Océanos de trigo, arma de guerra

Problema y posibilidad

Gran parte de los agricultores de Jerson, una zona del suroeste de Ucrania ocupada por tropas rusas casi desde que comenzó la guerra, ha denunciado el saqueo de los depósitos de trigo y el robo de la maquinaria agrícola y tractores por parte de los soldados. Así, muchos de sus trabajadores han huido o se han enrolado en el ejército. Los que se han quedado tienen que llevar cascos y chalecos antibalas para laborar en campos. Con el aumento de las temperaturas, el estallido de una carga explosiva puede desatar fuegos incontrolables en las praderas de las tierras negras (chernozem), las más productivas del
mundo.

Kiev acusa a Moscú de querer destruir su agricultura robando y destruyendo maquinaria y granos, bombardeando explotaciones y bloqueando sus puertos. Sin ingresos por exportaciones, la falta de liquidez asfixiará a una agroindustria capaz de alimentar a 400 millones de personas al año. En Lugansk, en un solo depósito de grano el fuego ruso destruyó 17.000 toneladas de trigo, suficientes para dar de
comer a 300.000 personas durante un año. Según el ministro de Agricultura de Ucrania, Mykola Solsky, los rusos han confiscado entre 440.000 y 500.000 toneladas de grano. La mayor parte, según Financial Times, se dirige a Crimea y de ahí, en barcos de bandera rusa, a Siria, donde se pierde su rastro.

Vladímir Putin cree que puede forzar a claudicar a Ucrania explotando el temor de la comunidad internacional a una crisis alimentaria global. La mayoría de hogares en los países de bajos ingresos gasta en comida la mitad de sus ingresos. En Egipto, por ejemplo, el pan proporciona el 30% de las calorías.

«Putin cree que puede forzar a
claudicar a Ucrania explotando el
temor de la comunidad
internacional a una crisis
alimentaria global»

El World Food Program de la ONU compra a Ucrania la mitad del trigo que envía a países con diversos grados de estrés alimentario. Desde enero, el precio del trigo ha subido un 78%, hasta los 438,25 euros la tonelada, pulverizando todos sus récords históricos. Alrededor de 28 millones de toneladas de maíz y trigo están inmovilizadas por el bloqueo naval ruso. La alternativa –camiones y trenes– solo pueden transportar una fracción del grano que salía por Odesa o Mariúpol. Así, en 2021, unos 899 millones de toneladas de mercancías atravesaron los Dardanelos, un 70% de las 1.270.000 toneladas que cruzaron el
Canal de Suez.

Desde tiempos remotos, los asedios por hambre son habituales en la estrategia de los ejércitos invasores, como bien sabe Putin. Sus padres sobrevivieron al de Leningrado, entre enero de 1943 y enero de 1944, cuando los alemanes intentaron rendirla dejándola morir de inanición. En la reciente reunión del G7 en Weissenhaus, Annalena Baerbock, ministra alemana de Exteriores, acusó a Rusia de desatar una “guerra del grano”. Los cultivos de cereales, dijo, son un instrumento esencial de la “guerra híbrida” de Putin, no una mera víctima colateral.

Para Ucrania es un déjà vu. En los años treinta, para acabar con los nacionalistas y los kulaks –los agricultores que rechazaban la colectivización de sus tierras–, Stalin ordenó incautar sus cosechas de trigo. El Holodomor (en ucraniano Голодомор, literalmente matar de hambre) se cobró cuatro millones de vidas entre 1932 y 1934, según escribe Timothy Snyder en Bloodlands (2012). Así, en 1941, Ucrania fue el objetivo prioritario de la operación Barbarroja, que quería convertir las estepas pónticas en el lebensraum (espacio vital) del herrenvolk ario.

Orígenes del pan

Algunos geólogos especulan con la idea de que el mar Negro se originó en una inundación del 5.600 a.C. que podría estar en las raíces de la leyenda del diluvio universal. La Cólquida, en la actual Georgia, era el fin oriental de la ecúmene griega. Plinio escribe en sus crónicas que cuando los romanos llegaron al Cáucaso, necesitaron 134 intérpretes para poderse entender con sus habitantes.

Desde entonces, en torno a sus costas convergen civilizaciones e imperios que nunca han dejado de disputarse su dominio. En 1914, en una de las primeras acciones bélicas de la Gran Guerra, dos acorazados alemanes de bandera turca bombardearon Odesa, el puerto que Catalina II mandó
construir en 1791 para alimentar a Europa con trigo y cereales ucranianos.

En su actual litoral tienen costas Rusia, Ucrania, Georgia y miembros de la OTAN (Turquía, Rumania, Bulgaria) y la Unión Europea (Rumania, Bulgaria), lo que explica, en parte, que desde el fin de la guerra fría hayan estallado una decena de conflictos armados en o cerca del mar Negro: el de Transnistria, las dos guerras chechenas, las invasiones rusas de Georgia, Crimea y Ucrania, y las dos guerras entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj, entre ellas.

«Los griegos llamaban a los puertos
que se especializaban en secar y
almacenar grano ‘emporions’, la
raíz etimológica de imperio»

Con esos antecedentes, es difícil pensar en un libro con mayor don de la oportunidad que Oceans of Grain. Su autor, Scott Reynolds Nelson, profesor de historia de la Universidad de Georgia, presenta un alegato persuasivo sobre la importancia de la producción, almacenamiento, transporte y comercio del
trigo en el auge y la caída de los grandes imperios. La historia de Nelson comienza alrededor del 10.000 a.c., en las estepas pónticas y centroasiáticas que surcaban las rutas de los chumaki, guerreros y comerciantes de grano nómadas.

Recientes investigaciones arqueológicas han descubierto en el Creciente Fértil, cerca de la actual Jordania, restos de pan, horneado y fermentado con levadura, de al menos 14.400 años de antigüedad, lo que muestra que es más antiguo que la escritura, las ciudades y la domesticación de la mayoría de los
animales. Así, los chumaki terminaron alimentando con su grano Atenas, Esparta, Rodas, Micenas y Tebas y las islas del Egeo. Los griegos llamaban a los puertos que se especializaban en secar y almacenar grano emporions, la raíz etimológica de imperio.

Las llaves que abrían las puertas a los océanos de trigo las tenía Bizancio, la ciudad sobre el Bósforo que los romanos llamaban el “ojo del Universo” y que Constantino rebautizó como Constantinopla en 330 d.C. La nueva Roma dominó las rutas entre Europa y Asia hasta que en 1453 cayó en manos de los osmanlíes, islamizados en Anatolia, y con ella sus gigantescos graneros (horreum), antecesores de los bancos modernos.

Entre otros personajes que presenta bajo una luz nueva – Lincoln, Lenin, Bismarck…–, Nelson se detiene sobre todo en Catalina II que en 1768, inspirada por las teorías fisiócratas de François Quesnay y Jacques Turgot, conquistó de manos polacas las regiones al norte del mar Negro para contar con el
trigo con el que alimentaría a Europa a través de Odesa, que ordenó fundar cerca de las ruinas del emporium griego de Odessos. Winston Churchill planeó la batalla de Gallípoli, librada entre febrero de 1915 y enero de 1916, para tomar el control del Bósforo y los Dardanelos. Londres y París
también habían prometido a Moscú que, tras la guerra, le entregarían Estambul; ciudad que Rusia llevaba intentando conquistar desde hacía cuatro siglos para rebautizarla como Tsargrad.

El ‘gran visir’

El personaje más fascinante de la historia que narra Nelson quizá sea Alexander Israel Helphand (1867-1924); periodista, escritor marxista políglota y exitoso empresario nacido en Kuban (Bielorrusia) y educado en Odesa. Conocido por su pseudónimo Parvus, en 1917 ayudó a Berlín a enviar a Lenin en un tren blindado a la estación de Finlandia en San Petersburgo; para forzar un cambio de régimen en Moscú que sacara a Rusia de la guerra. Las condiciones eran más que propicias.

En octubre de 1915, más de medio millar de las 659 ciudades rusas sufrían hambrunas. Parvus sostenía en sus artículos y libros que el comercio de grano, uno de los negocios que le hizo rico, había precedido y forjado a los imperios, por lo que también podía quebrarlos. Durante las guerras balcánicas, Parvus contrabandeó armas y grano para ayudar al Imperio Otomano a vencer en Gallípoli. Recientes series de televisión en Turquía (El último emperador) y Rusia (Trotski) presentaron a Parvus como el “gran visir” de una conspiración judía mundial para crear un Estado judío en Palestina.

La creación del mundo moderno

Nelson sitúa en el siglo XIX, al que dedica el grueso del texto, el origen de las grandes compañías agroalimentarias –Andre (Lausana), Bunge (Amberes), Continental (Nueva York), Cargill (Mineapolis), Dreyfus (París)– que todavía hoy siguen dominando el sector. Así, el episodio clave de la saga es la derrota de los confederados en la guerra de Secesión. Los Estados abolicionistas consideraban el esclavismo un modo de producción arcaico e incompatible con el desarrollo industrial, al propiciar desigualdades extremas y frenar el crecimiento de las clases medias, que florecían en las prósperas y populosas ciudades del norte.

Unos 90.000 esclavistas, el 1% de la población, eran dueños de las tierras más valiosas, lo que explica que Marx viera en victoria unionista el triunfo de la burguesía contra la aristocracia reaccionaria.

Entonces, para alimentar a sus tropas, el gobierno de George Washington construyó una red ferroviaria continental que tras la guerra sirvió para llevar el trigo del Medio Oeste a Liverpool, Amberes y Rotterdam. En 1863, Peter Watson y David Dows crearon en Chicago un mercado de futuros que redujo los costes y riesgos del negocio, impulsado además por la ampliación de los puertos con las recién inventadas dinamita y nitroglicerina y los fertilizantes artificiales.

«Entre 1868 y 1872, el precio del
grano en Europa cayó casi un 50% y
otro 40% más entre 1870 y 1900,
liberando energías y capitales que
aceleraron la industrialización y la
urbanización en el continente»

Entre 1871 y 1880, el valor de las exportaciones norteamericanas de alimentos a Europa aumentó un 611%. Mientras Odesa podía exportar un millón de toneladas de trigo al año, en 1871 Nueva York lo hacía cada mes. Como resultado, entre 1868 y 1872 el precio del grano en el Viejo Continente cayó casi un 50% y otro 40% más entre 1870 y 1900, liberando energías y capitales que aceleraron la industrialización y la urbanización en Europa occidental. Entre 1845 y 1860, París, Londres, Liverpool, Amberes y Ámsterdam duplicaron su tamaño.

El grano importado se hizo tan barato así que los gobiernos europeos pudieron gravarlo con impuestos que sirvieron para financiar armadas y expandir imperios coloniales. Para no regresar vacíos a EEUU, los barcos acondicionaban sus compartimientos de trigo para llevar emigrantes europeos, unos 40 millones en 40 años.

En 1783, James Madison presidió una comisión que recomendó al Congreso una lista de libros de humanidades –historia, geografía, política, economía, derecho–; habían formado los primeros fondos de la Biblioteca del Congreso, creada en 1800. Hoy alberga 158 millones de documentos en 470 idiomas, incluyendo una de las cuatro copias de la Biblia de Gutenberg y la declaración de Independencia de 1776. Oceans of Grain cubre casi cada uno de los asuntos de interés que señaló Madison al Congreso.

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