Elecciones 2022: ¿Elegimos más de lo mismo?

"En provincias, la fragmentación ha seguido imponiéndose. Una fragmentación cargada de vacío doctrinario y programático, como ha sucedido en Lima"

Quinta Columna

Algunos analistas han señalado que los resultados de las Elecciones Regionales y Municipales 2022, de cara a la crisis política, significan más de lo mismo, ateniéndose a la improvisación, ineptitud y vacíos programáticos que dicen observar en la mayoría de los candidatos y candidatas que han ganado. Sin contradecir esa opinión hay que señalar, sin embargo, tres novedades: la primera, y más obvia, es que el empate electoral entre derechas e izquierdas se ha roto en favor de las primeras y Perú Libre y Fuerza Popular han dejado de ser los más votados. La segunda, la disminución del número de regiones que irán a segunda vuelta, nueve, cuando los expertos calculaban que serían quince y, por último, la menos evidente, la radical disminución de actos violentos en la jornada electoral.

Hay que advertir que fue la primera vez que, en elecciones subnacionales, cumpliendo la reforma del artículo 35° de la Constitución hecha el 2019. No se permitió a las organizaciones políticas comprar publicidad en radio y televisión, con lo que, si bien las ventajas del dinero no fueron abrumadoras, las apariciones de los candidatos en entrevistas, dependieron de las decisiones de los dueños de esas empresas. Siendo diminuta la franja electoral pagada por la ONPE para las candidaturas regionales, no marcó gran diferencia, por lo que el electorado en muchos casos decidió su voto el mismo 2 de octubre u optó por votar en blanco o nulo.

Tres candidatos limeños, excandidatos presidenciales, quisieron catalizar, de alguna manera, simpatías nacionales, pero por los votos obtenidos, parece que no lograron su propósito. Los candidatos de las listas de Somos Perú apenas consiguieron ganar en dos regiones y los de Renovación y Podemos en ninguna). Un cuarto candidato logró un gobierno regional. Pero siendo su partido una maquinaria electoral exitosa en el pasado no ha podido mostrar, con los resultados inacabados que se conocen, el rendimiento de las elecciones del 2018.

Siendo tan magros los resultados electorales para los partidos que sostienen al gobierno (Perú Libre sólo ganó 70 alcaldías distritales de más de 1,600 en juego y Juntos por el Perú sólo 2 alcaldías provinciales de un total de 196), muy difícilmente podrá articular una contraofensiva contra sus detractores. Por el contrario, éstos precipitarán un desenlace como se ha podido observar el martes 11 de octubre. El castigo ha sido contundente contra un gobierno sobre el que pesan varias acusaciones de corrupción formalizadas por la Fiscal de la Nación.

Fuera de Lima, en las 50 provincias más pobladas, cinco partidos ganaron en 19 y 24 movimientos ganaron en las restantes 31. Esta vez parece que Somos Perú superó a APP, pues ganó en ocho provincias (Trujillo, Cerro de Pasco, Iquitos, Tarapoto, Jaén, Ilo, Oxapampa y Yurimaguas). Mientras APP ganó en cinco (Moquegua, Abancay, Quillabamba, Chincha y Ascope); Avanza País en Tingo María, Lambayeque y Puerto Maldonado. Juntos por el Perú en las fuertes plazas de Chiclayo y Chimbote; y el Frente de la Esperanza en Andahuaylas.

En provincias, la fragmentación ha seguido imponiéndose. Una fragmentación cargada de vacío doctrinario y programático, como ha sucedido en Lima. Por eso, una salida duradera y real de la crisis no se vislumbra en el futuro inmediato. La fragmentación del voto en provincias significaría también que la polarización derechas versus izquierdas o parlamento versus gobierno, que alimentó la gran prensa durante los meses pasados, no se siente. O se siente de una forma muy atenuada en provincias, a diferencia del principal escenario político que es el limeño. Aquí la crispación y el enfrentamiento no cesan.

¿Y cómo se ha manifestado el escepticismo de quienes no son de izquierda ni votan por la derecha frente a las listas en disputa? Los expertos señalan que las razones de una ausencia al acto de votar, un voto en blanco o un voto nulo, no necesariamente son políticas. Sí pueden expresar una actitud de duda, negación, escepticismo o protesta activa. De hecho, por ejemplo, para la segunda vuelta regional de las elecciones en Arequipa, hace cuatro años, se gestó un movimiento ciudadano que hizo campaña por la anulación del voto. Y consiguió que el 27.7 % de los votantes lo anule.

Esta vez, el ausentismo creció y alcanzó al 22.7 % de los electores convocados, mientras que en el 2018 fue de 19.6 %. Una parte de ese ausentismo se puede deber a la desmotivación de la ciudadanía ante la baja calidad de la oferta, se podría decir. Y en lo que se refiere a las regiones, aunque se mantiene el mayor ausentismo en la selva, sí ha habido un incremento general significativo.

En cuanto a los votos en blanco y nulos en las 50 provincias con más electores, expresión de negación y rechazo a los candidatos a alcaldes y, tal vez, la simpatía por la exigencia de nuevas elecciones generales. Aunque podría significar, más bien, el escepticismo y la desesperanza de ciudadanos agotados por los enfrentamientos estériles de los políticos. Hay que fijarse que esos votos sumados en la provincia de Tumbes llegaron al 27.2 %; en Huaraz al 19.7 %. En Cusco fue el 18.9 %; en Pucallpa el 18.2 % y en Tingo María al 17.9 %. También los candidatos a gobernadores fueron rechazados por el 32.4 % de los votantes de Ucayali; por el 31.7 % de los de Áncash. Y por el 29.5 % en Tumbes; por el 27.1 % de los de Lambayeque y por el 21 % de los del Callao.

Luego de este somero repaso de las estadísticas electorales provisionales, cabe preguntar si ha quedado clara la voluntad general del pueblo peruano. Siendo nuestra nación tan heterogénea y atravesada por varias contradicciones, con electores que apenas se informan o son informados, la única respuesta que fluye es que no hay condiciones para formarla o sigue siendo, en parte, misteriosa. Y no puede definirse, porque no está claro el horizonte del bien común al que se aspira. Y porque la oferta política de liderazgos para los diversos niveles de gobierno en elecciones, sigue cambiante e insuficiente para sus demandas. Así, continúa caminando a tientas y con retrocesos, tratando de vislumbrar su futuro. Aunque para los pesimistas, peruanos y peruanas marchen, lenta pero segura hacia la oclocracia.

En ese sentido, las manifestaciones multitudinarias de Andahuaylas, Cusco y Juliaca que fueron a ver y escuchar a Antauro Humala podrían significar, para algunos observadores, que reemplazará a Castillo como el líder que personifique el descontento, malestar y hasta desesperanza de las masas populares atrapadas por la miseria y el abandono del Estado. Porque siendo pobres en un mercado raquítico, no pueden hacer los emprendimientos exitosos para ser ricos, que la propaganda neoliberal les prometió. Algo por lo que siempre contaron en el pasado con el apoyo de los programas gubernamentales para satisfacer de alguna manera sus necesidades básicas. A quienes luchan duramente por sobrevivir, quien les ofrezca el apoyo estatal será visto con interés y hasta con simpatía. Pues no pueden darse el lujo de no ir a votar.

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