El dormilón (cuento)

Letras El Búho

El cuento «El dormilón», es parte de la serie Nuevos Narradores Arequipeños que coordina Willard Díaz para El Búho.

Por: Paola Campana A.

A primera hora de la mañana una pálida claridad ingresaba por entre una cortina mal cerrada, iluminaba apenas una pequeña habitación ordenada y limpia. Sobre un revoltijo de sábanas aún descansaba su solitario ocupante.

Era un lugar estrecho, pero no parecía que faltase ni sobrase nada. Excepto, tal vez, el pequeño escritorio, sobre el cual se amontonaban confusamente fotos, libros y, medio escondido, un rectángulo de cartulina muy maltratada que daba la impresión de haber estado enmarcada en otro tiempo. Era el diploma que adjudicaba a Bruno el título de médico. Pero tanto el título como el escritorio parecían no importar a nadie demasiado. Aún en ese momento el olvidado mueble solo miraba una esquina de la escueta cama.

Dentro de media hora Bruno despertaría y entonces comenzaría la rutina diaria. Tomaría un baño y trataría de peinar de la mejor forma su cabello rizado, frente a un espejo que desde hace más de seis años no mostraba otra cosa que unos ojos cafés, vacíos, tristemente inexpresivos.

Con lentitud, vestiría aquel uniforme rojo que no contrastaba mal con su piel cobriza, y desayunaría con calma leyendo el periódico desde su celular. Al terminar, dejaría todo tan ordenado como siempre y saldría a trabajar en aquella tienda de ventas tan concurrida, olvidando, o deseando olvidar, una vez más, el título de Medicina Humana que tanto esfuerzo le había costado conseguir hace ya demasiado tiempo, cuando aún le gustaba pensar en un futuro cómodo y brillante.

Caminaría bajo el sol siete cuadras inmensas, llenas del polvo de la construcción del nuevo edificio, atravesado por los gritos de los chicos que a esa hora irían deprisa al colegio, y trataría de esquivar, como cada mañana, a los oficinistas apurados.

Bruno podría haber sido uno de ellos. Podría haber sido cualquier cosa que hubiese querido. Caminaría frustrado entre la multitud, recordando todas aquellas veces que le habían dicho que tenía la capacidad de llegar lejos. Recordaría las excelentes calificaciones y la ilusión de la única tía que lo había criado.

Haría enormes esfuerzos por ingresar al metro a esa hora tan abarrotado de gente, y allí, apretujado entre algún estudiante con audífonos y tal vez una señora con las compras, se arrepentiría una vez más de la estúpida decisión de participar de aquella beca y de la insensatez de haber estudiado en el extranjero.

Bajaría, como siempre, en la estación central, y caminaría desde allí otras seis cuadras hasta el centro comercial, soportando el bullicio de la ciudad. A pesar de ello, sus pensamientos persistirían en hacerse escuchar.

Unos días le recordaban la felicidad que sintió al graduarse en Madrid; otros, la desdicha que lo ganó al darse cuenta que no contratarían a un extranjero en medio de la crisis económica española; otras veces, revivía la dicha que tuvo al abrazar a su tía, al mostrarle el título y ver su sonrisa. Siempre que recordaba a la tía se alegraba de que hubiera muerto antes de conocer su fracaso. Por fortuna, ella nunca se enteró que aquel título del sobrino, en Perú, el país que le había dado la beca, no servía de nada.

Era un don nadie.

Cuando pensaba en esto, se entretenía haciendo números, calculando cuánto tendría que ahorrar para regresar a España y si tendría que estudiar algo más para poder trabajar allá. Y muchos otros días, simplemente acallaba a su consciencia y no pensaba en nada.

Pero en este amanecer Bruno allí recostado aún ignoraba cómo sería el nuevo día. Mientras lo envolviera la penumbra disfrutaría del placer de seguir profundamente dormido.

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