Informales hasta la médula

"Somos informales en los contratos, los negocios, los acuerdos, la política, lo cultural, lo institucional, lo laboral, lo profesional, la alimentación, el transporte, lo educativo, lo familiar, etc."

Enfoque alterno
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Es un lugar común, una verdad contundente, cosa conocida, todos lo saben. Vivimos en una sociedad informal. Y no solo en el ámbito económico o tributario, que es el más visible y estudiado. Somos informales en los contratos, los negocios, los acuerdos, la política, lo cultural, lo institucional, lo laboral, lo profesional, la alimentación, el transporte, lo educativo, lo familiar, etc.

No hay espacio social que se libre de prácticas informales. Incumplir normas, pasar por alto requisitos, evadir responsabilidades, cumplir tareas a medias, sacarle la vuelta al reglamento. Nuestra convivencia se construye y desenvuelve en la astucia del incumplimiento y el aprovechamiento de las circunstancias.

En su momento, Hernando (de) Soto creyó que la informalidad económica de los ciudadanos emergentes podía transformarse y convertirlos en empresarios exitosos. Que el problema eran las trabas burocráticas del Estado que empujaban a la informalidad. Pasado el tiempo se comprueba que solo era un factor. Y que la informalidad no es solo un asunto de los pobres. Los medianos y los grandes también sacan jugosas ventajas del incumplimiento y la irresponsabilidad. Es decir, la informalidad es sistémica, atraviesa todas las capas sociales y todo tipo de actividades.

Ser informal es una declaración silenciosa e inconsciente de desprecio por el país y por los otros. La sociedad informal es la jungla de la astucia y la viveza. La informalidad es el ritual cotidiano de la transgresión y la pendejada. El mundo de lo bamba y de lo que pícaramente oculta lo bamba.

La desgracia no solo es que lo sabemos, lo aceptamos, lo consumimos y lo callamos. Sino, que muchos sujetos que encarnan ese pervertido espíritu gozan de nuestra admiración y hasta votamos alegremente por ellos. Ese gran mundo de la informalidad (ojo, no solo económica) tiene sus altos exponentes, sus ejecutantes virtuosos y sus aplicados seguidores que, día a día, reproducen la maquinaria del incumplimiento.

Del otro lado de la vereda, tenemos al conjunto de los que cumplen con las formas y las leyes, son un menor número de ciudadanos, y no solo son los que pagan impuestos y respetan los procedimientos formales de la convivencia. Hay un fondo ético valioso en esos conciudadanos que visto en profundidad son los peruanos que merecen nuestra atención, respeto y mayor visibilización pública. Pocos pero son. Más allá de los pendejeretes que se enseñorean en organizaciones, medios y redes, detengámonos en los ciudadanos y grupos que con su esmerado y prolijo trabajo son el ejemplo que necesitan las futuras generaciones.

Ciertamente la informalidad no se superará solo con encomiar la labor de las personas honestas, pues se trata de un problema sistémico y estructural, que requiere correcciones colosales en lo legal, lo educativo y lo cultural, pero debemos seguir trabajando por buscar estrategias diversas para darle la batalla al cáncer de lo informal: perverso bastión de la injusticia.   

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