Cuando se cambia de presidente como de camisa

Timba presidencial

Análisis El Búho
Tres presidentes tuvo el Perú en el lapso de un mes. El juego de la política ha dejado de ser divertido.

Tener tres presidentes en un año, ya parece exagerado; tenerlos en un mes, es más de lo que un sistema democrático podría soportar sin daños irreversibles. Y esto es lo que ha ocurrido en el país, en medio de una pandemia inédita e implacable, algo que a los políticos de turno parece importarles realmente poco.

El año comenzó políticamente prometedor con la elección congresal extraordinaria, que le daría al país un nuevo Legislativo, tras el cierre del Congreso anterior, a finales del año 2019. Se hablaba de renovación y consolidación de las reformas políticas pendientes. Pero todo fue una falsa ilusión.

En marzo, cuando los flamantes “padres de la patria” se aprestaban a lucirse en el hemiciclo, llegó la pandemia de la covid-19 al Perú. La gravedad de los acontecimientos hizo callar incluso a los más locuaces y pasaron a segundo plano, pero no sería por mucho tiempo.

Pasado el susto, el Congreso comenzó a hacerse notar, según su tradición, de mala manera. Mientras la pandemia desbordó el precario sistema de salud peruano y las medidas del Ejecutivo no llegaban a concretarse gracias al inepto aparato estatal que nos caracteriza históricamente, los sectores políticos que habían permanecido al acecho de la notoriedad, abandonaron su discreción y –todo indica- comenzaron a urdir estrategias para hacerse del poder.

Así, en medio de las críticas por la tardía e ineficiente distribución de bonos, la parálisis económica que algunos estimaron innecesaria y mal manejada, el colapso del sistema hospitalario y la desesperación general, ciertos congresistas, apoyados por partidos políticos de oposición, iniciaron su “operación vacancia”.

Primero estalló el escándalo de Richard Swing, orquestado directamente por el congresista arequipeño, Edgar Alarcón, de acuerdo a los testimonios de los involucrados. Así aparecieron en escena personajes indescriptibles como Karen Roca, Richard Cisneros y otros que rodeaban al entonces presidente. Y se promovió el primer intento de vacancia en el Congreso. Las resistencias a introducir un cambio dramático en plena pandemia, frenó a los promotores de la vacancia y la moción no fue aprobada en el Pleno.

Luego, cuando el tema “Swing” parecía algo desgastado, los vacadores recurrieron a su carta estrella: las acusaciones de sobornos supuestamente recibidos por Martín Vizcarra, cuando se desempeñaba como Presidente Regional de Moquegua. Seis colaboradores eficaces, ligados a las empresas Obrainsa e Iggsa, dan testimonio ante un fiscal Lava Jato de haber entregado dinero en efectivo a Vizcarra, a cambio de obtener la concesión de dos importantes obras: el proyecto de irrigación Lomas de Ilo y la edificación del Hospital de Moquegua. Esta vez, la votación fue mayoritaria a favor de la vacancia.

Mientras la ciudadanía aún no salía de su asombro por la rapidez de los acontecimientos, el deslucido presidente del Congreso, Manuel Merino, se hizo del poder, con tan poco disimulo de sus ansias, que despertó la ira popular, junto a sus cercanos Ricardo Burga y José Vega, entre otros. La bancada, supuestamente principista de Frepap, quedó como sumisa a la manipulación de su vocera, la exfujimorista María Céspedes: mientras que la bancada de APP, que anunció no apoyaría la vacancia, clavó el cuchillo sin remordimientos.

Fuerza Popular, que se había abstenido de apoyarla la primera vez, habría visto en esta ocasión la oportunidad de destituir a quien cerró el Congreso donde tenía mayoría. Y así, el país que no tenía vicepresidentes y lideraba el ranking de muertes en exceso por covid, se embarcaba en una aventura golpista; que despertó multitudes no vistas en las calles desde los últimos días del fujimorismo. El resultado: dos jóvenes muertos por la represión policial descontrolada. El gabinete Araoz que había juramentado pocos días antes, debió renunciar en pleno y Merino, acorralado, dio un discurso para el olvido anunciando su dimisión.

Solo 11 parlamentarios, entre los 130, actuaron con sensatez. Y ante la presión de las calles, que no toleraría como presidente alguno de los que quiso obtener réditos de algún tipo con la vacancia; se eligió finalmente a Francisco Sagasti, del Partido Morado.

La vacancia presidencial no es el único distintivo de este Congreso que –según muchos- ha resultado peor que el anterior. Durante su mandato se ha caracterizado por contradecir al Ejecutivo, por aprobar leyes inconstitucionales y por ceder a la tentación del populismo; como una estrategia de campaña para las elecciones generales de 2021, que ya habían sido convocadas por Martín Vizcarra antes de que lo vacaran.

Con el calendario electoral en marcha, partidos como el PPC y el APRA, no pudieron completar con éxito su inscripción electoral para congresistas. Por tanto, los pronósticos de desaparición de dos de los partidos más antiguos que registra actualmente nuestro sistema político se podrían hacer realidad. Acción Popular, otra de las instituciones del sistema partidario, está muy venida a menos por la actuación de uno de sus militantes, Manuel Merino.

Cerrando el año, la inscripción de listas al Congreso trajo, además, una sorpresa; la inscripción como candidato al Congreso, por el partido Somos Perú, del vacado expresidente Martín Vizcarra. Para algunos, es una estrategia para evadir las investigaciones sobre las acusaciones de coima que pesan sobre él; mientras que para otros es un factor desestabilizante del escenario político, pues asumen que obtendrá una votación tan notoria que modificará las predicciones sobre las demás agrupaciones políticas. Eso explicaría la lluvia de recursos y tachas que ya están presentando otros partidos contra su postulación.

En tanto, solitario como es el poder, el presidente de transición Francisco Sagasti, es blanco de todo tipo de críticas; y los conflictos sociales amenazan su precaria estabilidad y capacidad de maniobra. El Tribunal Constitucional, que evitó pronunciarse sobre la procedencia de la vacancia por incapacidad moral permanente; habría colocado un espada de Damocles sobre su cabeza, con su “lavada de manos”. Y todo en medio del advenimiento de una segunda ola de coronavirus, como las cifras del MINSA lo pueden corroborar.

Que el 2021, no nos sorprenda (más).

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