“No hay nada que puedo hacer por ti”, crónica finalista del IX Concurso Literario

Crónica Letras El Búho

Esta obra es una de las cinco finalistas de la categoría Crónica, del IX Concurso Literario El Búho. «No hay nada que puedo hacer por ti» fue premiada con un diploma en diciembre de 2020.

El autor, Jorge Malpartida Tabuchi, escribió este Crónica bajo el Seudónimo: Genkidama.

Finalista de Crónica

Jorge Malpartida Tabuchi (Arequipa, 1990). Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional de San Agustín. Autor del libro “Patato. El goleador humilde que miraba al frente”, un perfil periodístico sobre Eduardo Márquez, el ídolo del FBC Melgar. Co-conductor del podcast de política y humor “El Mal Menor”. Labora en Lima para El Comercio. Esta crónica está dedicada a las familias que perdieron a un ser querido durante la pandemia y luchan con coraje para superar el duelo.

Crónica: «No hay nada que puedo hacer por ti»

A Eusebio Ramos le hubiera gustado que velaran su cuerpo en la canchita de fútbol de su barrio El Mirador, en Moquegua. Ahí, en ese terreno en donde sus hijos jugaban con los vecinos las tardes de verano, hubiera querido que sonaran las danzas de su pueblo natal en el altiplano de Puno y, luego despidieran sus restos con el himno de Alianza Lima, el club del que era hincha él y su familia. “El balcón de su cuarto daba justo frente a la canchita, desde ahí miraba todos los partidos como si fuera la butaca de Maradona en La Bombonera”, cuenta Diego Ramos, el menor de sus tres hijos. Pero su funeral soñado nunca ocurrió. Falleció durante esta pandemia que ha impuesto los sepelios a distancia y sin tumultos.

El 28 de agosto, Eusebio, de 68 años, murió de COVID-19 en el Hospital Regional de Moquegua. Nunca pudo entrar a una cama UCI. No era un candidato idóneo por su diabetes y problemas cardíacos. Murió esperando que lo conectaran a un respirador mecánico.

Incumplir este último deseo no es la única frustración de Diego: él siente que pudo haber hecho mucho más. Quizás si hubiera estado en Moquegua en esas fechas, y no en Arequipa, a 220 km de distancia. O si hubiera tenido más contactos en el hospital. O si su papá no se hubiera contagiado en ese mes de agosto en que las muertes por COVID-19 se sextuplicaron en la región. Hasta la tercera semana de julio, habían muerto apenas 69 personas por la enfermedad, pero en cinco semanas la cifra llegó a 413, según la Gerencia Regional de Salud. La letalidad del virus por esos días era una ruleta perversa: fallecían 4 de cada 100 infectados. ¿Si no hubiera pasado todo eso su papá estaría vivo?

Ahora, dos meses después, esas preguntas ya se han disipado. Perder a su mamá cuando era niño le ayudó a Diego a asimilar esta segunda muerte. El dolor le llegó esta vez de adulto. Sin embargo, no deja de pensar en que le ha fallado a quien siempre estuvo ahí para él. “Mi papá tenía las manos abiertas para ayudar. Cuando necesitabas algo, te ofrecía todo lo que podía”, cuenta.

La recompensa a su buen corazón llegó en esos días de agonía. Una semana antes de que muriera, Diego, junto a su hermano mayor, le trajo a su papá un balón de oxígeno de Arequipa. Tuvieron que contactar a una persona que alquilaba generadores de oxígeno para rellenar el recipiente. Debido a la demanda, usar estas máquinas por 8 horas costaba S/1,000. Cuando el proveedor llegó a la casa, la reconoció y les dijo que solo les cobraría el 10%. Apenado, les contó que años atrás, Eusebio le alquiló esa vivienda a su familia, en una época en que su padre no tenía dinero. “Vivíamos aquí gratis y el señor Ramos solo le cobraba la luz a mi papá”, recordó.
Hay otra historia que regresa a Diego durante su duelo.

Días después de que su mamá falleció, su papá lo obligó a jugar en un torneo de fútbol. Era una tarde lluviosa de 1999 en Arequipa y Diego, que aún seguía triste, no quería ir, pero su papá insistió en que debía distraerse. Cuando estaba por terminar el partido Diego entró a la cancha y, tras correr por una de las bandas, mandó un centro que produjo el gol del empate. Todos lo cargaron en hombros, y, en ese momento, se sintió un campeón. Más aún porque su papá decía con orgullo en las graderías que el estratega del gol era su hijo. Pese al recuerdo feliz, a Diego le queda una espina, como cuando el rival anota en los descuentos. “Carajo – dice impotente – y, esta vez, yo no pude hacer nada por él”.


II

Antes de que le avisaran que su papá había muerto en el hospital por COVID-19, en la radio del automóvil de José Eduardo Rodríguez sonaba “Mi forma de ser”, la canción interpretada por Bárbara Toledo que se ha vuelto viral en TikTok durante la pandemia. “Que digan lo que quieran de mí / ¿Tú no crees que yo sé que hablan de mí?/Qué me envidian y tienen mano pa’ mí/Qué digan lo que quieran de mí”. Ese estribillo le recordó a su papá: un hombre alegre que usaba la música y el canto para caerle bien a los demás. “Vivo a mi manera, nadie me controla/Y por nadie yo voy a cambiar”. Luego de oír eso, se puso a llorar.

Tomás Eduardo Rodríguez, su papá, era un economista que hubiera preferido ser guitarrista o cantante. Era una enciclopedia de la música criolla que se convertía en el alma de la fiesta en cualquier lugar. “Su vacilón era grabarse con el celular mientras tocaba un vals y luego mandarlo por WhatsApp a sus grupos de amigos. Le llenaba de alegría que le hicieran barra por sus dotes artísticas”, dice José Eduardo.
Ese 10 de agosto a las 3:45 p.m., tras recibir la noticia por teléfono, José Eduardo siguió manejando hacia su casa en Tahuaycani y, junto con el dolor, sintió una especie de paz: luego de semanas de estrés, la tensión se liberaba. Recordó que su papá había estado diez días entubado en una cama del hospital Carlos Alberto Seguín Escobedo (CASE), el principal centro de la seguridad social de Arequipa.

Cuando una persona está conectada y se le suministra oxígeno medicinal, su corazón se sobre exige, como si corriera una maratón interminable. Mientras más días pasan, los daños en los órganos se agravan. El tubo que ingresa a la tráquea para llevar oxígeno al cuerpo también deja lesiones. Su papá, que alguna vez audicionó para el programa “Yo Soy” como imitador de Lucho Barrios, no iba a poder cantar de nuevo: solo el 30% de sus pulmones estaban operativos.

Días antes de que pudieran conectarlo a un respirador padecieron el colapso de los servicios de salud pública. Tomás esperó en una carpa a la intemperie a que se liberara una cama en el CASE. Pese a estar asegurado, nunca fue atendido por el personal y recibía por videollamada el tratamiento de un médico particular. Las penurias siguieron cuando ya estaba internado: su cuerpo empezó a rechazar el respirador mecánico porque ya no había midazolam, la droga que lo mantenía sedado mientras recibía ventilación asistida.

En esos días, José Eduardo, además de perder 4 kilos por los ajetreos, se sintió impotente: por una cuestión logística iba a morir su papá. Tuvieron que pagar casi siete veces más su precio para conseguir el insumo que había desaparecido de los hospitales de Arequipa, que en esas semanas estaba en el pico de contagios: al día había más de 600 casos. Un antiguo cliente de su papá, esos a los que convenció con sus encantos musicales, les ayudó a ubicar los fármacos en Lima. Los enviaron a Arequipa, pero su cuerpo no reaccionó a tiempo.

Los rituales para despedirlo no fueron menos exigentes: una de las desventajas de tener demasiados amigos es que, incluso cuando hay una pandemia, todos quieren presenciar tu partida. En pleno entierro, José Eduardo, tuvo que organizar desde su celular una reunión por Zoom para que quienes no podían acercarse al cementerio le dijeran adiós a su papá. Nunca llegó a hablar con él sobre cómo debía organizarse su velorio. Con 58 años, aún sentía que tenía mucho por vivir. Sin embargo, su hijo recuerda que hace 7 años, cuando murió su abuelo, Tomás sacó su guitarra y se puso a cantar con los invitados. La noche terminó en un jolgorio. “A mi papá – cuenta José Eduardo – también le hubiera gustado que su velorio fuera una fiesta, pero no se pudo”.

III

El 15 de mayo, cuando los infectados sumaban 1,709 en Arequipa, Carlos Perlacios colocó cintas de seguridad en la puerta del cuarto de su mamá para evitar que se contagiara. Esas tiras de plástico negro, que se extendían a lo largo del marco en forma de equis, eran una barrera para proteger a Eleuteria Cruz, de 78 años, que padecía un cáncer terminal en el cuello uterino. Carlos, el menor de sus ocho hijos, era el único que gateaba por debajo de esas cintas para llevarle alimentos o cambiarle de ropa. Salía del cuarto lo más rápido que podía, sin conversar ni abrazar a su madre que reposaba en la cama. “Mis otros hermanos la saludaban desde la puerta. La pandemia nos limitó en sus últimos meses de vida. No pudimos darle los cuidados que necesitaba”, cuenta.

La estricta cuarentena, con militares en las calles y el transporte público restringido, hicieron difícil conseguir las medicinas para su madre. Pese a las prohibiciones para circular, Carlos salía a pie de su casa en Paucarparta para buscar en las farmacias del centro las pastillas que aliviaban la hinchazón en los pies de su mamá. Esa era una de las tantas secuelas que el cáncer generaba en su cuerpo. Varias veces, los soldados le cerraban el paso y él tenía que mostrarles las fotos de su madre demacrada y con el pelo caído para que lo dejaran seguir.

Su enfermedad ya no era curable. Por esas fechas, la familia de Eleuteria, una ferviente devota de la Virgen de Chapi, se aferraba a un milagro. “Por ese apego religioso no asumí la situación y no me despedí como hubiese querido. Cuando entraba a su cuarto le decía: vas a estar bien, tranquila, te vas a curar. De eso sí me arrepiento”, dice ahora Carlos, quien como psicólogo sabe las implicancias de no decir adiós a tiempo.

Carlos recuerda que su mamá no era cariñosa, pero tenía otras formas de demostrar afecto: escuchaba sus problemas por las noches y, aunque ya tenía 35 años, no dejaba de decirle “Carlitos”. Con quienes no escatimaba su amor era con los animales callejeros que había ido rescatando en la última década. Llegó a tener cinco perros, tres gatos, cuatro gallinas y 15 cuyes.

Cuando ya le habían diagnosticado su enfermedad compró cuatro cerdos que criaba en unas granjas de la zona. Eleuteria acogía a animales desvalidos porque, según decía, le daban pena las criaturas que habían sufrido maltrato y abandono. Quizás le recordaban su historia: ella a los 12 años tuvo que dejar a sus papás en Puno para venir a Arequipa a buscar una mejor vida. Cuando ya estaba postrada en cama y la cuarentena total estaba en marcha, hizo que le trajeran a la casa al último de los perros que adoptó: Chocolate, un animalito que deambulaba hambriento por las chancherías de la zona. Ahora esta mascota consuela a su hijo: cada vez que Carlos lo alimenta o saca a pasear se siente menos solo.

Carlos sabe que ha evitado llorar la muerte de su madre, que ocurrió el 15 de junio. A esa actitud se le conoce en psicología como “conducta evitativa” y es un mecanismo de defensa emocional. Sin embargo, tarde o temprano tendrá que dejar salir ese dolor. “No lo voy a postergar más, si tengo que llorar lo haré. Cuando vaya a visitarla al cementerio ya no guardaré mis emociones”, dice. Más aún porque ha empezado a realizar consultas psicológicas en la posta de salud ubicada a unos 10 minutos del cementerio de Mariano Melgar, en donde descansa Eleuteria. Quizás ahora, luego de ayudar a otros que han sufrido pérdidas durante la pandemia, visite más el nicho de su madre para decirle, al fin, todo eso que el encierro le obligó a callar.
Noviembre, 2020.

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