Segunda vuelta electoral: el debate en Chota

"La sola enunciación de esa promesa en Chota demuestra el desprecio que siente por el pueblo tras su sonrisa postiza cuando va en auto a barrios populares"

Columnista invitado
debate en Chota
Debate en Chota por la Presidencia

Fue el 1 de mayo, en la plaza de Chota, una pequeña ciudad de Cajamarca, con una población mayoritariamente campesina. El debate lo promovió Keiko Fujimori, pero Pedro Castillo señaló el lugar.

Tal vez, sus asesores de campaña le dijeron a la candidata del poder empresarial que en un enfrentamiento directo ella haría trizas al maestro de escuela. ¿Con qué elementos? ¿Con que currículum vitae? Esto no importaba. De entrada, ningunearon al hombre de pueblo, de raigambre campesina y trabajador. Y lo ningunearon, aferrándose al prejuicio de que la oligarquía blanca y sus adláteres blanquiñosos de la clase media limeña y su asimilada, son  superiores por naturaleza a cualquier “cholo˝ provinciano.

Y, con este desdén, cayeron en la trampa que ellos mismos habían tendido.

Primero, porque, el hombre del sombrero campesino, quizo mostrarles a los ciudadanos peruanos que las campañas y debates electorales no deben ser un privilegio de Lima; que hay que ir al Perú profundo, a los valles, planicies, montañas y selvas, a las ciudades y pueblos donde viven las mayorías y de donde ha salido la buena gente provinciana que reside en las urbanizaciones populares de Lima y otras grandes ciudades.

Segundo, porque el candidato del pueblo con palabras muy simples, pero dotadas de la elocuencia de un maestro de escuela, expuso a grandes trazos una parte de su programa, con un estilo nuevo, sincero y directo, en el extremo opuesto de la verborrea grandilocuente y vacua de los políticos tradicionales. Sólo cabía un resumen de cada punto en los cinco minutos que les dieron para cada tema.

Tercero, porque, frente al currículum del maestro de escuela y a la referencia a su familia y a sus hijos que asisten a escuelas públicas, la candidata del poder empresarial no atinó a decir de qué vive, ni a qué colegios privados van sus hijos y, por supuesto, no pudo negar que ella misma se mantenía en Estados Unidos y pagaba sus estudios universitarios (50,000 dólares por año por el derecho de estar allí más no menos de 10,000 dólares mensuales para vivir) con el dinero que le giraba su padre, extraído ilegalmente de las arcas del Estado peruano; nada de los delitos por los cuales se le procesa penalmente; nada de sus vínculos con la empresa brasileña y las empresas peruanas que le financiaron sus anteriores campañas electorales; una joyita inmaculada que se puso a gritar, achacándole defectos al maestro de escuela.

Por lo tanto, ¿quién ganó el debate en Chota?

En uno de sus arranques demagógicos, la candidata del poder empresarial llegó a afirmar que distribuirá el canon minero directamente entre la población.

¿Cómo?

Si, y lo dijo gritando.

Pregunta: ¿podría un presidente de la República disponer el reparto del canon minero a la población?

Veamos la Constitución del Estado. “Corresponde a las respectivas circunscripciones, conforme a ley, recibir una participación adecuada del impuesto a la renta percibido por la explotación de los recursos naturales en cada zona, en calidad de canon.” (art. 77º). “Son bienes y rentas de las municipalidades: 6. Los recursos que les correspondan por concepto del canon.” (art. 193º).

Las circunscripciones a las que la Constitución alude son las regiones y, por lo tanto, el canon es uno de sus recursos.

Esta mentira del tamaño del edificio más alto del Perú pinta de cuerpo entero a la candidata del poder empresarial, cuyo proyecto es mantener el sistema económico y social actual, sin cambios, con sus exclusiones, explotación y desigualdades enormes. Cree que a la población se le puede engañar, prometiéndole algo que nunca podría ni siquiera plantear ante las instancias pertinentes y, en primer lugar, en el congreso de la República donde su partido sólo tiene 24 representantes de 130. No hubiera podido ni nunca ha tenido la intención de hacerlo ni cuando su  partido contaba con 73 representantes en el congreso.

Como ya no puede regalar bolsas con alimentos y enseres electrodomésticos, cree que a la población de menores recursos y educación la puede engañar fácilmente. La sola enunciación de esa promesa en Chota demuestra el desprecio que siente por el pueblo tras su sonrisa postiza cuando va en auto a barrios populares.

He revisado varios periódicos y revistas y en ninguno he visto un análisis certero del debate en Chota, ni, mucho menos, de la mentira indicada. Los opinólogos y articulistas permanentes e improvisados para la ocasión que, se supone, deben de figurar en el presupuesto del poder empresarial; no se han referido para nada a aspectos como los indicados, que son esenciales. De uno y otro modo relievan a la candidata de la dinastía de la corrupción y minimizan al maestro de escuela.

A lo más, algunos tratan de situarse, guardando en apariencia la misma distancia frente a ambos, invitando al voto viciado o en blanco. Otros, desaforados, van al “terruqueo”, a la satanización del candidato del sombrero campesino y los líderes del partido Perú Libre, en consonancia con su campaña mediante carteles, emails, posts, etc. Aseguran que confiscarán las propiedades (no aclaran si sólo las de los ricos o también las de los pobres, ni qué harían con ellas). Y hay quienes se lo creen, los que harían bien en pedirle a un psicólogo que les mida el cociente intelectual. Para ellos, asoma el peligro rojo.

¿El peligro rojo?

En mayo de 2018, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, del Partido Socialista realizó una exposición en el Hotel de Ville (la Municipalidad) de cuadros y fotografías alusivos a la revuelta estudiantil de mayo de 1968 que hizo cambiar varios aspectos fundamentales de la educación; acabó con la universidad de los mandarines burgueses y les dio ciertos derechos a los trabajadores. Varios carteles mostraban los lemas de los universitarios de Nantèrre donde comenzó la agitación: “la imaginación al poder”; “no sean borregos”, “la belleza está en las calles”, “entreguen libros”, “no a la burocracia”, “poder popular”. Un cartel destacaba: “dejemos el miedo a lo rojo a las bestias con cuernos”, una breve y demoledora respuesta a la hablilla de la burguesía y sus periódicos, revistas y TV que decían algo similar a lo que ahora dicen sus homólogos en el Perú.

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