Atrapado sin salida y la política peruana

"La gran prensa ha jugado un papel nefasto desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta electoral de abril del 2021. Porque se plegó al tremendismo de derecha y alimentó el clima de polarización que hizo desaparecer el centro político"

Quinta Columna
comisión constitución política
Foto: Congreso de la República

Si el amable lector, haciendo un tremendo ejercicio de imaginación, se pusiera en los zapatos de los políticos honrados y capaces, no extremistas, que están pensando en la nación y en su futuro, – son pocos, pero son – inmediatamente le vendría a la mente el título de la célebre película protagonizada por Jack Nicholson. Porque grafica la situación enredada, laberíntica, pantanosa de la crisis política. Esa ficción, que sucedía en un hospital psiquiátrico, cada vez se acerca a la realidad del escenario donde se toman las decisiones. Porque para la mayoría de esos actores, preocupada por su sueldo, los audios, las encuestas y la posibilidad de una entrevista, no hay crisis ni hay responsabilidades y culpas en el palacio de la plaza Bolívar, sino sólo en el de la plaza de Armas. Y otros traman desenlaces no deseados.

Tanto los que proponen la vacancia (o su versión más radical de la doble vacancia, que incluye la de la vicepresidencia), como la de quienes proponen el adelanto de elecciones para que se vayan todos (o la versión radical de forzar un cierre del Congreso y elecciones para una Constituyente) están dando patadas en el área chica, ocupados en sus pequeños intereses, sin ver el arco y menos el bosque, atrapados por pasiones y presiones que casi no controlan.

La pregunta del millón ya fue planteada hace rato: ¿cómo adelantar las elecciones generales si vamos a tener los mismos resultados? La respuesta correcta fue, claro, elecciones adelantadas, pero con reforma política. Pero esa reforma política es el mamut que nadie osa decir cómo se lo va a cazar y luego trozar para comerlo. ¿Por qué? Porque, aunque vinieran los más sabios constitucionalistas del mundo a proponer las reformas más sensatas y eficaces, serían improbables e inaplicables, porque quienes forman parte del problema, es decir, los parlamentarios, tendrían que aprobarlas.

Hasta donde se sabe, la única reforma que quieren aprobar es la de retornar al sistema bicameral, para poder reelegirse, en contra de la abrumadora mayoría de peruanos que dio su opinión negativa en el referéndum de hace sólo cuatro años.

Una reforma política partiría por decretar la ilegalidad de los partidos que sean vientres de alquiler; de esos partidos cuyos comités no funcionen y de los que no hayan presentado candidatos en, al menos en dos tercios de sus circunscripciones; la sanción severa al transfuguismo de los políticos; la renovación del Congreso por tercios o por mitades cada dos o tres años; el impedimento de postular a los partidos que no rinden cuentas o deben multas; la desaparición del voto preferencial; el impedimento a partidos y postulantes para hacer regalos a los electores durante la campaña; o la creación de distritos parlamentarios binominales en Lima Metropolitana. Pero, también, la reducción a la mitad del número de distritos en el país, así como el recorte de los poderes de los gobernadores regionales y alcaldes provinciales de cuya decisión individual depende el uso de millones.

Sería un conjunto de reformas para sanear y fortalecer nuestro débil sistema político. Pero, casi imposible de lograr, vistos los intereses pequeños que mueven a políticos que parecen enfrentarse para las cámaras, pero que pactan secretamente intercambiar favores.

¿Quién podría ayudar desde afuera de los círculos de los políticos? Antes era el pronunciamiento de los cuarteles, las presiones internacionales, ahora es más eficaz la gran prensa y sólo en última instancia “la calle”. Pero, ya se sabe que la gran movilización callejera, la de millones, no sucede cada mes, ni siquiera en Francia, nación que siempre ha dado ejemplo de ciudadanía y republicanismo. En el Perú sólo aparece en circunstancias muy especiales, justamente porque el ejercicio de la ciudadanía es diminuto.

La gran prensa ha jugado un papel nefasto desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta electoral de abril del 2021. Porque se plegó al tremendismo de derecha y alimentó el clima de polarización que hizo desaparecer el centro político y ha hecho imposible hasta hoy el diálogo entre las partes. La gran prensa está ganada por el espectáculo, por la sangre y alimenta el temor de mujeres que se ven amenazadas por una delincuencia real pero también inflada por sus propios miedos que, como en el pasado, terminará redundando en mayores gastos estatales y buenos negocios para los vendedores de armas, patrulleros, cámaras de seguridad y toda la parafernalia que visten los policías.

Un Estado policiaco, al acecho de sospechosos, con discursos de derecha o de izquierda, terminaría por acabar con la débil institucionalidad democrática que aún se mantiene en pie. Pero hay políticos de ambos extremos que buscan precisamente eso.

Y en lo que se refiere a la película basada en la novela de Ken Kesey, que ganó el Oscar en 1975; nos puede servir de metáfora para entender nuestra realidad política. Así, el protagonista, que tampoco era un héroe sino un tipo corriente que trata de pasarla bien y rápido, puede representar a esos pocos capaces y honrados que se han visto por arte del azar y de los votos en el centro del escenario. ¿Y quién es la enfermera abusiva que reparte las píldoras que termina por atontar más a los pacientes?

En nuestro drama, creo que es la gran prensa que con sus píldoras-entrevistas o píldoras-menciones tiene atrapados a todos los políticos; fijando la agenda, lo que debe aparecer y lo que deben ignorar las grandes masas; derramando bendiciones y señalando lo políticamente correcto o condenando al silencio a los subversivos. Porque, en tiempos de videocracia, como decía Sartori, lo que no aparece en la tele no existe; entonces los políticos que tratan de durar, intentan desesperadamente de aparecer, aunque sea con un escándalo.

Esto quiere decir que reformar el sistema político peruano va más allá de poner reglas para controlar la buena conducta de los políticos.

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