Poesía: Paseo en un océano de hierbas zigzagueantes

Poesía El Búho

Trabajo ganador de la categoría Poesía en la VI Edición del Concurso Literario «El Búho», 2015. La autora es Doris Encalada

ganadora Poesía

Doris Encalada (Arequipa, 1986). Bachiller en Artes Plásticas (Pintura) y estudios en Ciencias de la Comunicación en la UNSA. Trabajó en diseño gráfico, diseño temático para interiores, stands y luego en escenografía para teatro en Arequipa. También fue profesora en taller de dibujo y de pintura en Ancash. Retornó a Arequipa el 2013. Intereses actuales: Arte Textil Altoandino

Seudónimo: Gertrud

Poesía: Paseo en un océano de hierbas zigzagueantes

Desempacando mi tristeza, escuchando al pasado como a una carta envejecida pero viva,
oliendo a las montañas desde este corazón de crisálida. Aún no encuentro nombre para
animal tan salvaje y tan tierno. Quisiera que alguien me ayudara a definirlo mejor, quisiera
que alguien me ayudara a descubrirlo sin temor y con alegría. Quisiera abrazarme a su
nombre y cantarlo a mi alma
Animal intenso, así debieron nombrarme al nacer.

Encantada en una montaña mágica, atrapada por los rumores del viento, por la sonrisa de
una cabra, por el respiro despierto de este extraño e incansable viaje hacia adentro.

Diáfana, viajando entre tus poros. Risueña, ante tus dudas, en singular viaje me hallo frente
a tus ojos, llena de luna, deseando que exprimas este deseo y te lo bebas despacio.
Walk with me, bajo huracanes que nos roben el aliento. Shine with me, señor de praderas.
Blow with me, acurruquémonos entre nubes, que el cielo se abra, se anticipe a todos los
textos sagrados y derrame sobre nuestra unión un beso celestial.
Te veo sonreír, te ves bien. Nadie es tan mágico y terrenal como tú. Nadie es tan normal
como tú. Pareces hecho de champa, me pregunto si son dos puquios los que me miran así o
si son dos arcoíris atravesándose entre tu mirada y la mía.

Alguien se detuvo en la puerta, miró hacia adentro, reclamó enmudecido un beso, sonreí,
me planté sobre mis raíces inmutables como siempre, pero su reclamo fue tan fuerte que
robó mi silencio y le di un beso.

El prisma de tu espíritu indomable refracta sobre mí partículas muy frágiles, quisiera
taparte un solo instante, rociarme de tus colores y arriesgarme.
La nostalgia me disemina toda.

Tu pecho, en llaga, peregrina ciego dentro de tu propia alma, inundando en vano las calles
con una torrencial procesión de lágrimas. Espero, en silencio, que todo el odio que bramo
contra el cielo desinflame, al fin, a este crónico corazón enfermo.

Atravesada por la distancia, comienzo a expeler al fin el aroma de los muertos.

Fúnebre, hermosa, suave, punzante, silencio, anarquía. Olor a melancolía inatrapable.

Me suenas no recordable, envenenando toda mi ternura y todo mi romance, corriendo
dentro de mí como música y carnada. Y yo escapando paralítica del oscuro bosque de tus
sábanas románticas.

Un verso estrangulado que pronto será muerto y sepultado exclama que al tercer día
resucitará entre odas poco loables, que subirá a los cielos y que desde allí habrá de
juzgarme con el peso de mi propia carne.
Muy suelta y resuelta voy corriendo libre otra vez. Hija de un eclipse entre una luna de
queso y un elefante blanco, padeciendo coqueta las mil miradas de las hojas de un árbol.

Un trabalenguas extraño se mofa dentro de mi boca cada vez que te hablo. Remolino
interminable diciendo que extraño al extraño que quiere que lo extrañe.

Estallo, rompo olas, me agito, me desplumo. No hay nada, el viento es amargo, los dardos,
la piel, en vano sacudo mi alma.

Un millón de veces cándida y desafiante, en rituales que silencian a los cuerpos nadan la
casualidad, el vapor, las lágrimas, los segundos, los falsos sueños, también.

Dulces sueños de recién nacida mujer, flotando fuera del útero salvaje de mi madre,
respirando colores, inhalando amor-temor. Espérame, yo también quiero verte nacer.

Eternamente sumergida en un océano de hierbas zigzagueantes quisiera vivir, abreviando
con puntos suspensivos mis últimos días. Eres una frase extinta que me duele y que navega
en este océano cada día, digamos que no te extraño, digámoslo, para ahogar aún más al eco
frágil de la falsedad, digamos que no me extrañas, digámoslo, para ponerle punto final a
nuestra soledad.

(Acabo de escribirle al pasado, aún no me responde, quizá no quiera recordar su futuro).

Iracunda y enferma, huelo a familia disfuncional, a urbe desperdiciada, a frasco de estrellas
fugaces, a espuma contra convulsiones sociales, a elefante dormido, a día nublado, a sueño
descomunal y decapitado.
Abro la maleta y gritan todos los recuerdos, se despedazan unos contra otros, salen
disparadas risas, mentiras, dulces y maldades. Y caen sobre el piso los cien mil porqués, se
lastiman solitarios, casi llorando, enredándose como espuma de dramático carnaval sobre
mis cabellos. Apresurada, herida, casi muerta, cierro la maleta para no ver tu rostro
desgarrado, para no dejarte huir.

Yo sufro de exceso de amor, de mordeduras y de ternuras. Me gustan los abrazos en espiral
acompañados de lindas palabras que seccionen mi piel, y nadar entre locas flores que
apunten sus feroces estambres hacia el sol. Y me ves así, cuestionando a las abejas,
extrañando al picaflor, esperando que aquella niña me libere pronto y me de muerte bella
sobre su brillante cabellera.

Yo bailo como las mujeres del bataclán, con los tacones lanzados al aire, con la auténtica
fricción de esta propia piel animal, exquisita y húmeda piel de barro, al son de un cardumen
de notas que me atrapan hasta convertirme en río agitado, arrancando estrellas a mi paso.
No hay más pletórico amor que este, alistarme cada mañana para ser preñada, para ser
parida, para justificar la rienda suelta del universo y alzarme al vuelo con toda mi
consistencia humana.

Un día vomité un poco de tinta y otro poco de sangre, corté algunas páginas de mi vida para
devorarlas y fui inalcanzable, pinté mis sueños y no se los regalé a nadie. Ese día retorné a
mis viejos 15 años de edad.

Antes del día en que ansiosa nos devore nuestra propia madre de barro, tejamos nuestro
amor en forma de flor, podando con nuestra pasión todos los mantos de la tierra, no habrá
más pletórica morada que esta.

Los poemas nacen por cesárea o por parto natural. Omnívoros por naturaleza, crecen, se
reproducen, no mueren.

Falta mucho aún para escribir un verso tibio y calmado, últimamente sólo he sabido
estrangular palabras que se cruzan por mi camino. Me pregunto si esta densidad nocturna
invadirá también a la próxima estación. Quizá para entonces este dulce musgo que lleva
creciendo tantos años desde mis pies hasta mis brazos, quizá no ahuyente más a los pájaros,
quizá no sea deleite sólo de caracoles y miriápodos, sino también de aves que con su vuelo
despierten a las flores y a los dulces frutos de este hermoso huerto humano.

Entre campos de compases que rimaban en zigzag por los aires, me quedé dormida al lado
de un pájaro. Acurrucada bajo sus plumas, desperté silbando una locura al cielo. El sol nos
acarició revelando tan solo el cuerpo de un picaflor emplumado por su propia flor.
Emprendimos viaje y jamás volvimos.

El Búho, síguenos también en nuestras redes sociales: 

Búscanos en FacebookTwitterInstagram y además en YouTube

Una respuesta a “Poesía: Paseo en un océano de hierbas zigzagueantes”

  1. Avatar Malena Alegre dice:

    Cuanta dulzura, fuerza, emociones diversa y belleza en la poesía de Doris, quien es una silenciosa y tierna persona (así la tengo en mi mente, hace pocos años, pero años que no tengo la dicha de encontrarme con ella.)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE