Berly Núñez, un cirujano sin límites

"Berly Núñez Monar fue un médico arequipeño que trabajó en Navarra desde 1975. Aunque era un artista de la cirugía, antes que médico era un conversador"

Sociales El Búho
Médico arequipeño Berly Núñez

Berly Núñez Monar, un hombre de mundo abierto, curioso, sin límites. Ejerció de médico en un ambulatorio de Pamplona, en la guerra de Yugoslavia y en cualquier lugar, gracias a su maletín de piel negro: el botiquín. Falleció a los 77 años el sábado 27 de febrero en la cama acompañado de sus hijos.

TEXTO: Victoria De Julián Zulategui

FOTO: Cedida de la familia

Javier recuerda el susto que se llevó un día cuando llamó a la puerta de casa un hombre con la cara llena de cicatrices. Preguntaba por su padre.

—¿Está el doctor Berly Núñez?

—No, ahora no está.

—¿Y le puede dar un recado? Venía a darle las gracias: me salvó la vida.

El doctor Berly Núñez Monar era un médico del ambulatorio Doctor San Martín y del Hospital San Juan de Dios de Pamplona. Nació el 30 de noviembre de 1943 en Arequipa, al sur de Perú. Sus padres, Antonieta y Pancho, se empeñaron en que él y sus seis hermanos estudiaran en la Universidad. Berly comenzó Medicina en Arequipa pero por las huelgas y conflictos políticos de los años 60 en Perú quiso acabarla en España. En 1975, después de dos años de estudio y un mes limpiando barcos en un astillero de Suecia para pagarse la carrera, Berly terminó Medicina en Zaragoza y se mudó con su novia, Nieves, a Tudela.

Berly también trabajó en Navarra durante veinte años como médico en la plaza de toros de las fiestas de Tafalla y el hombre de las cicatrices era un torero que se llevó una cornada en la cara como la de Padilla. Berly le salvó la vida y además le dejó la cara guapa, porque sus faenas de cirujano eran obras de arte. “Era muy minucioso”, apunta su hermana Bessy. Ese cuidado lo ponía también en sus maquetas de trenes y en sus dibujos. Javier recuerda que cuando su padre fue profesor de anatomía en la Escuela Técnica Industrial de Tudela, hacía dibujos de músculos a boli que parecían fotos. Berly fue un médico que operaba con el mimo de un artista y un artista que dibujaba con el rigor de un cirujano. Por eso tenía buena letra.

“Firmaba como un actor de cine, su letra parecía un dibujo”, se ríe su hermano Estanberly. El abuelo Pancho fue maestro de primaria y enseñó a sus hijos y nietos a cuidar la caligrafía. Y también fue quien eligió —y se inventó— esos nombres para sus hijos: Berly, Estanberly, Groverly, Yuberly, Bessy, Dimberly y Hemberly. En realidad, también tienen un nombre castellano: Berly Juan Andrés, Jorge Estanberly, Groverly Pompeyo, Julio Yuberly, Dimberly Juan. Ese nombre es en honor a un viejo amigo de Pancho: el tío Berly.

Pancho y Antonieta eran de Mollendo, un pequeño puerto al sur de Arequipa. Como en Mollendo no había opción de estudiar secundaria, Pancho se escapó de casa con 13 años y viajó solo a la ciudad para matricularse en un colegio. Por lo visto era tarde y se le había pasado el plazo. El profesor Juan Manuel Polar, muy querido en Arequipa, encontró al chico llorando y lo matriculó. Pancho contaba a la familia que el primer día de clase un niño le ofreció una silla a su lado: “Siéntate conmigo”. Ese niño se llamaba Berly.

El profesor Polar era hijo de otro famoso Polar, un político que impulsó la construcción del ferrocarril de Mollendo a Arequipa. Ese tren de vapor era el que Berly veía de niño desde la playa de Mollendo. Su afición por los trenes era tal que en el primer viaje que hicieron los hermanos a Perú, en la escala en Nueva York, Berly les llevó a una tienda de maquetas de trenes. Para viajar, se estudiaba antes el mapa de la ciudad a la que iba y llevaba consigo un maletín de piel negro: el botiquín.

Además de los trenes, a Berly le gustaba mucho leer. Javier confiesa que de pequeño solía entrar a su despacho, que era “como un altar sagrado”, y robaba algún libro. Los fines de semana, Berly ponía música en su despacho con el volumen fuerte para despertar a sus hijos –Javier, Arantza y Berly Joaquín—. Así es como Javier escuchó por primera vez a los Beatles. En el despacho había pilas de libros, una colección de casetes, una guitarra, un chelo, un banjo y una balalaica que Berly se trajo de un viaje a Rusia. “Lo que le gustaba era aprender. La curiosidad mató al gato, pues el gato es mi padre”, admira Javier.

En 1991 Berly y Nieves se separaron y un par de años más tarde Berly se fue de viaje a Split, Croacia. Junto a voluntarios de la cruz roja organizó un convoy de tres camiones para repartir medicinas en la guerra de Yugoslavia. Se metieron en medio de la contienda y les daban igual los bandos. Javier recuerda con orgullo que su padre también participó en la organización de una red de intercambio para que niños de Rusia pasasen el verano en Navarra y en la fundación de Perú Arte, que promociona música peruana en Navarra.

Estanberly avisa de que a Berly no le gustaba que le llamasen médico, porque era, ante todo, un conversador. Le gustaba escuchar y hablar de cualquier cosa. Pero, observa, no era extrovertido, sino muy reservado y modesto, sin ínfulas de médico. Estanberly ríe al contar que Berly fue a la farmacia a por las quince pastillas que tomaba al día y escuchó durante veinte minutos la explicación de las farmacéuticas hasta que por fin informó de que era médico.

“La diabetes se lo comió”, lamenta Estanberly. Después de dos años entre hospitales y residencias, Berly murió a los 77 años el sábado 27 de febrero en la cama acompañado de sus hijos y con las dos vacunas contra la covid puestas. Estanberly recuerda que una de sus últimas conversaciones con él fue sobre física cuántica: a Berly, si no hubiese sido médico, le habría gustado ser astrofísico y tenía una teoría sobre los agujeros negros. Un día en que estaba muy cansado para hablar, Estanberly puso al azar una canción de Charles Aznavour y Berly intentaba arañar esas palabras francesas con los labios. “No tenía límites”.

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