Historias de Arequipa: de la mariscala a cuatro arequipeñas de fuste

"La historia siempre se ocupa de los inquilinos del Palacio de Gobierno, pero casi nunca de sus consortes o esposas. Se piensa que ellas, que no han sido elegidas por la ciudadanía, deben permanecer en las sombras"

Historia
la mariscala en Arequipa

La historia del Perú o de Arequipa, siempre se ocupa de los inquilinos del Palacio de Gobierno, pero casi nunca de sus consortes o esposas. Se piensa que ellas, que no han sido elegidas por la ciudadanía, deben permanecer en las sombras y nunca deben de mandar, influir o gobernar; en otras palabras, se postula que no deben meterse en la cosa pública. Pero, bien sabemos que, en cualquier pareja de esposos, las mujeres no solo están de adorno, o para la administración o el trabajo de casa, o para el débito conyugal; sino que opinan, critican, reflexionan, ayudan, estorban, se inmiscuyen, influyen, sugieren, presionan y hasta mandan en la actividad laboral que desempeña el esposo. Y esta forma de vida de cualquier pareja no hace excepciones, ni cuando el esposo trabaja de Presidente de la República. 

Bastaría mencionar que tuvimos a Francisca Zubiaga de Gamarra, por algo (y mucho) conocida más como La Mariscala, o Doña Pancha. Impetuosa y atractiva cusqueña que en vísperas de la batalla de Ayacucho se casó con el entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército Patriota. Agustín Gamarra Messía, producida la independencia, fue caudillo militar que en su actuación política varias veces presidió el Estado Peruano. 

La Mariscala era una mujer guapa, de carácter fuerte, imponente, diestra amazona, ágil de pensamiento, firme y hasta inflexible de voluntad, intuitiva e intrigante. Con una mirada ella detectaba a los posibles rivales o enemigos de su esposo y de inmediato los cuadraba, los apartaba o neutralizaba. Cuando Gamarra invadió Bolivia para desalojar a Sucre, ella lo secundó, pero no como la delicada consorte que con sacrificio viaja a su lado llena de mimos, no; ella, montada en intrépido caballo, comandó una parte de la tropa que capturó la plaza; así como cabalgó por todo el centro y el sur de nuestro agreste país, incluyendo Arequipa, en innumerables campañas que libró al lado de su marido.

Tiempo después sofocó una revuelta con una frase que dirigió a los soldados rebeldes y que la pinta de cuerpo entero: Cholos ¿ustedes contra mí? Después, en plena guerra con Colombia, fue lugarteniente de su marido en el golpe de estado contra La Mar. Cuando su esposo fue Presidente, ella mandaba en presencia y ausencia de su marido y no solo en asuntos públicos; sino que a los más altos jefes militares los tenía en jaque (entonces civiles y militares le dieron el rango militar supremo: La Mariscala).

En las ocasiones que estaba al mando de la tropa solía vestir atuendo militar adecuado a su condición de mujer. En esa época ni remotamente se soñaba que las mujeres podrían ser militares. Conoció también las derrotas militares y políticas, la penuria de los destierros, una vez, para salvarse en Arequipa de una turba popular que la perseguía, no tuvo reparos en tirarse de una azotea hasta el patio de una casa vecina, salir ilesa y escapar sola hasta Islay.

No perdió la serenidad ni la dignidad ni cuando estaba en el destierro en Valparaíso y sentía que le quedaban unos instantes de vida; perfumó su dormitorio, vistió con su mejor traje, se puso sus joyas más estimadas, dictó su testamento en que ordenó que le extrajeran el corazón cuando muriera y se lo enviaran a su distante esposo; pidió que la dejasen sola y murió, cuando apenas tenía treinta y dos años de agitada vida. 

Quienes estudiamos la historia del siglo diecinueve peruano sabemos que los siguientes cuatro caudillos militares fueron los principales protagonistas de los vaivenes políticos de la turbulenta época en que aconteció la independencia nacional; los golpes de estado, “revoluciones” y cuartelazos de la época guanera que precedió a la guerra con Chile: Castilla, Vivanco, Echenique y Salaverry. La enemistad que cultivaron Castilla y Vivanco, Vivanco y Echenique, Echenique y Castilla, fue de antología y marcó a sangre y fuego la historia patria. Los cuatro fueron presidentes de la república y actores insoslayables de esos tiempos. Y, los cuatro, agárrense feligreses, fueron casados con damas arequipeñas. Es decir, como ásperamente decían nuestros antepasados para lastimar los oídos superferolíticos: los cuatro fueron arequipeños por derecho de monta. 

El Mariscal don Ramón Castilla y Marquesado, quien nació en Tarapacá el 31 de agosto de 1797, era arequipeño de nacimiento ya que, en esos tiempos, Tarapacá, Arica, Tacna y Moquegua, eran comprensión de la intendencia de Arequipa. Don Ramón, fue casado con la dama arequipeña Francisca Diez Canseco y Corbacho y Abril; nada menos que sobrina del prócer de la Independencia nacional y destacado arequipeño José María Corbacho, hermana de Pedro Diez Canseco y Corbacho y Abril, el arequipeño que ocupó la Presidencia de la República en tres interinatos (justamente en estos años que son en los que discurre la historia del presente capítulo de Texao), y destacados parientes que sería largo enumerar. Los esposos Castilla Diez Canseco no tuvieron descendencia. 

Manuel Ignacio de Vivanco Iturralde, nacido en Lima en 1806, se casó con la arequipeña Cipriana de La Torre y Luna Pizarro; por la vía materna fue sobrina del arequipeño, clérigo y político notable Francisco Javier de Luna Pizarro, Presidente de la Primera Asamblea Constituyente del Perú, entre otros parientes destacados. Cipriana fue inteligente, impetuosa y luchó de consuno con su marido en los riesgosos avatares de su prolongada y accidentada trayectoria política. Conoció de victorias, destierros, intrigas, campañas esforzadas. Muchas fueron sus etapas de soledad, privaciones, sobresaltos, sacrificios y, pocos los episodios de victoria y de tranquilidad. 

José Rufino Echenique Benavente, que nació en Puno en 1808, fue esposo de la arequipeña Victoria Tristán de Echenique. Con el apoyo manifiesto de Castilla, Echenique sucede a Castilla en la Presidencia. Echenique en el poder hace manga y capirote de los dineros públicos y en Arequipa una rebelión popular alentada por vivanquistas, desafía y combate a su gobierno. Castilla, quien prácticamente llevó a Echenique al poder, se plegó a la rebelión arequipeña y consiguió ponerse a la cabeza del movimiento insurreccional, para después marchar sobre Lima y triunfar. 

Felipe Santiago Salaverry del Solar fue casado con la arequipeña de nacimiento Juana Pérez de Palza e Infantas, quien desde temprana edad vivió en Tacna. Justamente cuando Felipe era Sub-Prefecto de Tacna se conocieron y casaron. Dada la breve como fulgurante trayectoria política de Salaverry, solo pudieron vivir en matrimonio tres años. En ellos, Juana vivió de sobresalto en sobresalto, por la desmedida audacia y ambición política de su esposo. Ella, con estas palabras conmovedoras, enrostró a Salaverry su conducta desbocada: “Creo que en tres años que eres casado nunca has pensado que tienes familia a quien hacer partícipe de tus desgracias.

Como te he conocido indolente para mí, y por otra parte siempre entregado a asuntos públicos, y solo pensando en soldados y en guerras, he querido hacer los oficios de padre, no solo de madre, y unas veces por súplicas y otras veces por reconvenciones, hacer que fijes una pequeña pero segura subsistencia.” En los últimos momentos de su vida, en Arequipa, Salaverry reconoció su abandono familiar, cuando en una carta, patética y tierna, que dirigió a su esposa, le dijo románticamente: “Te he querido cuanto se puede querer y llevo a la eternidad un pesar profundo de no haberte hecho feliz. Preferí el bien de mi patria al de mi familia, y al cabo no me han permitido hacer ni uno ni otro.” 

Si la vida y las luchas intestinas de estos cuatro caudillos militares estuvieron tan entrelazadas, como tan plagadas de celos, competencias, intrigas, acuerdos, negociaciones, peleas, envidias, recelos, desconfianzas, etc. Si los cuatro caudillos tuvieron por esposas a cuatro arequipeñas de fuste que, por lo menos tres, intervinieron decididamente en los quehaceres políticos de sus cónyuges, es dable suponer que gran parte de estas vidas tensas y azarosas tuvieron un componente de emulaciones, desplantes y rivalidades femeninas que, como se suele decir, eran procesiones que iban por dentro. 

Que conste que aquí menciono a las arequipeñas que fueron primeras damas solo en las primeras décadas de nuestra vida republicana; pues tiempo después hubo otras arequipeñas que tuvieron esa condición: Jesús de Itúrbide y Villena (esposa de Nicolás de Piérola); María Magdalena Ugarteche Gutiérrez de Cossío (esposa de Mariano Ignacio Prado); las hermanas María Josefa y Julia de Castresana y García de La Arena (esposas, sucesivamente de Eduardo López de Romaña); María Jesús Rivera (esposa de José Luis Bustamante y Rivero) y María Delgado Romero (esposa de Manuel Odría); de las que me ocuparé en su momento. 

Juan Guillermo Carpio Muñoz 

Texao. Arequipa y Mostajo. La Historia de un Pueblo y un Hombre 

TOMO I Págs. 237 – 240

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