Crónica finalista del XI Concurso Literario El Búho: “Chechelev: el torero de muerte”

El jurado de la categoría Crónica estuvo integrado por el escritor Jesús Martínez, la periodista Paola Ugaz y la educadora Patricia Salas O´Brien

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Tras un extendido proceso de calificación, se presentaron los resultados del Concurso Literario “El Búho”. Luego de una ardua deliberación en la categoría Crónica, el jurado calificador otorgó una Mención Honrosa al trabajo “Chechelev el torero de muerte”. Además, otro trabajo fue laureado con la misma distinción. Aquí uno de los finalistas de la categoría Crónica


Sobre el autor del trabajo finalista

Víctor Chávez Romero, 63 años, nacido en Ayaviri – Puno.

Economista, egresado de la UNA – Puno, 35 años de labor en el sistema financiero. Incursionó en los ensayos literarios como una afición, ávido de rescatar historias andinas vividas, contadas o de dominio popular.

Crónica: Chechelev: el torero de muerte

Tadeo Luque Mayta era su nombre de pila, pero eso ¿a quién le importaba?, podría haberse llamado, Juan, Eleodoro, Isidro, Tomás, Justino como alguno de sus hermanos, no cogió las agujas, los dedales, ni tijeras que por tradición familiar provenía de sus ancestros, él optó por las correrías junto a su tío Melitón, aquel añoso pastor de cuanto ganado tenía oportunidad de trasladar desde los distintos fundos o haciendas de la Capital ganadera del país, la ciudad de Ayaviri en el departamento de Puno, hasta la estación más cercana del ferrocarril de la ex Peruvian Corporation y luego la empresa Enafer Perú, en su servicio de carga.

Estas correrías incluían variedad de animales que eran comercializadas por conocidos ganaderos que se encargaban de proveer a los mercados de la Ciudad Blanca. Este trajín le hizo muy familiar su convivencia mayormente en el campo al cuidado de ovejas, corderos, toros, vacas y alpacas; razones que creía él, le otorgaban el conocimiento suficiente para autodefinirse como conocedor del comportamiento de los toros y ser potencialmente torero.

Tadeo era un personaje que con los años la mezcla de su actividad de ayudante del tío Melitón y su descontrolada pasión por el licor, dieron lugar a un personaje de aspecto  desaliñado, jocoso, torpe y cuyo metro cincuenticinco apenas lo hacía escapar del tamaño de un enano.

Corría el año de 1969 y la selección peruana de fútbol participaba en la eliminatoria, para el mundial de México 1970. El gran maestro brasileño Didí había amalgamado una prodigiosa selección nutrida de los mejores futbolistas de nuestro campeonato, se conversaba, comía, dormía y soñaba con llegar a la justa mundial y casi todo el país tarareaba el estribillo de aquella canción: “con Rubiños en el arco, la defensa es colosal…. y el gran Perico León, Baylón y Alberto Gallardo completan la selección”

Partido Bolivia – Perú en la siempre difícil La Paz, Perú ya le había ganado a la Argentina en Lima y nuestras expectativas iban creciendo notoriamente y surge un personaje odiado por todos los peruanos a lo largo y ancho de nuestro suelo patrio sumado a nuestros compatriotas en los confines del planeta, su nombre era Sergio Chechelev, arbitro nacido en la ex Yugoslavia y nacionalizado venezolano, a decir de los narradores de nuestra época, la actuación de este réferi fue casi infernal, satánica, infeliz, impúdica, deficiente, parcializada y todos los adjetivos que podrían ponérsele a un mal arbitraje en contra de nuestra rojiblanca.

Chechelev de un domingo a lunes se convirtió en una mala palabra en el país, era el sinónimo de descarriado, parcializado, judas, felipillo, ladrón, puerco, cochino, en fin, podías insultar a tu rival, enemigo con el más cruel de los adjetivos, pero la palabra final y casi sin respuesta era: Chechelev.

Más que por el significado de la palabra, sino por lo grotesco de su figura y aparición eventual en tardes taurinas premunido de un capote de plástico torpemente confeccionado, nuestro personaje Tadeo Luque Mayta lo bautizaron como “Chechelev, el torero de muerte” y vaya que feliz si lo hacía, era el nombre adecuado para que no pasara inadvertido, Tadeo era para Chechelev como Chechelev lo era para Tadeo.

Mes de setiembre, festividad de la Virgen María de la Alta Gracia era también el mes de Tadeo, cada año más alcoholizado que el anterior, era la fiesta brava oportunidad para financiarse de un dinerillo para el vicio con que acababa su vida. El atuendo que le preparaban al torero de muerte iba a la par con quienes se lo confeccionaban, que no eran otros más que compañeros de días de andar alcoholizados, una montera burdamente confeccionada, un chaleco que alguno de sus compinches beodos debió haber descuidado de sus hijos, pantalón de torero al tamaño del chavito y un par de medias de nylon que alguna dama debió haber botado, ¿zapatos? no interesaba, cogía el primer par que encontrara, lo que sí se esmeraban en que luciera en la parte de la espalda el nombre: CHECHELEV, EL TORERO DE MUERTE.

Era una de esas tardes que combinaba una corrida entre seria y bufa, los astados de todo calibre hacían entretenida la jornada. El público en su afán de exigir a los consagrados aplaudía cada vez que aparecía al torero de muerte.

De pronto sale de los toriles un astado de unos 500 Kg., bien armado, ningún torero serio pretende acercársele. Increíble, aparece de un rincón la figura del torero de muerte, ¡¡¡NO!!! Que hace, no usa el redondel para acercarse, opta por cruzar de frente, sin apoyo, sin nada, solo premunido de su torpe capote de plástico, su embriaguez le impide medir el peligro, en cuanto alcanza el punto central de la circunferencia del coso su suerte está echada, ya ningún policía, torero, aficionado, amigo intentará alcanzarlo e impedir semejante acto de suicidio, la esbeltez del cuadrúpedo era impresionante y sus pitones grandes y suficientemente abiertos para mirarlo de muchos metros de distancia con el respeto que prodigan aquellos animales de raza.

El animal distraído aún no se percataba que el torero de muerte se acercaba a él y el griterío infernal del respetable cambió súbitamente por un silencio sepulcral cuando el astado voltea y mira a nuestro torero acercándose torpemente con la limitada capacidad de sus piernas pequeñas y enclenques. Toma impulso el gigante y arremete contra nuestro torero de muerte, será cosa de Dios o quien lo explica, pero el toro pasa rozando a nuestro torero sin causarle daño. El Olééé sale de todas las gargantas, pero imposible evitar que se vuelva en busca del pequeño bulto, toda la embriaguez del momento desapareció y midió el peligro, dio la media vuelta y a correr hacia los palcos (tendidos), la distancia era muy larga para burlar al gigante y ya sentía los pitones en su espalda.

El griterío nuevamente acompañaba al difícil trance de ese instante, la fuerza le abandona y torpemente tropieza en su propia incapacidad de desplazarse, cae y se hace un ovillo como instinto de conservación, el toro no mide su capacidad, no encuentra el bulto que debería embestir, pero si tropieza con nuestro torero y pese al equilibrio que le otorgan sus cuatro patas no puede evitar caer delante de nuestro torero quien ya por instinto de conservación se incorpora y ahora sí, tenía todo el tiempo de llegar a los palcos mientras se levantaba el gigante. El torero de muerte aún tenía el corazón en la boca, la adrenalina hizo ceder la embriaguez, cuando de un jalón lo arrastran tras el palco más cercano al que había llegado.

Era el momento ansiado, no lo dudó ni un instante, poco le importaba si el astado seguía o no en el ruedo, llegó a reconocer a Eustaquio y Julián, dos amigos a quienes alcanzó una punta de su capote de plástico y juntos iniciaron el recorrido palco por palco; llovían billetes de toda denominación, monedas, panes, bizcochos, galletas, maná, presas de nuestro plato bandera: el kankacho, y más de uno le alcanzaba un vaso de cerveza, bebida que a esas alturas parecían vasos de refresco.

Ya terminaban con el recuento de la jugosa ganancia de la faena, era una importante cantidad de dinero, el resto no, no le importaba, era preciso alcanzar los comestibles recaudado a los niños que miraban a Chechelev con una mezcla de admiración por el valor de enfrentarse con el astado y un hálito de asco por el hedor que emanaba aquel tufillo producto de días dedicados a la bohemia, sus amigos de ocasión lo abrazaban hasta lo levantaron en hombros, pero nuestro ahora héroe no le importaban los agasajos, el no quería alejarse de su bolsa de dinero todo el año soñada.

Cuando Eustaquio en su afán de cargarlo en hombros lo soltó producto del empujón que recibió del torero de muerte que se aferraba a su bolsa de ganancia, sintió su mano caliente y mojada, entonces pudo percatarse que era la sangre que fluía de la pierna de Chechelev producto del pisotón que hubo que aguantar del gigante sumada a sus heridas varicosas que ya por muchos años lo acompañaban.

Así pasarán años en la vida del torero de muerte, esperando otro gigante u otro astado que luego de revolcarlo en nuestro artesanal coso le permita dar otra vuelta con su capote de plástico y premunirse de capital para algunos días de tragos, cigarros y nada más, otro vicios poco probables que los tenga por lo deteriorado de su vida, o quizás alguna vez se habría enterrado a Tadeo Luque Mayta y quizás nadie sepa que se trataba de Chechelev, el torero de muerte.

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  • Semanario El Búho

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