Arequipeñismo

Sólo un destello coloquial

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

Señor Nicanor Domínguez Faura:

De su artículo, cuya remisión le agradezco, salvo el siguiente párrafo, a pesar de su cautela y extravío: “Quizás el discurso criollo-mestizo del «arequipeñismo» haya llegado a su fin en la segunda década del siglo XXI.  A menos que los grupos sociales de origen migrante se apropien de algunos de sus elementos y los reutilicen para darse una nueva identidad en la «blanca ciudad» a la que, con su esfuerzo y trabajo, contribuyen todos los días.”

Arequipa

Hasta mediados del siglo XX, la mitología de Arequipa se había ido construyendo sobre la base de la cultura de la oligarquía blanca dominante que seguía manifestando su orgullo de ciudad fidelísima a los reyes de España. La República y lo que esta trajo era para ella un accidente que se debía soportar, esperando ¿qué? No lo sabían. Esta cultura bajó hacia las clases populares, que iban dejando de ser blancas poco después de empezar el siglo XX, y así resultó que los niños y jóvenes de las escuelas del Estado cantábamos “Blanca ciudad, de hermoso cielo azul, puro sol…” sin que nadie nos dijera que era eso de “blanca ciudad”.

Ya por entonces, como chicos citadinos criados en las calles, porque vivíamos hacinados en pequeñas habitaciones, tratábamos de ilustrarnos con los libros y revistas que el ferrocarril nos traía de la Argentina, y nos dábamos cuenta de que éramos diferentes de los chicos de la oligarquía que iban a colegios caros y nos miraban de arriba hacia abajo, y de que las calles eran los campos donde tendríamos que batirnos, al lado de nuestros padres: obreros, artesanos, policías, empleados, trabajadoras del hogar. Nuestro bautismo de fuego sobrevino en junio de 1950.

En cierto momento el “arequipeñismo” oligárquico, y no criollo-mestizo, comenzó a tornarse regionalismo separatista y aparecieron un pasaporte y una moneda arequipeños y unos chistes insinuantes de cierta tenue secesión, que algunos negociantes noveleros difundían. No fue necesario escarbar mucho para descubrir que eran creaciones del servicio de inteligencia chileno, por encargo de la codiciosa oligarquía de ese país para instalarlas en las mentes arequipeñas desprevenidas.

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Los estudios que usted cita no aluden para nada a esta realidad; se basan, al parecer, sólo en revisiones de libros y ni siquiera de libros de “todas las sangres”.

Le envío el prólogo de mi pequeño libro Esos días de junio en Arequipa. Cuando la historia tocó las puertas de los vecindarios. (Lima, Grijley, 2014). Tal vez pueda ilustrarlo algo sobre este tema.

Cordialmente

Jorge Rendón Vásquez

PRÓLOGO

En junio de 1950, una huelga de los alumnos del Colegio Nacional de la Independencia de Arequipa, provocada por reclamaciones desatendidas a las que fueron empujados por las autoridades docentes, detonó un movimiento de protesta popular en la ciudad que tomó la forma de acciones armadas para resistir la agresión militar dispuesta por la dictadura de entonces.

Sobre estos sucesos se han escrito algunas crónicas e innumerables comentarios, algunos fantasiosos, destacando los hechos de ciertos políticos, agrupados en la Liga Democrática, que pugnaban por participar en las elecciones convocadas para el 2 de julio de ese año. Es la visión de la historia como secuencia de actos inherentes a personajes dueños de la riqueza, el poder y la gloria.

En el movimiento popular de junio de 1950 esos personajes intervinieron de modo superfluo, marginal o para ahogar la resistencia del pueblo.

En la antípoda de esa óptica, la presente crónica trata de mostrar cómo surgieron y se desarrollaron aquellos sucesos, y, sobre todo, la participación en ellos de los estudiantes y trabajadores de simpatías marxistas, sus artífices sociales, quienes se entregaron a la lucha con abnegación y valentía, cumpliendo lo que para ellos era un deber y un reto que la historia les ponía delante.

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La ciudad de Arequipa en esos momentos había ya cambiado de configuración social.

Según el censo de 1792, ordenado por el virrey Gil de Taboada y Lemus, el Cercado de Arequipa contaba con 37,241 habitantes, cuya composición era la siguiente:

— 22,207 blancos (españoles nacidos en España y América);

— 5,929 indios;

— 4,908 mestizos;

— 2,487 gentes de castas libres;

— 1,225 esclavos negros;

— 387 religiosos de ambos sexos; y

— 5 beatas.

Por esta mayoría blanca y oligárquica (60% de la población), Arequipa era la Blanca Ciudad. En el conjunto del virreinato, los españoles eran el 12% de la población total que ascendía a 1’076, 122.

Sólo mandaban los señorones y clérigos blancos, incluidas las cinco beatas. Los demás pertenecían a las castas raciales, consideradas legalmente inferiores, y estaban sometidos al poder despótico de los blancos en grado diverso.

El advenimiento de la República, a la cual la mayor parte de blancos fue hostil, estuvo muy lejos de extirpar la discriminación racial. Muy lentamente, sin embargo, los mestizos e indios fueron aumentando y obteniendo derechos, en particular civiles.

En la tercera década del siglo XX, se intensificó la inmigración de las provincias del departamento de Arequipa a la capital de este, y en la del cuarenta siguió una masiva inmigración procedente de Puno, Moquegua y otros departamentos. Era una afluencia compuesta casi totalmente por mestizos e indios, expresión de la inmigración del campo a la ciudad, estimulada por el crecimiento económico de Arequipa, en gran parte por efecto de la Segunda Guerra Mundial. Aparecieron nuevos talleres, fábricas, casas comerciales, servicios financieros y otros.

La población de fuera, como la originaria de la ciudad de modestos recursos, se instaló en antiguas casonas de sillar convertidas en vecindarios, alquilados por sus propietarios venidos a menos, y ocupó luego los cerros eriazos que circundan la ciudad y su verde campiña, en los que erigieron nuevos y populosos barrios a costa de su esfuerzo y sus exiguos ahorros. Eran trabajadores e ínfimos comerciantes que competían impelidos por el tesón y sus intensos deseos de promoverse socialmente. Educaron a sus hijos, como un deber natural, y estos llegaron a la educación secundaria, a la universidad y a las cimas de la cultura y la técnica.

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La ciudad de Arequipa fue también para otros un punto de partida o una estación de paso hacia ciudades con mayores posibilidades.

En la década del cincuenta la transformación social de Arequipa era irreversible. La oligarquía blanca se había reducido, como la piel de zapa, hasta ser solo un grupo de familias que apelaban a la contribución racial de inmigrantes blancos extranjeros, si bien conservando su poder económico y su influencia política.

Para muchos, Arequipa seguía siendo, sin embargo, la Blanca Ciudad, aunque en adelante sólo por el color del sillar, empleado como material de construcción, un blanco pétreo, tirando a gris y a otros matices.

La nueva composición social de la ciudad permitió la absorción de nuevas ideologías más fluidamente. Desde la década del treinta, el marxismo fue asimilado por las nuevas elites intelectuales y, como parte de ellas, por un número creciente de docentes y alumnos universitarios, y por los trabajadores más lúcidos e ilustrados. Poco después de llegar a la ciudad la revista Amauta, todos esos hombres y mujeres vieron en José Carlos Mariátegui a alguien que, como muchos de ellos, salía también de los vecindarios, y supieron instantáneamente que era su maestro. La población de la ciudad dejó de ser enteramente católica practicante. Surgieron librepensadores, iconoclastas y ateos con el espíritu polémico cultivado en la Universidad de San Agustín desde el siglo XIX. La noción de izquierda, como heterogéneo conjunto, arribaría varias décadas después.

El movimiento popular de junio de 1950 marca el divortium aquarum dialéctico entre el antes y el después en la vida de la ciudad de Arequipa: un antes blanco, oligárquico y conservador que venía desde la Colonia y llegaba exangüe; y un después mayoritariamente mestizo, popular, republicano y libertario, desbordante de energía.

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