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Sin igualdad no es posible la libertad

"las colonias de España parecieran haberse puesto de acuerdo cuando se limitaron a declararse libres del yugo español, con la notoria ausencia del reconocimiento del principio de igualdad"

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Duelen estas muertes, todas. Y como corresponde, y por los medios que tengamos disponibles, debemos hacer llegar nuestro pesar a aquellos hermanos que están pasando por el enorme sufrimiento de haber perdido a sus seres queridos en este conflicto fratricida. Duelen la corrupción, el subdesarrollo, la destrucción, las semanas de paralización. La situación nos obliga a buscar explicaciones a un tipo de conflictos que, como nuestra historia registra, hemos sufrido una y otra vez. Es un problema que tiene que tener varias raíces profundas, que tal vez no hemos advertido o terminado de reconocer, y en ese afán de búsqueda de causas y soluciones es que me permito opinar.

¿Igualdad es sinónimo de comunismo? No, definitivamente

Es una concepción generalizada que “la igualdad conduce al comunismo”, y que los países que la procuran “terminan como Cuba o Venezuela”. En cambio, no está difundido el hecho de que la igualdad es un prerrequisito para alcanzar la libertad, y es lo voy a tratar de explicar, tomando como ejemplo al primer país en la historia que fue fundado y construido sobre la promesa de la igualdad: Estados Unidos; y que, a pesar de sus defectos, es a todas luces una nación de primer mundo que se considera el mayor símbolo de la libertad; el país de las oportunidades es también un símbolo del éxito de la igualdad.
Se argumenta que pretender la igualdad no es realizable porque los humanos no somos iguales. Por supuesto que no somos iguales, ahora sabemos que ni siquiera los hermanos gemelos son iguales. De eso no se trata cuando se reclama igualdad. Lo que se reclama es igualdad de derechos, igualdad de trato, de oportunidades para poder procurarse una vida mejor. Por libertad me voy a referir a la capacidad de hacer lo que uno quiere y tiene el poder de hacer, sin restricciones arbitrarias, y limitado solamente por los derechos de los demás.

Igualdad es respetar resultados electorales, aunque no te sean favorables, en lugar de pretender anularlos por un supuesto fraude que nadie puede probar. Igualdad es tener oportunidades de mejorar tu vida en el lugar donde vives, y no que estén concentradas en las grandes ciudades. No hay igualdad cuando a algunos se les juzga a la velocidad de la luz, y a otros a paso de tortuga. No hay igualdad cuando en unos piases se paga precios justos por el gas, mientras tú tienes que pagar precios altos por un gas del que eres dueño. Igualdad es investigar abusos de la policía recurriendo a organismos internacionales neutrales, y no que la policía se investigue a sí misma en “investigaciones” que nunca terminan.

Nuestra naturaleza

Es muy importante entender que los humanos no somos tan inteligentes como lo asumimos, pero sí somos buenos para repetir lo que otros hacen, y para creer lo que otros creen. La rueda, por ejemplo, un mecanismo en apariencia muy sencillo, se inventó solamente una vez, y luego todos la copiaron. El pensamiento basado en evidencia, otro de nuestros mayores inventos, todavía no lo utilizan la mayoría de las personas.

Si llevásemos mil niños de cinco años y diferentes etnias a una isla deshabitada y volviésemos al cabo de doscientos años, encontraríamos que sobrevivieron los que hicieron mejor uso de los instintos que la evolución ha favorecido para evitar nuestra extinción: encontraríamos que dominaron los más fuertes, los más egoístas, los traidores, los insensibles al sufrimiento ajeno. Las mujeres, por ser físicamente más débiles, estarían subyugadas a los hombres. Encontraríamos una sociedad plagada de racismo, tribalismo (clanes), nepotismo, y tiranía. Ni asomo de la ética o la democracia; parecería que hicimos un viaje a la edad de bronce.

Sociedades con estas características se han encontrado en territorios aislados incontable número de veces porque ese es nuestro comportamiento natural. El proceso de selección natural ha hecho su trabajo y hoy solo hemos sobrevivido las variedades que contaron con aquellos genes para imponerse en ambientes de vida salvaje, en los que tuvimos que competir por millones de años. Las variedades humanas que no presentaban esos rasgos las dominaron especies más violentas, y ya hace mucho quedaron extintas. Así que hoy solo vivimos las variedades más “bestias”. La evolución nos ha seleccionado como los más aptos en mérito a mejor desempeño en la ley de la jungla. ¡Qué suertudos somos!.

Pero aquellos rasgos que hicieron posible nuestra supervivencia como especie, viviendo en grupos pequeños, en la ley de la jungla, se vuelven hoy contra nosotros cuando se trata de vivir en armonía, en sociedades grandes como las de los tiempos modernos, donde tenemos que convivir en un mismo espacio, como en un país compartido: son nuestros instintos de supervivencia los que socialmente nos empujan a la autodestrucción.

¿La clase política?

La premisa fundamental que da lugar a la democracia es que el poder radica en el pueblo y, por tanto, los ciudadanos. El pueblo debe ser capaz de gobernarse a sí mismo. Entonces, si el pueblo es quien tiene el poder y la responsabilidad de tomar las decisiones políticas, ¿a quién hay que educar política? Pues, al pueblo. Lógico. Estas protestas tienen lugar obedeciendo a una decisión política tomada por la población.

Pero al referirnos a una “clase política” estamos haciendo un reconocimiento tácito de que en la sociedad hay una “clase política”. La única que sabe y habla de política, la destinada a gobernar. Y hay una “clase no política”, donde estamos los gobernados, quienes no debemos hablar de política, los incapaces de hacer política. Eso no es democracia. Democracia es que los gobernantes sean meramente quienes se encargan de hacer cumplir las decisiones políticas tomadas por la población. Quien no está convencido de que es el pueblo a quien le corresponde tomar las decisiones políticas, no ha entendido que cosa es democracia.

La educación peruana nunca ha educado materias relacionadas con democracia o gobernabilidad (política). Y pienso que puede haberse hecho deliberadamente. Precisamente para que no sepamos gobernarnos (como con Castillo), y no nos quede más remedio que elegir a los que supuestamente sí saben. Es decir, a “la clase política”, a los que prefieren mantener las cosas como están. Osea, con ellos en el poder, que son los mismos corruptos de siempre.

Para la igualdad: Educación, educación, educación

Han venido circulando entrevistas que muestran a protestantes reclamando airadamente, pero no saben responden preguntas específicas sobre política, como que reformas constitucionales desean implementar. Pero es de esperar que el peruano regular no lo sepa. ¿Por qué habrían de saberlo si la educación peruana no prepara a sus ciudadanos para que sepan gobernarse a sí mismos?. No se estudia políticas de gobierno, que de por sí son temas muy complicados, que los humanos no somos capaces de discernir por cuenta propia; no tenemos esa capacidad. Sostiene el educador Chester E. Finn: “Las personas nacen con un apetito por la libertad personal, pero no nacen con los conceptos y contratos sociales que hacen posible la libertad. Estas cosas deber ser formadas, deben ser educadas”.

Nos quejamos de que no tenemos líderes políticos, ¿y si no sembramos líderes políticos, cómo es que los vamos a cosechar? ¿Utilizando alguna pócima mágica? Si seguimos sin sembrar líderes políticos, lo predecible es que los sucesivos procesos electorales nos continúen entregando más de lo que hay: sobre todo, mala hierba.

Tenemos muchos congresistas quienes, aunque sean egresados de universidades, no saben de política porque simplemente la educación peruana, pública o privada, no educa política, en ninguno de sus niveles. Sin representantes, ni población entrenada para hacer política, nuestro sistema político debe ser un barco a la deriva desde el día de su lanzamiento.

Una situación así podría ayudar a explicar el hecho de que no contemos con agrupaciones cuyos integrantes comparten ideales políticos (llámese partidos políticos). Y a falta de la avanzada tecnología que significan los conocimientos que hacen posible la democracia, una consecuencia natural es el surgimiento de centenares de clanes, que, al no rendir cuentas a nadie, traicionan a sus representados apenas ganan las elecciones, y pasan, según ellos con todo derecho, a poner los poderes políticos al servicio exclusivo de su vocación instintiva: asegurar los intereses del clan, presentes y futuros, tal como lo hiciéramos en la edad de piedra.

Una de las grandes decepciones que nos ha tocado vivir en estos días de tragedia, es la insensibilidad y falta de empatía que muchos peruanos abiertamente expresan hacia el sufrimiento y la muerte de nuestros propios compatriotas. Pero este tipo de reacciones no son motivo de sorpresa si se tiene en cuenta que comportamientos elevados, como la empatía, el respeto, la integridad, o el cumplimiento a la palabra dada, no fueron esenciales para ayudar en nuestra supervivencia como especie en un entorno salvaje, y, por tanto, no son rasgos dominantes en la mayoría de los humanos. Por eso son sentimientos y conductas que necesitan reforzarse, formados, educados, o de lo contrario tendemos a comportarnos como nuestros antepasados de los tiempos de los Bárbaros.

Convencidos de que “los hombres instruidos y honestos son la fortaleza de una nación” (Benjamín Franklin), los fundadores de EEUU supieron reconocer en la educación, no a una mina de oro para algunos, sino su enorme potencial como herramienta para luchar contra la ignorancia y la desigualdad en la sociedad, y propusieron que todos los niños deberían tener igual derecho a una educación de calidad, con escuelas y bibliotecas pagadas por todos, las mismas que deberían construirse a distancias asequibles de cada poblado, dando así lugar a la creación del sistema de educación pública (con escuelas y bibliotecas públicas). Hoy más del 90% de estudiantes asiste a escuelas públicas, y no hay mucha diferencia de calidad entre escuelas públicas y las privadas.

Es imperativo entender que los valores, contratos sociales y conceptos que hacen posible la libertad (como los principios de igualdad, el bien común, o que la vida está por encima de la legalidad) son ideales muy avanzados que nos costaron miles de años desarrollar, y hasta nos cuesta aceptar (muchas guerras tuvieron que pelearse); por tanto, no pueden ser adquiridos naturalmente, necesitan ser educados, formados, incorporados en las currículas de nuestros sistemas de educación, o de lo contrario dejamos aflorar los instintos naturales que nos dominan, con las consecuencias que ya conocemos. Cada elector, ciudadano mayor de 18 años, debería contar en su maletín de herramientas con los conocimientos necesarios para tomar las mejores decisiones políticas.

Equidad entre estados y ciudades

Si crees en la igualdad debes también procurar la equidad entre regiones (o estados) y ciudades. En la Cámara de Representantes de Estados Unidos, la representación es proporcional a la cantidad de habitantes: Alaska tiene un representante, y California, el estado con mayor población, 52 representantes. Si para la aprobación de leyes se tuviese en cuenta solamente la cantidad de habitantes, los estados más grandes utilizarían su mayor peso para empujar las leyes que les favorezcan, postergando las necesidades de los estados más pequeños. Para limitar esa inequidad, las leyes y presupuestos deben también aprobarse por el Senado, donde cada estado tiene el mismo número de representantes, sin tener cuenta la cantidad de su población. Así, Wyoming, con 0.6 millones de habitantes, tiene 2 senadores, y California, con 39 millones, igual 2 senadores: el objetivo es la igualdad de poderes entre estados grandes y pequeños.

Un poder legislativo diseñado para buscar la equidad entre estados, y el paso del tiempo, pueden dar explicación al hecho de que en EEUU las oportunidades no estén concentradas desproporcionadamente en una sola ciudad o estado, dado que su legislación le ha permitido a cada estado trabajar en mejorar sus condiciones de vida en igualdad de condiciones con respecto a otros estados. Como resultado, las mejores universidades y las grandes industrias están distribuidas a lo largo y ancho del país. Esa tendencia se hace manifiesta hasta en los deportes: los campeonatos nacionales son logrados por equipos de diferentes ciudades y estados, sin un amplio dominio de ninguna de sus ciudades (igualdad entre ciudades).

Una Capital para todos

Debe procurarse la igualdad de oportunidades no solamente entre personas, sino también entre ciudades. Si una ciudad capital (nacional o regional), tiene mucha población y poder político, puede fácilmente caer en la tentación de procurar decisiones que les beneficien, dándose a sí misma significativas ventajas por sobre otras ciudades.
Una capital con ventajas sobre otras ciudades sería un lugar donde muchos quisieran irse a vivir. Así lo entendieron los fundadores de EEUU, por eso decidieron construir su capital federal en un lugar neutro, donde no siquiera había una ciudad, un cuadrado de apenas 16 kilómetros de lado al que llamaron Washington, Distrito de Columbia (no es un estado, no tiene representación en el Senado).

La ciudad capital de EEUU tiene voz, pero no voto en la Cámara de Representantes, y alberga apenas a tres milésimas del total de la población del país. Los poderes de la capital son limitados por diseño, una condición que se ve reflejada en muchos aspectos: las mejores o más grandes universidades o industrias no están ubicadas en su capital; el equipo de la capital en el deporte más popular, el futbol americano, no logra un título nacional desde 1988, Así, deliberadamente limitando el poder de su ciudad capital, los fundadores hicieron de Washington DC la capital de todos.

Entendiendo en las protestas a una parte integral de la democracia, la ciudad capital fue diseñada con un área extensa para ejercerlas, el National Mall, situado en el mismo corazón de la ciudad para que puedan ser vistas por todos; una zona abierta con tres kilómetros de largo por 500 metros de ancho, sin cercos ni puertas de acceso, y que tiene en frente a las sedes de los poderes ejecutivo y legislativo, a manera que las protestas pueden ser escuchadas por los gobernantes, literalmente.

Como con la capital federal, las capitales de los estados no son necesariamente sus ciudades más grandes. La capital del estado de Illinois no es Chicago, sino Springfield. La capital del estado de Nueva York no es la ciudad de Nueva York, sino Albany (una ciudad cuyo nombre quizás usted nunca haya escuchado).

Sin igualdad no es posible la libertad

Sin igualdad no es posible la libertad. Así lo entendieron los próceres de EEUU. Por eso, en su “declaración de independencia” firmaron más bien una declaración de principios, empezando con “Sostenemos como verdades que los hombres son creados iguales, … ”. En contraste, las colonias de España parecieran haberse puesto de acuerdo cuando se limitaron a declararse libres del yugo español, con la notoria ausencia del reconocimiento del principio de igualdad.

Nuestras declaraciones de independencia e himnos nacionales no prometen “somos iguales, seámoslo siempre…”, solo proclaman “somos libres [de España]. Seámoslo siempre…”, ignorando y permitiendo la continuidad de la montaña de inequidad acumulada durante tres siglos de sociedad y política coloniales. Mientras EEUU es un país construido sobre la promesa de la igualdad, en el Perú, dos siglos después, la igualdad no es siquiera una promesa. Somos un país que todavía no ha admitido genuinamente ni la existencia ni la importancia del problema de la desigualdad.

El bien común consiste en hacer que los sistemas sociales, las instituciones y los entornos funcionen de una manera que beneficie a todas las personas. Un ejemplo del bien común es la igualdad de oportunidades. Cuando más personas pueden mejorar sus vidas, la sociedad entera mejora. Como con las personas, mientras más ciudades pueden superarse, más ciudades pueden aportar a mejorar el país.

En EEUU el desarrollo no está concentrado, es un país de oportunidades en muchas de sus ciudades. Pero, el país de las oportunidades no regala nada. Solo ofrece las condiciones para que por tu propio mérito puedas encontrar caminos para mejorar tu situación. Algunos se las arreglan para alcanzan la cima en relativamente corto tiempo. Empresas como Google, Uber, Facebook, Apple, Tesla, etc., son empresas que hace 30 años no existían, y hoy lideran en el mundo. Un ejemplo de éxito del bien común, y de la igualdad de oportunidades.

Las sociedades que conviven con la desigualdad transitan por un camino que inevitablemente conduce a periodos tormentosos e inestabilidad, con demandas sociales que a la larga se tornan violentas cuando las protestas pacíficas no son atendidas. La desigualdad social es como una gran caldera que con el tiempo aumenta la presión. Y termina necesariamente en una explosión en la que todos salen perjudicados. La desigualdad social existe en el Perú, por lo menos desde la colonia. Y nunca ha sido un problema que los peruanos sepamos reconocer, y menos, resolver. Ojalá entendamos que estamos destinados a repetir estos ciclos violentos, de seguir con esa obstinación. De no atender el problema de la desigualdad, que es la madre del cordero.

Para terminar, nuestra historia nos ha mostrado esta película y sus horrores ya demasiadas veces. Por esta razón debiera ser un interés común no continuar ignorando un problema que ya sabemos nos va a explotar más temprano que tarde. Podríamos hacer de estos tiempos difíciles una oportunidad para darnos un nuevo comienzo. Y enmendar rumbos para refundarnos como una democracia verdadera, para que en realidad nos funcione: con igualdad de trato y de oportunidades para cada peruano. En la otra rivera estarán esperando la tranquilidad, la estabilidad social, el desarrollo. Individuos y ciudades podrán dedicarse a mejorar su futuro sin ser impedidos por abusos arbitrarios o conflictos repetitivos; al fin, la libertad. Y lo habremos merecido.

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