrodita en el circo, ni siquiera sólo por las dos temporadas como aparecía en el contrato. Nada más al sentir sus pasos o escuchar su voz, él tomaba su bastón y se retiraba sin ninguna disculpa.

Su actitud desbordante de desprecio me llenaba de estupor, jamás el grandioso Hombre Elefante había mostrado un lado tan vil, siempre había sido un tipo amable y paternal.

Una madrugada me hallaba balanceándome en la vieja red, observando el cielo a través de un orificio en el techo, intentando desenterrar algún astro nuevo con mi único ojo y Tess se aproximó, sin pronunciar palabra, sólo se sentó a mi lado con placidez. Qué quieres, le pregunté, pero antes de que pudiera contestarme, la cavernosa voz de Tafur atravesó el aire, rengueando con su bastón apareció como una sombra inesperada y sin mediar pretexto alguno tomó mi brazo y me alejó bruscamente.

—No deberías despreciarlo así, no te ha hecho nada—le reproché.

—Sólo aléjate de él o ella o lo que sea.

Tafur se alejó sin decir más. No podía entenderlo, qué mal percibía en Tess, acaso no era como nosotros. A todos nos correspondía un espacio en la tierra, un lugar de pertenencia y si Tess no pertenecía al «mundo exterior» debía pertenecer al circo.

Pero a pesar de Tafur, el tiempo y el capricho del destino se encargaron de aproximarnos a Tess y a mí. Después de aquel primer encuentro frustrado, empezó a frecuentar mi tienda, siempre llevando consigo una botellita de ron colgada en el pecho. Bebíamos, reíamos, me relataba historias del «mundo exterior» mientras tomaba mi mano y cerrábamos los ojos, entonces se abría una ventana por la que salíamos en busca de un planeta infinito. Al fin alguien me había arrancado de mi jaula, de mis días como cajas.

—Afuera, yo subía a los buses y cantaba con mi guitarra. Estudiaba en una escuela de arte, hasta que sucedió lo inevitable y me internaron en un hospital psiquiátrico, allí tuve una novia… Pero todo eso ya se acabó. Ella era una ninfómana con un marido celoso, yo no lo sabía, porque igual se puteaba con todos.

Después de un momento perdido en sus recuerdos Tess, bebió el último sorbo de su botella, se acercó y me besó.

En medio de esta ilusión donde no reinan los payasos sólo la gran tragicomedia, sentí por primera vez un estremecimiento infinito, un dulce revoloteo en mi estómago y en mi corazón.

Al día siguiente Tess volvió a mi tienda y me trajo un pequeño arreglo de calas y las puso en mi cabello.

—Debo salir. Mi madre vendrá a recogerme, regresaré en una semana. Voy a extrañarte—me abrazó y  se despidió.

Cada mes su madre venía al circo y se llevaba a Tess por una semana, y cada semana para mí eran quinientas páginas de pura tristeza, imaginaba cada paso suyo allá afuera desde que salía de la carpa, en las calles, en las avenidas y los millones de ojos atravesando, hiriendo nuestras vidas.

Cuando  regresaba yo le preguntaba cuéntame Tess, qué hiciste, qué viste cuando saliste. Tess sólo me abrazaba y me respondía, lo que hice fue extrañarte.

Tafur estaba muy molesto conmigo, pero había enfermado y fui a verlo a su carromato. Al escuchar mi voz  montó en cólera, olvidando sus dolores tomó su bastón y se levantó de su enorme cama para expulsarme. Pero no me fui, me senté cerca del umbral y muy triste le hablaba  a través del cortinaje.

—Tafur, por qué me odias

Pero Tafur no contestaba.

—Tafur, Tess no es lo que tú crees. Me necesita y yo también lo necesito. Deseo que todo esté bien. Allá afuera lo destruyeron. Su madre me dijo ayer que los psiquiatras no saben lo que realmente tiene. Hace unos años tres tipos lo secuestraron y abusaron de él, desde entonces tiene problemas con el alcohol. Nadie apuesta  por Tess absolutamente nada, allá afuera creen que no vale nada y aquí en el circo muy pocos le hablan…

Tafur abrió su cortina.

—¿Tiene mucho problemas eh? Tal vez porque se los busca.

—No, no es así, Tess sufre mucho.

Con ayuda de su bastón se sentó a mi lado y palpó mi hombro:

—El hermafrodita no es bueno y nada que venga de él o ella lo es. Y todo lo que le ha sucedido no fue más que por sus propios errores. Es desconsiderado, nefasto, destructivo, maligno y escucha bien es el ser más mentiroso que he conocido en la vida. Ahora no lo ves, pero luego entenderás, cuando ya sea demasiado tarde.

Después de escuchar a Tafur, sólo me invadió más tristeza y un deseo incontrolable de ir en busca de Tess.  Lentamente me levanté y empecé a caminar, a la vez que intentaba borrar cada una de aquellas palabras. Una música espectral rodeaba la tienda de Tess, lo encontré totalmente ebrio y delirante tratando de dibujar a uno de los demonios que su desvarío le mostraba. Al acercarme vi que su cuello sangraba, pero él no me escuchaba y sólo decía cosas sin sentido, se abalanzó sobre mí y empezó a golpearme, yo le hablaba con lágrimas pero élsimplemente no me veía. Salí, manchada con su sangre y con la mía,sintiéndome muy sola, muy deforme y sola.

Al día siguiente Tess llegó a mi tienda, no recordaba nada de lo que había pasado la noche anterior, pero en mi mente todo estaba fresco. No quería verla y la evité por varios días, a pesar de que se sentaba detrás de mi cortina a llorar y a jurarme el amor más grande: Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, decía, mientras

se alejaba y dejaba bajo el tapete notas llenas de arrepentimiento, fragilidad y ternura. Sutilezas femeninas acompañadas de afectos masculinos. Perdoné a Tess, no podía hacer otra cosa, y decidí no separarme de ella, así Tafur y el resto del circo se opusieran.

Pasaron dos meses y por fin llegó el día de la última función, en la ciudad había mucha expectativa por ver a los fenómenos en acción. Como siempre, Tafur y yo abriríamos el espectáculo. Después de escuchar los ¡ah!, los ¡uh! y los gestos de sorpresa por mi enorme cabeza y mi único ojo y el acto de adivinación de Tafur el magnífico Hombre Elefante, me dirigí muy presurosa a la carpa donde maquillaban y vestían a Tess. Allí lo encontré junto a una mujer de cabellos muy largos y figura muy delgada, ella se abotonaba la blusa muy lentamente mientras me observaba como me observan todos y Tess se subía los pantalones. La mujer era su novia de muchos años, la misma que había conocido en el hospital psiquiátrico. Desde que Tess había ido a vivir al circo, sólo se veían una semana por mes y Tess ya había decidido partir, pues odiaba vivir con nosotros. Me alejé muy lentamente, sin dejar de mirarlos hasta llegar a la puerta, entonces, sentí la espada de la muerte atravesar mi alma, sin intención de matarme, dejándome un agujero tan grande en el estómago que me impedía respirar. Así debían sentir los agonizantes, los desahuciados.

Aplausos para el fenómeno de un solo ojo y la cabeza más grande y estúpida del mundo. El dibujo que alguna vez encontré en los viejos libros de Tafur se mostraba ahora como un presagio: una mujer en una cruz, con el vientre abierto y con sesos en vez de intestinos. Miles de espadas atravesándome, mil veces cada minuto, la agonía más larga, más lenta y más cruel. Cada aliento era un gemido de dolor y cada lágrima que brotó de mi único ojo humedeció cientos de pañuelos durante meses.

Después de romper el espejo de mi tienda con mi enorme cabeza, las gotas de sangre menguaron mi dolor y mi ira. Olas suaves me llenaban de amor y olas estrepitosas y violentas me llenaban de odio. Después de esa noche Tess partió, se fue del circo con su madre y su novia y me dejó una nota bajo el tapete con cinco líneas llenas de agravios, improperios y palabras hirientes.

Debido a la frágil salud de Tafur, todos decidimos quedarnos una temporada más en la ciudad. Pasó un mes y una tarde Tess volvió al circo, ebria, como siempre, al enterarse Tafur mandó a que la sacaran a empellones, pero sin que él supiera le dejó una nota para mí a uno de los enanos Te extraño mucho, decía, merezco más de la sangre que derramo, gracias y perdón.

—Se le veía muy triste—me dijo el pequeño Chuck— dejó dicho que quería verte por última vez.

Después de ese día regresó muchas veces más y Tafur siempre mandaba a expulsarlo. Se sentaba en la puerta del circo por horas, hasta que un día se fue y no regresó más. Lo último que supimos de Tess es que una noche uno de los amantes de su novia lo golpeó hasta desfigurarle el rostro y fracturarle ambas piernas. Luego, nosotros partimos.

Ahora estoy en el túnel de los espejos, espejos buenos y mentirosos, me subo a la rueda de la muerte y giro en ella hasta vomitar, luego pienso en lo ebria que tal vez se encuentra Tess en estos momentos.

Ahora creo saber por qué era diferente. La rareza no estaba en su cuerpo sino en su espíritu, en su mente. No tenía ninguna ley o principio que gobernara su conciencia. Nos mintió a todos sobre todo a mí, yo y mi único ojo no pudimos verlo, sin embargo, Tafur, que no tiene ninguno, pudo sentirlo.

—Era un espíritu enfermo, un ser atormentado, la naturaleza le regaló los dos sexos pero olvidó sustanciar su alma y él la llenó con todo lo malo que el mundo le dio. Allá afuera, todos sólo pueden ver a través de la mentira de sus ojos, por eso están todos locos, pero aquí estamos a salvo.

Cuando escucho al viejo Tafur hablar de la mentira de los ojos, pienso en la mentira de todos mis sentidos. Durante casi un año que me duró la pena a causa deTess, llegué a creer que él o ella jamás había existido, que nunca había llegado al circo y que yo la había inventado. Luego pensé que todo el mundo allá fuera era solo una ilusión. No sé si lo que hay dentro de esta carpa también es parte de la mentira de mi único ojo, pero pienso que nada hay mejor que este circo, y aunque deseé que Tess no haya sido real, deseo que Tafur y todos los que quiero conmigo sí lo sean.

Como si pudiese leer o escuchar mis pensamientos, Tafur me responde:

—No compliques tanto la realidad. Ilusión o no, que te baste con saber que aquí, aislados del mundo, estamos seguros, estamos salvados. (Mnemosine)

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