Lluvia

Letras El Búho

Con el autor de «Lluvia», El Búho inaugura su Sección Nuevos Narradores Arequipeños, con la colaboración del literato Willard Díaz.

Por Jesús Huahuatico (*)

autor de Lluvia

Los vientos continuos y el ambiente gris anuncian otra tarde de lluvia. La gente se mueve con prisa, pero evitando el contacto. Hay tensión en el aire. Todos saben lo que tienen que hacer. Las reglas son claras y salvarnos solo depende de nosotros. Desde la ventana de un autobús observo cómo corren para alcanzarlo, desesperados. Otros aguardan la llegada del suyo. Suben varias personas que inmediatamente toman sus asientos queriendo simular que cumplen las indicaciones, pero solo se ocupan de tener sus pertenencias bajo vigilancia. Entre ellos va una señora hablando por teléfono, todos la observamos pues domina el ambiente. A ella parece no importarle y continúa hablando como si el resto fuéramos invisibles.

—No tienes por qué acercarte al paciente. Ya hicieron la advertencia ayer. Recuerda, cualquier acercamiento siempre bien protegido. ¿Te acuerdas esos lentes de carpintero? Esos te protegen del estornudo, para que el virus no ingrese por los ojos.

Los buses, para algunos, son el peor medio para viajar. Especialmente ahora que están prohibidas las aglomeraciones. Pero es lo único que tenemos. Antes aquí encontrabas indiferencia; ahora el miedo se apodera de los rostros como si nos quitaran la luz y solamente pudiéramos oír una voz.

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—Escúchame, tú no tienes por qué tomar las muestras en los pacientes. Tienen que hacerlo los especialistas, sobre todo los biólogos. Oye, ponte guantes todo el rato y evita hacer contacto.

Vamos apretados y con escaso aire. Acomodar las mochilas y bolsos a un lado para evitar que nos roben ya es una costumbre. Los he visto, sé cómo roban. Normalmente me siento atrás y puedo ver sus movimientos. Siempre acechando al que esté más cansado. Si bien las rutas principales son los mercados, aunque haya militares y policías vigilando las calles, los traumas siguen latentes. Nadie puede confiar en nadie.

—Me enviaron un correo, es la nueva organización de funciones que mañana compartiré. Pero ya saben ya, no utilizar escobas. Todo con agua y desinfectante. Como siempre se ha hecho. Y los residuos meterlos en dos bolsas, una normal y luego una roja.

Trabajar en un extremo de la ciudad me resultaba al inicio bastante cómodo, las razones no las tengo muy claras. Ahora se convirtió en algo muy incómodo. Desde que subió esta señora solo me lleno de angustia y me pregunto por qué acepté un trabajo tan lejos.

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Nunca la imaginaría como enfermera, va despeinada y desarreglada, sus zapatos de tacos parecen que se romperán en cualquier momento, todo en ella está muy gastado y sin color.

—Esta combi demora mucho, ¿La impresora tiene tinta? Quiero que imprimas algunos versículos para pegarlos en las paredes, para que los pacientes se pongan tranquilos.

Me molesta que hable tan fuerte y segura de sí misma. La lluvia cae y me obliga a cerrar la ventana. Poco a poco la gente se aglomera y todos se observan de reojo. Expectantes, buscando a un posible contagiado. Todos buscamos un enemigo del cual defendernos.

—Yo le tomé una foto a mi Biblia, pero salió borrosa. Podría llevar mi Biblia, ¿no? Pero mejor no. No. Tal vez luego se contamina. Tenemos que poner el salmo noventa y uno porque ahí dice «No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada».

No logro comprenderla, no tiene ni un poco de miedo. Se mantiene segura bajo la protección de un libro. Pero mientras más habla el silencio se rinde a sus pies y solo podemos escucharla.

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El bus se detiene y los que bajan lo hacen como escapando de una fiera. Otros, huyendo de la lluvia, se refugian en esta pequeña arca. Los sentados quieren tomar distancia uno del otro, sobre todo de los parados que son nuevos y están mojados, pero solo atinan a cruzar sus brazos en señal de repulsión y defensa. Nada parece detenerla, ella solo mira el vacío y las citas salen de su boca.

—También hay una de Éxodo quince veintiséis, «Yo el señor, soy tu sanador». Ya me acordé cual era la otra, Hebreos cuatro dos… claro, solo los pegamos en las paredes… Yavemos-yavemos. Me pasé del paradero.

Sin dejar de hablar se pone de pie y camina presurosa hacia la puerta, intenta encajar papeles en su cartera desgastada y relame sus labios secos. Me pregunto, ¿a dónde irá?

Con la humedad los vidrios se empañan, el silencio recupera su lugar y las gotas de agua golpean continuamente al bus. Pero la desazón nunca se irá. Quisiera estar ya en casa.

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