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Arequipa

Furia y democracia

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“Se ha perdido todo sentido de humanidad. Las personas no son muebles que llenan inventarios y las desplazan de aquí para allá. En una organización (y en la vida), los recursos “humanos” deben ser mejor considerados sin importar la coyuntura, las órdenes superiores o los ánimos”. Lo que reclama este tweet, cuya autora es una alta funcionaria de este gobierno, es un mejor trato, digamos más digno y humano. En ese sentido, podríamos sumarlo al reclamo de los cientos de miles de peruanas y peruanos que hoy demandan con fuerza un Perú distinto en el que se les reconozcan, también, dignidad e igualdad. Como es obvio en una democracia, esta funcionaria ya renunció.

Mientras se expresa este ánimo radicalmente reivindicativo en diversos espacios y lugares del país, el clima que hoy se vive en el gobierno, especialmente en el Consejo de ministros, apunta a no escuchar estas demandas. Y menos aún negociarlas con los que hoy protestan. Una ministra (omito su nombre) exclamó de manera muy clara: “estamos en guerra” y en consecuencia hay que operar bajo esa definición. Lo mismo ocurre con un sector empresarial.

El conocido empresario Ricardo Vega Llona dijo en canal N: “Nos están llevando a un enfrentamiento indeseable”. Luego advirtió que algunos empresarios están planeando, como en el pasado, la creación de grupos de autodefensa, algo así como “paramilitares”. La marcha por la paz, organizada por la policía, así como el surgimiento de curiosas asociaciones de empresarios y comerciantes autodenominadas “anónimas” en Arequipa, Madre de Dios, Tacna y Cusco, como señala Eduardo Ballón, están en esa lógica y son parte de la estrategia de uno de los lados.

Hace unos días un grupo de manifestantes cusqueños tenía como consigna principal: “ahora sí, guerra civil”. Se acercaban mucho a lo que hoy piensa un sector de la derecha y la ultraderecha (empresarial, política y civil) al plantear la posibilidad de crear grupos de autodefensas. Es decir, una suerte de “guerra civil” y la imposición de un régimen altamente represivo y conservador

Un dato importante de este momento es el incremento acelerado de la polarización, cuanto de la violencia que se está desarrollando en todos los ámbitos: político, social, ideológico, familiar y microsocial, como también en la mayoría de regiones del país. Esto recuerda a Chile de 1973 y la polarización global que llevó a ese país a una férrea dictadura y a la derrota por varios años de la izquierda más grande, política y socialmente, de América Latina. Pero también trae a la memoria el clima político en Ecuador el 2005, previo a la caída de Lucio Gutiérrez. El Congreso apenas tenía tres puntos de aprobación. Y los parlamentarios no podían caminar por la calle porque los perseguían para pegarles (pienso en la bajísima aprobación de “nuestro” Congreso fragmentado y manejado por una derecha incapaz de negociar y por una izquierda que no tiene claro cuál es su camino).

Por todo ello ando pensando en estos días en la frase de mi gran amigo Carlos Tapia: “La guerra es el fin de la política”. La frase apareció en un contexto en donde la violencia, el anticomunismo brutal, el senderismo criminal y la muerte, eran lo “normal”; es decir, iba a contracorriente de aquella otra enunciada por el célebre militar alemán y teórico de la guerra Carl Von Clausewitz, que dice que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.

La idea de Carlos Tapia de que la guerra es el fin de la política, además de cuestionar lo que era una tesis aceptada por la mayoría de la izquierda de esos años, sobre todo por una parte de ella que coqueteaba con la lucha armada, se sustentaba en que la guerra, al convertir a los adversarios en enemigos, hace imposible la democracia porque plantea como objetivo central el fin de tu “enemigo”, del otro distinto a ti. 

No se puede construir hoy día una nueva y mejor democracia, tampoco otra izquierda, como consecuencia de una guerra o de una extrema polarización. Pues para hacerlo se requiere establecer un espacio donde sea posible establecer pactos que permitan resolver la crisis actual sobre la base de aceptar que existe un conflicto político, que se enfrentan sectores con intereses distintos y hasta contrapuestos. Cuando no es posible ese espacio ni son posibles los pactos, aumenta la violencia y la incertidumbre política, que no es otra cosa que la ausencia de reglas y de horizontes posibles, apareciendo (como siempre): la tentación autoritaria.

La historia en América Latina muestra que cuando se quiere hacer grandes cambios democráticos (o revoluciones) pero no se tiene la suficiente correlación de fuerzas hegemónicas y existe una alta polarización y no son posibles los acuerdos, el nuevo poder puede terminar por controlar las reglas o por generar lo que podemos llamar regímenes de excepción. Es decir regímenes que legitiman su poder creando una legalidad que los mismos gobernantes construyen y enuncian.  

Se abre lo que llamamos la tentación autoritaria, es decir un poder que se niega aceptar la pluralidad política. Las otras posibilidades son imponer una dictadura abierta, como fue en Chile con Pinochet y años después en la Argentina. O convivir con democracias precarias, gobiernos ineptos, contextos políticos conflictivos, con bajísima institucionalidad y ciudadanía, con alta corrupción. Y con actores políticos mediocres que tienen “vida política” cuando hay procesos electorales. En este contexto, el frustrado golpe de Pedro Castillo, provocado por sus gruesos errores y por el acoso permanente de una derecha que no aceptó su derrota electoral, fue un intento por crear un régimen de excepción.

Las posibilidades de que surjan dictaduras o “regímenes de excepción” crecen cuando no existe un “centro político estabilizador”, que no es neutral frente al conflicto. Es más bien un actor político protagónico de carácter plural, capaz de disputar y ocupar un espacio en el conflicto, para derrotar a los extremos. Así crear las condiciones materiales de un pacto político mínimo que permita salir del dilema dictadura o régimen de excepción. Dilema que condena a la política a una permanente reiteración y a la democracia a una permanente mediocridad.

En nuestro caso, ese pacto mínimo debería establecerse sobre la base de un nuevo gobierno de transición que convoque a elecciones generales para octubre 2023. Y un gabinete cuya composición refleje las demandas ciudadanas, así como una consulta ciudadana sobre la necesidad de una nueva Constitución. Y una profunda investigación sobre los últimos asesinatos, las violaciones a derechos humanos y un proceso de reparación para familiares y sanción a los culpables.

CODA y la democracia

Alexis Tocqueville decía que, de todas las pasiones, el odio hacia el “antiguo régimen” era la mayor. Y que “no importa lo mucho que la gente sufrió y se estremeció, (ya que) en todo momento consideraron el peligro de un retorno del viejo orden como el peor de los males de su tiempo”. Me pregunto si estamos viviendo esa “furia” hacía un “antiguo régimen” que para la mayoría de peruanos se resiste a morir. Donde los principales responsables políticos que ello suceda son la derecha, el gobierno de Pedro Castillo, el partido que lo llevó al poder. Y una izquierda que hasta ahora no encuentra su propio camino.

Si bien ese “antiguo régimen” ya no es el viejo sistema oligárquico al que Velasco puso fin, hoy sigue presente como forma de “convivencia social”. Una que divide a los peruanos, una economía que hace a las mayorías más desiguales. Y posibilita la existencia de unos señores y señoras que creen que siguen siendo los “dueños del Perú”. Por eso, lo más importante en este momento es transformar ese “odio” hacia el “antiguo régimen “en lo que podemos llamar “una furia democrática”. Que sea capaz de inaugurar un nuevo futuro.

Por eso, de lo que se trata es de derrotar a los extremos que hoy controlan el Congreso y se niega a su clausura. A una elite que sueña con el golpe militar. A políticos que no escuchan al pueblo. Pero también recordarle a la izquierda aquella frase de Lenin que dice “La revolución no se hace sino se organiza”. Es decir, se requiere darle sentido, continuidad y dirección a una espontaneidad que hoy es una “furia”, que es masiva y radicalmente democrática. Y que en cualquier momento estalla pero que al no encontrar alternativas de mediano y largo plazo sólo aspira a soluciones inmediatas. Con ello, a trasladar la crisis para otro momento, como ha sido hasta ahora y recordarnos que por ese camino no hay democracia ni igualdad.

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