Día del Campesino en Raján

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

San Cristóbal de Raján es un distrito de la provincia de Ocros, Ancash, situado a unos 3,800 metros sobre el nivel del mar, adonde se llega tras remontar el abra Puchi a 4,710 msnm y un camino con tal pendiente que hay que bajar con el carro enganchado y engarfiado a las rocas para no caer a simas inconmensurables. Su territorio coincide con el de la Comunidad Campesina del mismo nombre, que incluye al anexo de Huanri. Raján es un pueblo pequeño, donde habitan alrededor de 500 personas, que se conocen y saludan cortésmente al visitante. La mitad son niños y adolescentes que acuden a una escuela integrada.

plaza de Raján

Como todos los pueblos de nuestra sierra, su economía es de autosubsistencia, con pocas tierras por la escasez de agua y el poco ganado vacuno, cuya leche se aprovecha en la producción de queso. El resultado: familias con muy pocos ingresos monetarios, miseria y abandono como notas saltantes cuando uno camina por sus calles. No hay un alojamiento, ni un restaurante, apenas un par de teléfonos monederos y los servicios de salud se limitan a los que provee un enfermero, el que me informa que hay un alto consumo de alcohol rectificado.

Por otro lado, Raján permanecía aislado, pues sólo tenía comunicación con Ocros y Barranca un par de veces por semana. No es extraño que esas características fueran vistas por Sendero Luminoso como caldo de cultivo para desarrollar su prédica. Los tres policías de su comisaría, que me dieron alojamiento en mi primer viaje, me contaron que a fines de los años 80 era «zona roja» y que andaban por sus calles algunos «arrepentidos».

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El entretenimiento lo dan la televisión y la radio. Es el territorio musical de las reinas del folklore andino Dina Páucar y Sonia Morales, aunque también gustan de la cumbia peruana y ven videos de Márisol (así, esdrújula) y Maricarmen Marín sucesoras de Rossy War; lo que haría saltar de gozo a Arguedas al ver a los campesinos usando los discos compactos  y blue rays con toda naturalidad. Antes de la pandemia cada mes llegaban las bandas de sus vecinos Llipa y Cajamarquilla que se medían con la del pueblo. Un pueblo donde la mantequilla se vende en grandes bolas como pelotas de fútbol amarillas, moldeadas por manos femeninas. Un pueblo donde las señoras conservan la costumbre de preparar el pan y conversar mientras esperan que se vaya dorando lentamente en el horno de la comunidad.

Las labores cotidianas se inician antes del amanecer. Aquel año, el Día del Campesino cayó en domingo, sonó temprano la campana de su pequeño templo para llamar a niñas y niños a la celebración litúrgica que dirigía una joven catequista llegada de Ticllos, a dos horas de camino. La humilde capilla tiene un portón con seis tallas de otras tantas escenas de la historia sagrada, hechas con una finura de filigrana que parece del Renacimiento italiano, y es que son italianos los maestros de los ebanistas de Ticllos donde las hacen. Allí están pintadas en pasteles delicados el Cristo naciente, el Cristo paciente y el Cristo triunfante; la Virgen de la Anunciación y la huida a Egipto de los malvados que hasta hoy persiguen a los niños de Palestina. Unos cuadros para contemplar y gozar.

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En realidad, los cantos y oraciones de los niños en el templo fueron la única celebración por el Día del Campesino en Raján. Ni el presidente de la Comunidad Campesina, ni el único empleado de la Municipalidad de Raján -que también trabajaba los domingos- ni el gobernador, se habían acordado de la efeméride; y me miraron sorprendidos cuando los felicité.

Una anciana que asistió a la jornada de capacitación para las elecciones municipales del siguiente domingo recordaba con amargura que la gente vive su vida y se ha perdido el espíritu de unión. «Hay mucha envidia», me confesó y noté que quería decir muchísimo, pero, como Vallejo, se atollaba. Había sido regidora por «el partido del Popy» pero se sintió engañada, y terminó alejándose de la función. Parecía haber retomado los bríos de antes y dijo que convencería a algunas de sus hijas para que postulasen a regidoras. «Yo iría para alcaldesa, pero estoy vieja», repetía en un castellano claro que se abría paso entre las piedras enormes del camino a la escuela.

De mi tercera visita guardo el recuerdo de una asamblea con dirigentes de siete listas que se presentaron para disputar el voto de 359 ciudadanos. Una asamblea donde echamos un poco de abono a la débil plantita que es la democracia, cuando la tentación de echarlo todo por la borda e imponerse a la fuerza sigue siendo muy grande; dado el olvido en que los tienen los que han acumulado en la vida dinero, poder o fama, y entre ellos, algunos de sus hijos. Olvido que causa resentimiento e inquina contra los que regresaban a votar con otros modos de vestir y de hablar; a los que calificaban de “golondrinos”, aunque pertenecieran a familias lugareñas.

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Esa asamblea fue notable porque hubo franqueza, desfleme como se dice en Lima, pero también reconciliación plasmada. Al final, en el canto emocionado del Himno Nacional y en los abrazos de todos.

Cuando veía al fondo alzarse sobre el cielo azul y la mañana límpida, la figura del Yerupajá, no sabía si dejarme llevar por la dura realidad de la pobreza multidimensional de los rajanos que olvidaron el Día del Campesino; o por la esperanza viva de haber conocido a doña Eudocia Dasmiana Doroteo, con sus 67 años a cuestas (que aparentaba diez más); ejemplar ciudadana conocedora de sus derechos, con una actitud asertiva y optimista, como si fuera una joven estudiante sanmarquina.

¿Qué habría sido de doña Eudocia? ¿Qué será ahora de San Cristóbal de Raján bajo la pandemia? ¿Habrán recibido los bonos teniendo que caminar hasta Ocros para recogerlos? Los niños, ¿habrán tenido acceso a las emisiones radiales de “Aprendo en casa”? Sin crédito alguno para sus sementeras o para comprar ganado, ¿cómo se recuperarán? Cerrado el pueblo por el pánico al contagio como todas las comunidades campesinas, ¿cuándo abrirán sus puertas? Cuando sólo 300 de las 1,800 municipalidades del Perú tienen la capacidad de comprar canastas de víveres y repartirlas; la pandemia ha hecho caer una guillotina de hambre sobre los olvidados de siempre. Y no creo exagerar. ¿Hay algún asesor de la ministra de Economía estudiando este problema?

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