Takanakuy o cuando las diferencias se equiparan con sangre

Mientras el grueso de la población sigue adobada en la resaca de la navidad, en Villa Paraíso ocurre una fiesta costumbrista y controversial cuyo polvo levantado no ha dificultado su perenne visión de las diferencias: los problemas se solucionan con una comunicación de semántica tangible: golpes. Emisor y receptor se fijan como vencedor o vencido y, a pesar de las roturas y las sangres, el contexto siempre viste una camiseta deportiva.

Crónica J. Segura
Takanakuy
Takanakuy, una tradición andina en Arequipa

La tierra se remeció en Villa Paraíso justo después de que el cielo se cerrara a pesar del estiaje. Una insignificante garúa descendió sobre el público, pero fue desbaratada por las vehementes ondas que salían de los parlantes: la wayliya ya repicaba entre las piedras su invariable tono melancólico y en los bordes masticados y arenosos de la gran fosa que contiene la plaza de toros, cientos de residentes chumbivilcanos esperaban la primera batalla entre sus paisanos más valientes o pelincos.

Los golpes secos eran tales que se superponían al ruido musical. El arrastre de los zapatos levantaba una estela blanquecina y dramática sobre el revoltijo de brazos, cabezas, puños y piernas que se movía irregularmente descerrajando toda su potencia y desacierto. La tierra se remeció en Villa Paraíso, es preciso decirlo, como es precio decir que, para quien escribe, fue el mejor Takanakuy en tres años: los intervalos entre combates fueron breves, la técnica de lucha mejoró y las abolladuras y cortes en la cara, todas, tenían forma de sonrisa.

Prematuramente las graderías habían pasado a la categoría de “insuficientes” para las olas de gente que parecían cabecear sobre aquel espacio terroso. Los siguientes contendores cubrieron sus manos con coloridas cintas y las empaparon de cerveza, ajustaron un fajín al estómago y entraron al centro de la cancha pasando una porción de tierra por sus lenguas. Ambos de azul se hicieron una sola masa sonora hasta que uno de ellos tropezó: la pelea había terminado y todos entraron a bailar al ruedo, los “Negros” de espejos en el sombrero, los “Majeños” y su cantimplora de cuerno, los “Langosta” con sus pájaros disecados y Los “Ccaracapa” batiendo sus capas de jebe.

«sus familias ya están en el centro de la plaza levantando polvo, porque en el Takanakuy, como en todo: el empate es la hiel del destino»

En un punto poco visible de la plaza, Humberto Conde de Colquemarca, mimetizado en el paisaje, observa cauteloso. Está buscando a su adversario y lo encuentra en un hombre más alto. Conde tiene el rastro de la concupiscencia bélica en su nariz torcida. A pesar de que su sonrisa es afable nadie imagina que una pelea no le bastará. Entra al ruedo con una simpatía que provoca un abrazo en su adversario, ambos sonríen y empiezan a pelear. Conde amaga como un profesional su ágil tronco cuando dispara su primera patada. Inmediatamente recibe una igual y ambos se sumergen en un chisporroteo de puñetes. Conde da en tanto que recibe, pero es el grandote el que flaquea, y se arruga como papel cebolla y amaga un “alto” con sus dos manos, como deteniendo un pequeño animal rabioso.

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La tierra se calienta en Villa Paraíso. Las mujeres bailan, las cervezas viajan a la velocidad de la luz. Se puede golpear lo más fuerte que se pueda, pero sin sortijas en la mano, se puede patear lo más fuerte, pero sin puntas de acero en las botas. No golpes bajos, no cadenas al cuello y, finalmente, pierde el que cae por la razón que fuere. Esta regla siempre fue el motivo de las grescas extra. Perder por un tropezón sería tan deshonroso como ganar por un pestañazo. No hay contendor que acepte perder por demérito del oponente, entonces se levanta para atacar y, en cuestión de segundos, sus familias ya están en el centro de la plaza levantando polvo, porque en el Takanakuy, como en todo: el empate es la hiel del destino.

Mientras el animador pregunta “dónde está la familia Huachacca” a la rica gente de Velille, Levitaca, Quiñota, Espinar, un borracho de desmorona bajo la tarima y queda ahí como decoración viviente de la plaza.

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Desde los cerros se puede ver la siguiente escena: Lister Moncca, un espinarense ya aliñado con cebada fría, es retado por un contendor que lo ha seleccionado entre cientos. Lister acepta como regla, pero entra a la batalla con una pulcra camisa blanca que apenas desabotona a la altura del plexo solar. Es de los luchadores circunstanciales, que prescinde de aparejos de combate y olvida que el rojo combina con el blanco cuando no se trata de sangre. En minutos su ceja izquierda eclosiona y nos hace pensar a todos en un plomero antes que en un doctor.

La monumental plaza de toros “Qorilazos” parece haber sido erigida en una vieja zona de guerra. Aunque el ambiente era de fiesta, por supuesto, el escenario se ajustaba perfectamente a lo que sucedía. Todos los que estaban ahí eran soldados: circunstanciales o porque hace tiempo caminan con una rencilla colgada a la memoria cuya única solución es la ley del Takanakuy, es decir, dejar en agonía pública al retador, listo y aderezado para el escarnio. Otro tipo de soldados son los peleadores por contagio, aquellos que buscan adversario y al fijarlo echan la propuesta: “contigo, quiero pelear contigo”

Así volvemos a Humberto Conde, cuya sed de pelea es profusa y al parecer no le bastó una primera vez y busca una segunda donde termina aporreando a su adversario y aún con sed se para frente a un tercer adversario que lo lanza contra la tierra sin arrebatarle su afable sonrisa. Remecido pero orgulloso toma su uyach’ullus (máscara de lana) y se retira saltando.

Entre tanto suenan “Las Chasquitas de Bolivia” y en las arenas de combate bailan cernícalos, chinchillas, cóndores, chivos, zorros, gansos y venados con ojos de vidrio, montados sobre las cabezas de los luchadores que, en ese momento, ven fascinados el cuerpo de Cintia Domínguez, que pasa esculpido en apetitos de pelea. Es la cuarta vez que recorre la plaza en busca de una adversaria y por fin la encuentra. Cintia no lleva un traje típico, pero en su mirada chispea el espíritu vehemente del Takanakuy. El hombre ganso le pone un fajín y encinta sus manos. El animador grita “dónde están las mujeres”.

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Cintia entra bailando, espera a su retadora que se ha despojado de aretes, collares y sortijas. La expectativa mueve la tierra, hay quienes ya le llaman la pelea del año. Ambas se saludan cordialmente con un beso. El juez evita repetir el reglamento y pega un latigazo en la tierra. Segundos después ya están amagando los puños. Cintia conecta una patada que más parece una plancha al meñisco y combina un puñete al malar y en la repetición está el gusto y la otra mujer cae con estrépito, pero se pone de rodillas y tira del pantalón de Cintia que la finiquita con un derechazo en picada. Salta el juez sobre las dos, pero no puede evitar que la pelea termine en una camorra familiar.

La wayliya persiste, nadie se ha movido de su asiento o de su piedra cuando de pronto se anuncia otra pelea que será la última porque se sale de control. El robusto hombre de camisa azul ya tiene cerveza en la sangre y ambas hierben de ganas por medirse a golpes con un ágil, ecuánime y completamente desconocido joven que de un gancho le detona la nariz. El cuerpo se desploma como una res sin disponer de reacción alguna. Cuando logra levantarse encuentra una nueva gresca familiar, lo mismo de cada veinticinco de diciembre, sin embargo, y de eso muchos están seguros, no puede creer las cantidades de sangre que chisguetea su cara. Quizá tampoco conoce las razones de la pelea, pero algo seguro es que una nueva diferencia acaba de engendrarse y el de camisa azul deberá esperar 365 días para equipararla a golpes.

«Takanakuy o cuando las diferencias se equiparan con sangre» fue publicado en su versión impresa en El Búho, la revista Ed. N° 72.

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