Los hijos: ¿derecho o responsabilidad?

"Los hijos no deberían verse como una pertenencia de los padres; que son traídos a la vida para satisfacer las necesidades emocionales, sociales y/o biológicas de sus progenitores; sino, como una honda responsabilidad de criar personas de bien"

Trocha urbana

“Con mis hijos no te metas” es, quizás, una de las frases con mayor impacto propagandístico de los últimos años. Es clara, directa, apela a las emociones y está relacionada con algunos de los valores más ensalzados de nuestra cultura: la maternidad y los hijos. Pero, su eficacia comunicativa no tiene un correlato, necesariamente, con la ética de su contenido, como suele suceder con gran parte de los mensajes de campaña “efectivos”. Como se sabe, esta frase se convirtió en el nombre de un colectivo de padres de familia que se opone a la inclusión del enfoque de género en la currícula escolar y que, finalmente, se salió con la suya con la promulgación de la ley que les da autoridad -por encima del Estado y los educadores- a decidir sobre los contenidos que se impartirán en los colegios.

En primer lugar, cuestiono el sentido ético del nombre por el mensaje que encierra: solo a los padres concierne la educación de los hijos. Y esa aseveración es falaz, pues el resultado de aquella educación no afectará solo a los padres, sino a la sociedad en su conjunto. Un varón criado en el machismo se convierte en un potencial agresor de mujeres, por ejemplo; un menor instruido en el facilismo será un holgazán en potencia y así.

Entonces, decir “con mis hijos no te metas”, implica que los hijos de todos queden en riesgo; porque nadie garantiza los principios que los padres impondrán -sin ningún contrapeso-, en sus casas. Por ello, una de las funciones reconocidas históricamente al Estado ha sido velar porque las escuelas se conviertan en un centro de socialización que neutralice posibles antivalores del entorno familiar y de la sociedad; y genere valores que permitan un desarrollo social armonioso. No pretendo desmerecer el rol protagónico de la familia, pero no está demás cuestionarnos su efectividad a la luz de la sociedad violenta que vivimos; el cual, según las estadísticas, se engendra en el hogar.

Los padres no se convierten, por arte de magia, en sabedores de todo y dueños de todas las verdades universales por el solo hecho de engendrar o criar a un vástago ¿o sí? De allí que no se pueda pretender que solo de ellos dependa la formación de los futuros ciudadanos en la escuela; además, porque en lo que va de nuestra vida republicana, ninguna ley ha impedido a los padres impartir sus enseñanzas en el hogar. A esta situación, debemos añadir el hecho de que, en la práctica, el mercantilismo de la educación ya había convertido a los padres de familia en los principales decisores de lo que se hace en los colegios; debido a su calidad de “clientes”. Ejemplo de ello es el sesgo preuniversitario que tienen tantos colegios en el Perú, debido a la demanda y exigencia de los padres de familia.

El segundo cuestionamiento que planteo a la frase “con mis hijos no te metas” es el contexto en el que fue acuñada. Al parecer, el impulso de protección a los hijos surge frente un supuesto “plan de homosexualización”. Por un lado, esto quiere decir que existen padres de familia que consideran posible que sus menores se “conviertan” en gays, por el hecho de que reciban instrucción sobre derechos humanos relacionados con la identidad y orientación sexual. En otras palabras, se trasluce prejuicio y desconocimiento. De otro lado, se observa que el temor de los padres hacia el tema de la homosexualidad es mayor al que desatan otras amenazas; que se ciernen históricamente sobre sus hijos. Contra la violación de menores socapadas por iglesias, por ejemplo, no se ha ejercido ningún tipo de protección tan expresa como frente al falso “plan homosexualizador”.   

Tener hijos se ha entendido tradicionalmente como un derecho más que una responsabilidad, y debería ser todo lo contrario. Los hijos no deberían verse como una pertenencia de los padres; que son traídos a la vida para satisfacer las necesidades emocionales, sociales y/o biológicas de sus progenitores; sino, como una honda responsabilidad de criar personas de bien que contribuyan al desarrollo de toda la comunidad.

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