Del conazo al puñetazo: gestos de la impotencia popular

"Todo el dolor de miles de familias por muertes prematuras e injustas; toda la frustración contra los corruptos sin castigo; toda la impotencia por no poder cambiar las cosas"

Quinta Columna Alfredo Quintanilla
impotencia popular

Todo el dolor de miles de familias por muertes prematuras e injustas; toda la frustración contra los corruptos sin castigo; toda la impotencia por no poder cambiar las cosas; y la indignación acumulada contra los políticos, se concentró en el puño del joven Carlos Ezeta que castigó al rostro de un congresista. Un gesto equivocado, aunque interpretó el sentir de las mayorías como reacción a la vacancia presidencial aprobada por abrumadora mayoría congresal. Fue un acto vindicativo y volátil, como lo fue aquel cono naranja arrojado por un anónimo contra un conocido político al cierre del anterior Congreso, pero un acto que encierra un simbolismo que, ojalá, supieran leer los políticos que se aprestan a ejercer el poder en el 2021.

El gesto parece reemplazar el despliegue de la ira popular en las calles, como quisieran multiplicar los que repitieron, no hace mucho, la consigna de otras partes: ¡que se vayan todos! Va quedando claro, con el paso de las horas, que la defensa de la necesaria estabilidad política, reclamada por las mayorías, en un país que quiere dejar la condición de republiqueta no significa la defensa de Vizcarra, quien deberá defenderse solo; ni menos una revolución, que libere presos y patee el calendario electoral.

“Tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se rompe” dice el refrán castellano para advertirnos de los juegos peligrosos.  Los políticos peruanos lo ignoraron tanto que su enfrentamiento ha quebrado la frágil estabilidad institucional. No hay aquí un golpe de Estado, pero el funcionamiento del Estado en su conjunto, es decir, del principal actor para aliviar los padecimientos de las mayorías en esta pandemia, va a verse más trabado que en el pasado. Estamos caminando de Guatemala a Guatepeor.

El reciente ciclo de crisis políticas, fue abierto -no hay que olvidarlo- en diciembre del 2016 con el terremoto Odebrecht que trajo abajo al gobierno de PPK y su dream team; embarró a los políticos de derecha e izquierda y empeoró el año pasado con la pandemia del coronavirus.

El enfrentamiento entre el gobierno y el Congreso escaló a mayores alimentado por varios actores: desde la reforma constitucional que aprobó el segundo y que pretendía ampliar las causales para la destitución del presidente -a comienzos de julio- que tuvo como consecuencia el nombramiento del gabinete Cateriano; trepó al inesperado voto de desconfianza que lo defenestró. Siguió, después, con la primera moción de vacancia de fines de setiembre y ahora la segunda, azuzada por el grupo El Comercio; después de que se conocieran las serias denuncias contra Vizcarra, quien habría recibido sobornos cuando fue gobernador de Moquegua.

En esta pugna no se vislumbra a los ganadores porque no hay fuerza hegemónica que conduzca al frente variopinto; y porque los que azuzaron la vacancia tienen intereses económicos contrapuestos a varias de las leyes impulsadas por este Congreso. Y porque este Congreso impopular, mal que bien, es más representativo de todo lo bueno y malo que hay en la Nación. Pero sí queda claro que la pulseada de los precandidatos va a formar parte de las pugnas, codazos, chismes, ataques y celadas propias de la guerra sucia de nuestra política criolla. Por lo pronto, habrá quienes (por muchas ganas que tengan) se nieguen a agarrar esa papa caliente que es la administración de un ministerio en medio de la pandemia y la parálisis económica y los recortes presupuestales

Ya Moisés Naím ha dicho que en la era de la revolución de las comunicaciones, acceder al poder se ha vuelto muy fácil (confirmando, tal vez, la eficacia de la estrategia leninista de minorías audaces en pos del poder); pero ejercerlo y mantenerlo se ha vuelto difícil. El caso de nuestros presidentes de los últimos veinte años, parece ratificar esa tesis. Veremos cómo terminan los encumbrados de hoy.

Ante este panorama, ¿qué le queda, entonces, al pueblo?, ¿seguir de espectador pasivo?, ¿votar o anular su voto en elecciones de las que duda cada vez más?, ¿salir sólo a la calle para ejercer su derecho al pataleo?, ¿repartir memes a diestra y siniestra por las redes sociales burlándose de los políticos? ¿Cómo va a hacer sentir su voz más allá de encuestas manipuladas? ¿Cómo va a expresarse con firmeza, sin dejarse arrastrar por una rabia infecunda contra la que nos previno José María Arguedas? Tamañas preguntas no tienen aún respuestas que convenzan, pero reclaman reflexión de aquellos que quieren representarlo y que necesitan contribuir a construir un sujeto social adaptado a esta época; más allá de entusiasmos o apasionamientos inmediatistas. Un sujeto social de acciones sostenidas, firmes y eficaces que no necesiten de gestos aislados, heroicos o simbólicos para hacerse respetar.

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