Coronavirus ¿hasta cuándo?

Columnista invitado Jorge Rendón Vásquez

En el Perú se han reportado hasta ayer 129,751 personas enfermas con el coronavirus y 3,788 muertes.

Siendo la población del Perú 32’131,400, el porcentaje de infectados por esta pandemia llega al 0.4%.

Sin embargo, este minúsculo porcentaje ha obligado al resto de la población a aislarse (ahora hasta el 30 de junio) y a observar rigurosamente las medidas de prevención para evitar y parar, hasta donde se pueda, la propagación del virus, y ha empujado también al aparato productivo a paralizarse en parte y sometido al Estado a perder recursos irrecuperables. El gobierno, con sus medidas obligatorias de prevención, ha actuado en representación de la sociedad, y los servicios de salud públicos están siendo empleados hasta el límite de su capacidad.

¿A quiénes atienden esos servicios?

No, ciertamente, a las personas que acatan las medidas de prevención que no han sido afectadas.

No bien se supo la peligrosidad del coronavirus y su llegada a nuestro país, se dispuso el aislamiento y, poco después, el uso de mascarillas.

Según las evidencias dadas a conocer por los centros científicos especializados, el coronavirus se transmite por contacto, viaja en las diminutas partículas de saliva de las personas infectadas que se pulverizan con el habla y penetra en las otras personas, que están a menos de un metro, por la nariz, la boca y, en ciertos casos, los ojos; y también se comunica por las manos del infectado que tocan su boca o nariz y luego agarran objetos diversos: pasamanos, periódicos, muebles, envoltorios, herramientas, alimentos, billeteras y, sobre todo, billetes y monedas. De allí la obligación de lavarse las manos y de desinfectar las prendas de vestir exteriores y los zapatos luego que se retorna de la calle.

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Los centros científicos especializados en la detección y el combate de pandemias como esta no han podido hacer más. Aunque están trabajando a marchas forzadas, no les ha sido posible descubrir o inventar medicamentos que eliminen el virus, ni vacunas para hacer que nuestras defensas vitales derroten a este enemigo. Y lo han dicho.

Por lo tanto, el único medio de defensa contra este virus es la conciencia social: el conocimiento de su peligrosidad y de las maneras de impedir que ingrese en nuestro cuerpo, y la escrupulosa aplicación de las medidas de prevención. La conciencia social es colectiva, porque todos deben tenerla; pero es, sobre todo, individual, porque es cada persona la obligada a conocer las medidas de prevención recomendadas y a ponerlas en práctica.

Y no es difícil entender esto, si se tiene un mínimo de capacidad de razonar. Hasta los niños de muy corta edad que ven la televisión saben que no se debe salir a la calle sin mascarilla y que al retornar de la calle lo primero que se debe hacer es lavarse bien las manos.

Si todos en nuestro país hubieran acatado las medidas de prevención, apenas se decretó el aislamiento, el coronavirus hoy sería historia. ¿Por qué sigue circulando, entonces, tan campante? No hay otra respuesta que porque los indiferentes, ignaros e infractores, conscientes de las disposiciones de prevención, lo invitan a meterse en su nariz y boca.

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La batalla contra el coronavirus se sobrepone a cualquier otro conflicto, incluida la lucha de clases. El coronavirus no prefiere a unos y descarta a otros, por su condición social, actividad ocupacional o cualquier otro rasgo diferencial. Es la especie humana la atacada, y tiene que defenderse, por su vida.

Nada tiene que ver, por consiguiente, la informalidad en sí como vehículo de transmisión. También en un restaurante para la clase capitalista o la clase media o en un cine de un barrio de alto poder económico o en una iglesia habría contagio si un infectado asintomático o con signos de la enfermedad se mesclase con los otros asistentes sin mascarilla y se pusiese a conversar con otros que tampoco la llevan o les diese la mano infectada. Los informales llenan las calles porque ese es su medio de vida, trabajan para obtener algún ingreso que nadie se lo daría sin recibir una mercancía a cambio. Y la gente que les compra, de extracción popular, necesita las mercancías que venden y su precio les conviene.

¿No saben esto los economistas y los políticos catalogados como de derecha, centro e izquierda?

Y, el gobierno, al que algunos atacan por deporte demagógico y alegremente, ¿qué responsabilidad tiene en la difusión del coronavirus?

Ha hecho todo lo que le ha sido posible hacer. Podría reprocharsele la ausencia de utilización obligatoria y gratuita de espacios en periódicos, televisión y radio para difundir medidas de prevención y reiterarlas; la distribución gratuita de agua a las poblaciones carentes de este servicio; la instrucción al personal policial y de las fuerzas armadas de ceñirse estrictamente al respeto de los derechos de los ciudadanos.

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Es al Congreso al que corresponde aprobar otras medidas, como la tipificación de la especulación y acaparamiento indebido durante la pandemia como falta o delito. Según su gravedad, se les considere crímenes de lesa humanidad; una contribución obligatoria de solidaridad a los que ganen más de 20,000 soles por mes y un impuesto adicional sobre la renta desde cierto tope; y la tipificación del incumplimiento por el trabajador de las medidas de protección como falta amonestable.

Pero, ¿lo harán? ¿Estarán a la altura de entender esto y de asumir su responsabilidad y actuar en consecuencia?

¿Hasta dónde podrá llegar el Estado suministrando recursos a la población de menores ingresos? Ya hay gente pidiendo ayuda para comer en ciertos barrios.

¿Hasta donde se extiende la responsabilidad y la capacidad de la sociedad y del Estado, como gestor de los servicios públicos; de atender a los que se infectan por su voluntad de infringir las medidas de protección o por su negligencia?

Sin conciencia social activa, la pandemia, el aislamiento y la paralización del aparato productivo podrían prolongarse de mes en mes ad infinitum.

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