Reencuentros complejos: sobre la muestra La rebelión de la memoria

"Y que el abrazo simbólico incluya no sólo a quien fue salvado, sino a los que no fueron perdonados, los que no sobrevivieron, los que no tuvieron la suerte de renacer, los que nunca más volvieron a casa"

Columnista invitado
NS_20221608

Hace muchos años, en la década de 1980, cuando Lurgio Gavilán era un niño, el teniente “Shogun” decidió, sin mayores razones, no matarlo. Los soldados que dirigía emboscaron a la raleada columna de Sendero a la que pertenecía Lurgio. Todos sus integrantes fueron abatidos. Pero Lurgio no. A él lo llevaron al cuartel, le dieron ropas, comida, le dieron un lugar en el Ejército, que fue un lugar nuevo en el mundo. Y allí nació al mismo tiempo, una segunda vida y una deuda. Hace pocos días, décadas después de ese acontecimiento denso y fugaz, se inauguró en el LUM la muestra “La rebelión de la memoria”.

Lurgio, curador y presentador, agradeció el regalo de la vida recibida, como lo ha hecho tantas veces en estos últimos años, en sus libros y en eventos públicos. La diferencia es que esta vez el extraviado teniente “Shogun” estaba allí, entre los asistentes, para darle un abrazo. Por fin, el reencuentro.

Un abrazo complejo. Un abrazo personal, de gratitud. Tal vez un abrazo que es difícil extender con sencillez a más participantes. Pero que nos invita a pensar en su significado más colectivo, si acaso lo tiene.

La muestra incluye pinturas y textos que exponen las vivencias de quienes fueron reclutas, el último escalón en la estructura militar. Los que con temor llamamos en el pasado soldados, “morocos”, “cabitos”. Los que ahora se hacen llamar licenciados. Esta muestra se enfoca en el momento de su formación, brutal. Que empezó muchas veces de modo forzado. Y que continuó bajo una lógica de aprendizaje de la violencia extrema y de inhibición de los mecanismos de la empatía.

Conocer lo que vivieron estos peruanos y peruanas, nuestros vecinos invisibles, parece importante para entender mejor la dinámica de lo vivido en ese periodo de violencia. Pero también para darnos pistas sobre cómo está compuesto, hoy, de qué tipos de subjetividades, nuestro campo de almas torturadas llamado Perú.

Pero como hemos dicho tantas veces, el recuerdo no es suficiente. Es condición necesaria, pero insuficiente. Los recuerdos pueden consolar, reivindicar, probar, reclamar un lugar. Pueden formar parte de una política de legitimidad para quienes necesitan ser reconocidos como algo: luchadores, resilientes, sobrevivientes, revolucionarios, héroes, pacificadores. Pero el recuerdo, para que no sea algo solo particular o grupal, algo solo identitario, requiere que ejerzamos sobre él el ejercicio de la crítica. Que al recuerdo lo interroguemos con preguntas difíciles. Preguntas sobre la moral de los actos, la justicia de los actos, la racionalidad de los actos, la revisión de los propios actos. Así el recuerdo, se hace memoria.

Claro que es un mal momento para estos ejercicios. Todo nuestro ambiente parece viciado por un lenguaje estigmatizante y por el desalojo de la reflexión de la comunicación pública. Parece el momento para las cruzadas y los relativismos. De cualquier signo. Hemos regresado a un periodo pre Comisión de la Verdad y Reconciliación. Todo lo avanzado ha sido puesto en suspenso. El conocimiento construido con tanto esfuerzo sobre los años de violencia, ha sido cancelado con el gesto, el truco de convertirlo en una opinión más. No sería saber, ni conocimiento, no se tratarían de verdades, ni fácticas ni morales. De un plumazo grosero las reducen a “propaganda”, retórica, “discurso” de “los caviares”, de “los rojos”, de “los progres”.

Pero nuestra tarea no debería enfocarse en ganar la discusión hoy. Debería ser de largo plazo. Las preguntas que hay que hacerle a la muestra, a las memorias de estos peruanos, las sabemos todos. Sabemos que falta la parte más difícil. Esa donde juntos, pensamos no solo en lo que nos hicieron, lo que sufrimos, lo que vivimos como víctimas. Se requiere completar el círculo infinito de la reflexión preguntándonos y acogiendo cada respuesta con paciencia, curiosidad y humanidad, para saber lo que hicimos, lo que vimos, lo que no pudimos evitar. Lo que nos hizo daño y el daño que hicimos.

La muestra es importante. Porque, aunque no llega a hacer este ejercicio, es una pieza en el camino que quizá andemos en el futuro. El abrazo de “Shogun” y Lurgio, cargado de afecto, de gratitud, portador de un destello de eso que llamamos humanidad básica (perdonar la vida al enemigo), por ahora, los ampara a ambos y solo lo podemos contemplar. Y esperar sinceramente que un día podamos compartirlo.

Que se expanda hacia todos aquellos que no están atrapados por su deuda particular. Que incluya a los que tienen preguntas, a los que quieren comprender y no solo aplaudir, a los que quieren reflexionar sobre el presente y no solo celebrar el pasado épico o conmemorar el sufrido. Y que el abrazo simbólico incluya no sólo a quien fue salvado, sino a los que no fueron perdonados, los que no sobrevivieron, los que no tuvieron la suerte de renacer, los que nunca más volvieron a casa. Toda esa historia compleja, dura, toda esa experiencia vital y mortal, que este abrazo, como un dato oculto, también puede representar como promesa.

El Búho, síguenos también en nuestras redes sociales:  

Búscanos en FacebookTwitterInstagram y además en YouTube.

Suscríbete a La Portada, el boletín diario de noticias de El Búho. ¡Es gratis!

* campos requeridos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE