Yunus y nuestra Constitución

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

El premio Nobel de Economía, Muhammad Yunus, el inventor del microcrédito que ha sacado a millones de la pobreza, ha dicho que la pandemia, al paralizar la economía, nos da la oportunidad de pensar cómo reorganizar nuestra vida futura. En una presentación en el Hay Festival de Arequipa, nos ha recordado que el capitalismo ha organizado nuestra vida social con el afán de ganancia y eso ha llevado a una extrema concentración de las riquezas en el mundo y en cada país. Ese afán de ganancia nos deshumaniza porque lleva a la explotación de muchos y a la perpetuación de la pobreza.

Ha dicho que estamos en una encrucijada: regresar al pasado de la extrema pobreza, hambre y enfermedades para las mayorías, con el calentamiento global que arrasará el planeta o a pensar con audacia en un mundo nuevo. Asegura que es posible desaparecer la pobreza (y muestra las cifras de los que sacó de la pobreza) si organizamos la sociedad de otra manera, tomando en cuenta que el hombre no es sólo egoísta como lo piensa el capitalismo, sino también solidario y busca la solución de los problemas de todos.

Así el mercado no favorecería sólo a unos pocos, sino daría la oportunidad a la creatividad de los que llamamos “informales” que no han buscado un empleo, sino que han creado el suyo, y a los que los ricos mandan reprimir y perseguir. Su audaz propuesta de cambio se resume en tres grandes metas: “cero concentración de riquezas, cero emisiones de carbono y cero desempleo”.

Yunus y el cambio de Constitución

Los chilenos han decidido cambiar su Constitución. Oportuna decisión que tiene que ver no sólo con los problemas de hoy sino con los de mañana. Y van a cambiar la Constitución, porque llegaron al convencimiento que ese documento es la base del “modelo” económico que, si bien les trajo crecimiento económico, ahondó las desigualdades.

Una Constitución viene a ser, en cualquier país del mundo, un acuerdo entre ciudadanos de distintas razas, edades, sexos, credos, miedos, problemas y sueños para señalar el tamaño y la función del Estado con las relaciones económicas entre las personas, con las empresas, los impuestos y los precios. Pero también, con la educación, la salud, y la seguridad de todos, la justicia, las fuerzas armadas, los partidos; y en la que todas sus reglas pueden conducir a convivir en paz, buscando el bienestar de todos o sólo de algunos.

En el Perú el cambio de la Constitución es un reclamo de un puñado de políticos que, lamentablemente, no han hecho el esfuerzo de explicar por qué y en qué consistirían esos cambios. Entonces la consigna deviene en un cliché, un sonsonete vacío que no explica nada. El cambio de Constitución no puede ser un asunto de abogados y especialistas; menos, de reformar este o aquel artículo, como ya se ha hecho en oportunidades anteriores.

Hay que cambiar el enfoque, la lógica con la que fue construida la Constitución del 93. Hay que desechar las ideas del neoliberalismo que fueron las que orientaron la redacción de las constituciones de Chile y del Perú.

La pandemia ha mostrado que nuestro Estado no tenía las camas UCI, ni el personal suficiente, para enfrentarla. Eso nos va costando más de 60,000 muertes, muchas de las cuales pudieron evitarse. La pandemia mostró el encarecimiento de las medicinas en medio de la tragedia. Mostró la falta de plantas de oxígeno. ¿Y todo esto por qué? ¿Qué tiene que ver el neoliberalismo con el mal estado de la salud pública? ¿Qué tiene que ver el neoliberalismo con que un millón de estudiantes haya perdido el año por falta de una tablet o de un teléfono?

¿Y por qué los hospitales públicos estaban desabastecidos? Porque la lógica neoliberal de la Constitución del 93 es la del libre mercado, donde “cada uno baila con su pañuelo”; donde hay que “amasar fortuna haciendo harina a los demás”, como denunciaba Mafalda. Un mercado sin reglas se vuelve un mercado salvaje, en el que la salud es un negocio, (antes de la Constitución del 93 había control de precios de los medicamentos básicos), la muerte es un negocio (antes  del 93 no había cementerios privados), la educación es un negocio (después del 93 se han multiplicado los colegios y las universidades privadas), la seguridad es un negocio (antes del 93 no había compañías privadas de seguridad).

Y si todo es un negocio, la política también se vuelve oportunidad de negocio y se multiplica la corrupción de los políticos y funcionarios que reciben coimas por dar los contratos a empresas coimeras.

¿Por qué no había camas UCI ni respiradores y oxígeno? Porque la lógica de los constituyentes del 93 -y sigue siendo una “verdad” admitida por todos- era que el Estado era mal administrador y había que darle el mínimo de recursos al Ministerio de Salud. Pero, además, porque se desincentivó a la industria, casi desapareció la industria metalmecánica y la farmacéutica; y no hay incentivos para la investigación e innovación tecnológica e industrial.

La lógica de los constituyentes era que el mercado solucionaría todos los problemas: así, se multiplicaron las clínicas privadas y aparecieron las AFP que obligó a privatizar los gigantescos fondos pensionarios para multiplicar los negocios de los bancos y las compañías de seguro. Es verdad, que muchos se beneficiaron y creció la clase media. Pero ha sido una falsa prosperidad. Hoy, dos millones de peruanos han dejado la clase media para volver a ser pobres.

La lógica neoliberal que dictó la Constituyente se impuso a la lógica de la democratización de la riqueza que impulsó la minoría. Esa lógica dictó desde los centros de poder mundial que los países debían aprovechar sus “ventajas comparativas” como predicaban los Chicago boys. Y ¿cuáles eran nuestras “ventajas comparativas”?, pues, nuestros recursos naturales: minería, pesquería, hidrocarburos, bosques. ¡Fuera industria, viva el comercio internacional y los TLC! Por eso, los empresarios de Gamarra, antaño productores y creativos, se han convertido en meros comerciantes de textiles chinos.

Como la triste historia del guano de las islas que enriqueció a extranjeros y trajo la “falaz prosperidad” de la que nos habló Basadre; desde hace 25 años, los extranjeros se han apropiado de nuestras riquezas minerales gracias al Artículo 66° de la Constitución que primero declara que “Los recursos naturales, renovables y no renovables, son patrimonio de la Nación. El Estado es soberano en su aprovechamiento”; pero, seguidamente, con disimulo y en lenguaje abogadil señala que se pueden entregar a particulares: “La concesión otorga a su titular un derecho real”. El derecho real es el derecho de propiedad. Es decir, a cambio de unas migajas de impuestos y pocos empleos, las grandes empresas mineras se han llevado riquezas que bien podrían haber servido para erradicar la pobreza; tener una educación pública de calidad, salarios decentes y pensiones dignas para todos los peruanos.

¿Cómo fue posible esa entrega ordenada por la Constitución? Porque los políticos imbuidos de la ideología neoliberal fueron mayoría y los abogados de los grandes estudios (esos mismos que asesoraron a Odebrecht) la redactaron; y sus periodistas mostraron sólo la cantidad de impuestos que pagan las mineras, pero nunca hablan de sus inmensas utilidades. Cambiar eso va a ser difícil pero no imposible. Los chilenos van a hacerlo, ¿por qué no podemos los peruanos? Hay que darle contenido al debate electoral.

(Publicado en Noticias Ser)

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