¿Un feminismo caduco?

"¿cuál de los feminismos nos sacaría del hoyo? Porque hoy los grupos feministas están tan fragmentados como las izquierdas y responden a sus apellidos: autónomo, popular, decolonial, intercultural, negro, indígena, cristiano, ecofeminismo, transfeminismo"

Quinta Columna

En medio del callejón sin salida que atraviesa la patria, tal vez a algunas jóvenes feministas les asalte la tentación de pensar que las mujeres hacen política de una manera “diferente y mejor que los hombres”; o que “más vale cuatro mujeres autoritarias que cuatro hombres autoritarios” (pp. 120 y 142), sin saber que fueron mitos que las mismas feministas se encargaron de refutar, según narra un libro reciente sobre la historia de su movimiento en el Perú(1). Y los escépticos responderían ¿cuál de los feminismos nos sacaría del hoyo? Porque hoy los grupos feministas están tan fragmentados como las izquierdas y responden a sus apellidos: autónomo, popular, decolonial, intercultural, negro, indígena, cristiano, ecofeminismo, transfeminismo…

Comentar el libro, no sólo es meter la cuchara en plato ajeno, sino que conlleva riesgos varios. De ahí las dudas y temores que presiden este texto. Si lo hago es por tres razones: primera, porque conozco a dos de las protagonistas y sé que a sus espíritus tolerantes les puede interesar conocer la reacción que suscitan sus palabras en un simple lector. Segunda, porque siendo un exmilitante de Izquierda Unida, siento que el tema me concierne y aunque tardía, vale la autocrítica por no haber seguido los debates de las corrientes feministas. Y tercera, -contra lo que afirma el título del libro – creo que las ideas de Maruja y Gina, siguen siendo actuales y pertinentes; a contracorriente del llamado “socialismo del Siglo XXI”, sectario, machista y xenófobo, cuya versión chola tiene hoy tanta tribuna entre nosotros.

El discurso y la teoría feminista han tenido tal expansión que en la clase media se ha instalado una cierta mitología alimentada por la prensa; a la que se le atribuye, por ejemplo, que la perspectiva de género en la educación signifique que a los niños se les vaya a enseñar que la homosexualidad es una opción libre a experimentar; o que el feminismo es uno solo y considera a los varones como un mal necesario y potenciales violadores.

Los machos izquierdistas de los años 70, asumíamos, a solas, la racionalidad y justicia del discurso feminista sobre la igualdad y hasta la necesidad de su liberación de la opresión patriarcal. Pero, en grupo (donde funciona la microfísica del poder), “la revolución política aún no comenzaba en casa” (p. 93) y más bien, lo tomábamos a broma (“estoy de acuerdo con la liberación femenina, pero, ¿por qué tiene que comenzar en mi casa?”). Al comienzo, los militantes vimos a las compañeras de la comisión femenina haciendo su chamba; luego las vimos como disidentes, sin llegar a ser vistas como adversarias. Pero es sorprendente encontrar que las feministas izquierdistas eran cuestionadas por su “doble militancia”; feminista y partidaria, al igual de la crítica que recibimos los católicos militantes en los partidos de la nueva izquierda.

La lectura de Cinturón de Castidad de Maruja Barrig, un libro de testimonios de mujeres de clase media, pensando su condición femenina, provocó en mí -todavía soltero- un repaso de lo que había sido la vida de mi madre; viuda a los 39, y sus esfuerzos para criar y educar a una hija adolescente y un niño, sin el arma de la educación formal. Y de cómo el amor materno y engreidor, no había podido librarme de los sutiles caminos que me condujeron al machismo. Y al parecer, tampoco, la ideología revolucionaria.

En privado, las admirábamos por su liberalismo sexual, aunque la revolución en ese terreno llegó recién en los años 90; pero hay que aclarar que la promiscuidad de la que la revolución bolchevique hizo gala, fue marginal en estas tierras. Por lo que separaciones, divorcios y arrejuntes de los zurdos, no superó el promedio del conjunto social, igual que hoy.

En el plano político, las seguíamos tomando a broma, cuando la noticia de Gina Vargas como candidata a diputada por Lima en el 85, fue recibida con el comentario entre los machos de IU “¿va Gina?”. Tal vez, si las hubiéramos tomado en serio, en los 90, Susy Díaz y su número 13 no habría sido lo que fue para los varones pobres y achorados; la imagen icónica que significó la banalización y el derrumbe de la institución de la representación política y, en particular, de la femenina.

Con la derrota del senderismo, vinimos a enterarnos que las mujeres habían sido mayoría en su mando central. Y no se les quebró la voz al ordenar matanzas de campesinos que consideraban un estorbo para sus planes. Pero también fueron mujeres las que encabezaron la lucha contra las desapariciones y la guerra sucia de las fuerzas armadas. Recordando esa dura etapa de nuestra historia Gina dice: “Todas vivíamos con miedo, no sabías en qué momento y dónde explotaría una bomba” (p. 126), mientras los varones teníamos que tragárnoslo y aún hoy, con la distancia de los años, ningún exdirigente lo admitiría. Sensibilidades y racionalidades diferentes que cruzan también los hemisferios cerebrales de mujeres y varones.

En medio de las crisis sucesivas de los 90, con Izquierda Unida fragmentada y las olas de ofensiva neoliberal, las feministas fueron las menos golpeadas. Mientras las del ala institucional (ligadas a ONG y la cooperación internacional) siguieron avanzando en su incidencia sobre el Estado y las políticas públicas; conquistando la cuota de género en las listas de candidatos a cargos públicos en 1997, otra fue la historia de las organizaciones femeninas populares; pues, según Maruja, Fujimori “chantajeó con alimentos a las responsables de comedores, si no iban a sus mítines no les llegaba la ayuda del PRONAA; (p. 126). Pero hay que recordar que algunas estuvieron de acuerdo con la política fujimorista de poner las AQV al alcance de mujeres pobres; antes de que cayeran en cuenta que muchas de esas esterilizaciones se hicieron de manera forzada.

Visto en perspectiva, me simpatiza ese feminismo del siglo pasado que trataba de entroncarse con la situación de sus hermanas, víctimas de la trenza de la dominación(2) y desde el activismo no dejaba de incidir sobre el Estado para arrancar políticas públicas en su favor. Ese feminismo que sacó la violencia machista de la intimidad para denunciarla como un peligro público y que la nueva generación abanderó desde el movimiento Ni una Menos y su lucha contra los feminicidios, agitando la conciencia nacional.

Pero también, el de Ana María Portugal que, en medio del auge del velasquismo, lo desnudaba sutilmente narrando la anónima historia de la señora que había tocado la puerta de su departamento para ofrecerle lavar su ropa. O el que remarca que el abandono de las madres por maridos irresponsables es una violencia generalizada que debe figurar junto a la reivindicación de los derechos sexuales y reproductivos en la agenda feminista(3).

Si en lo político, la ansiada meta de la paridad hombre-mujer en las listas de candidatos a las elecciones, colocan al Perú en la vanguardia, trae la cuestión: qué viene después de la paridad?; hay que convenir en que fue más bien fruto del cabildeo antes que una conquista sólida u orgánica de oleadas de la afirmación del derecho a la participación política femenina socialmente aceptada. Puede suceder, como le pasa a nuestra avanzada legislación laboral, que no tenga la esperada incidencia en la realidad, como lo demostraron los resultados de las elecciones congresales del año pasado . No es políticamente correcto decirlo, pero es cierto . ¿Será el fin de la historia del feminismo, en el sentido hegeliano? Mi sospecha es que no, pero ¿sentirán lo mismo las feministas de hoy? ¿Cómo hacer para que crezca el número de mujeres elegidas en cargos públicos, comprometidas con el discurso básico del feminismo?

Barrig se pregunta “¿dónde queda el compromiso político o la demanda de acción pública en relación con la pobreza?” (p. 124) y cree que “fortalecer el movimiento no puede ser un fin en sí mismo” (p. 167). Hay que recordar que la lucha contra la pobreza unió en frágil e intermitente frente, a mujeres y varones proletarios (en su sentido más amplio); y de la clase media progresista, desde que a González Prada lo ideó hace más de cien años, logrando las grandes conquistas sociales del siglo. Debemos trabajar por reconstruirlo, para erradicar la pobreza y lograr la igualdad plena de derechos y de trato para las mujeres en sus derechos sexuales y reproductivos; así como los de las minorías sexuales LGTBIQ.


(1) “Dos feministas del siglo pasado: Maruja Barrig y Gina Vargas. Conversaciones con Violeta Barrientos Silva”. Pesopluma, Lima 2021.

(2) Feliz formulación de Marfil Francke, que no recibió la atención que merecía, cuando miradas e hígados estaban concentrados en “la trenza” de Ricardo Letts; quien, en la Asamblea Nacional Popular del 87, propuso la táctica de combinar la lucha sindical, gremial, económica, con la lucha política en el escenario legal y la autodefensa contra las fuerzas armadas.

(3) El Registro de Deudores Alimentarios Morosos que impide el acceso a puestos públicos a quien figure en él, es un avance real y eficaz; y fue propuesto por la congresista Rosario Sasieta, quien difícilmente será reconocida como representante de sus posiciones por las feministas de ayer y de hoy.

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