El venezolano

Quinta Columna Alfredo Quintanilla
venezolano en ambulancia
Foto © Luis Enrique Becerra | Noticias SER
Cuento la historia, tal como me la contó una persona en quien confío:

“El jueves por la mañana, yo estaba un rato mirando por la ventana, como hago desde que empezó la cuarentena. Vi que venía un hombre bajando de Pamplona Alta. Me fijé en él porque cruzó de vereda para venir hacia la mía y cuando levantó el pie para subir a la acera, se cayó. Así, de pronto, se fue de cara con su mascarilla celeste, como si se hubiese muerto, porque no tuvo tiempo de poner las manos para no dañarse. Pucha, me dije, y vi que los que venían por la vereda corrieron espantados.

¡Se ha desmayado!, les dije, para calmarlos y para que no se fueran.

Otros de la vereda de enfrente se acercaron un poco para ver, pero no tanto para que comprobaran si respiraba.

“Creo que es el virus, llamen al 113!” dijo alguien.

“No, mejor al SAMU, al 106!”, ordenó otro, “las ambulancias llegan más rápido”

Miré al hombre, estaba vestido de oscuro. No era viejo, porque no tenía canas, pero no pude distinguir si respiraba. Parecía sangrar de la nariz.

Miguelito intentó acercarse al hombre, pero vino por detrás su madre, la señora Juana, y se lo llevó a rastras, gritando a su hijo mayor:

“Rafo, anda a la parroquia, que traigan la camioneta para que se lo lleven a emergencia”

En eso me acordé, y decidí llamar a los bomberos.

Cuando regresé a mirar, ya había como diez curiosos que miraban al hombre que parecía haber cambiado un poco de postura.

“Está vivo” murmuró alguien. Algunos estaban grabando la escena en sus celulares. A todos se les veía el miedo en la cara, el miedo a contagiarse y morir sin atención, porque ya los hospitales estaban llenos.

Un rato después regresó corriendo Rafo: “Dice la monja que no está el padre. Que sólo él autoriza que saquen la camioneta, qué hacemos”

Entonces Telmo, el zapatero, salió de su puesto, diciendo:

“Yo voy a la avenida, por ahí pasan los patrulleros”

En eso, cruzó también un veneco, con su bolsa de caramelos en la mano y se abrió paso entre todos y decidido, se acercó al que muchos pensaban que era un cadáver.

“Oe, no hagas eso, te va a contagiar!” le dijeron varios, alarmados.

Pero el joven morocho, con una gorra roja, amarilla y azul, de unos treinta, treinta y cinco, fue y lo volteó boca arriba y trató de sentarlo. El hombre, entonces boqueó. El veneco le limpiaba la sangre al hombre con papel higiénico que extrajo de su bolsillo.

No vi más porque en ese momento llegó aullando la patrulla. Se bajaron dos policías arreglándose la gorra y las mascarillas, pero se pararon como a dos metros del hombre herido. Se acercó más gente y muchos empezaron a grabar la escena con sus celulares.

“No, no es mi pariente, yo pasaba por aquí”, dijo el joven y le hicieron mostrar su documento.

“Está infectado, por qué no se lo llevan?, dijo doña Juana, desde la vereda de enfrente, “ni el 113, ni el SAMU contestan”

Los policías voltearon a mirarla y conversaron algo entre sí. Mientras uno se dirigió a la patrulla, el otro hizo anotaciones en una libreta. Después de lanzar un mensaje en clave por radio que no se entendió, el chofer le hizo señas al que anotaba. Entonces él alzando un poco la voz informó:

“Ya hemos hecho el reporte, deben esperar a la ambulancia que ya viene”

“Pero, cómo…” y se quedó sin terminar la frase doña Juana.

Algunos, medio que pifiaron cuando la patrulla se alejó. Otros se retiraron. Tres seguían filmando a prudente distancia.

Yo volví a llamar a la central de los bomberos, al 116. Me volvieron a pedir los detalles de la dirección.

Cuando volví a mirar, vi que el hombre no volvía en sí, pese a que el joven agitaba un cartón en su cara dándole aire.

En eso se escuchó una sirena. Por fin, me dije, aliviado.

“La ambulancia!” gritó alguien y todos volteamos a mirar calle abajo. Pero no eran los del SAMU sino los bomberos.

Uno se acercó al herido y lo examinó, otros sacaron una camilla. Le levantó los párpados y le alumbró con una linterna la garganta. Empezaron a darle oxígeno y le pusieron un collarín. Le hincaron en el brazo una jeringuilla. Le hicieron preguntas al venezolano. El hacía gestos, que no sabía nada, que él pasaba por ahí, que todos creían que se había muerto por el virus. Entonces el que parecía el jefe le dio el codo y le dijo “naguará chamo!”

“Si quieres, vente con nosotros” le dijo uno de los que subía la camilla.

“Ya pues!” dijo y tomando su bolsa de caramelos, se trepó.

Y mientras él subía yo ensayé unos aplausos, uno poco avergonzado”.

«El venezolano» fue publicado en Noticias Ser

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